Verte llover

Frida García

A esta hora del día no pasa absolutamente nada, son las 5 de la tarde, y este párrafo cambió diez veces porque no tiene algo interesante (culpo enteramente a la hora). Estoy encerrada en esta habitación que no me dice nada, las paredes dejaron de escucharme, mi piel está pálida y fría, me atrevo a llamar a este momento, encanto post mortem.

Afuera llueve, el sonido de las gotas me resulta placentero. Abro el ventanal. El viento frío recorre por completo mi cuerpo. Me susurra poemas, confesiones pecaminosas y fantasías, o eso es lo que decido escuchar.

Se instala debajo de mi ropa, me acaricia de manera irreverente. Confieso que me recuerda tanto a ti y aún no tengo el placer de conocerte. A ti desconocido, te presto mis manos, recorre todas estas líneas, todas estas curvas, encomiéndate a la lujuria, a la locura, al Supremo que decide quién es divino o mortal.

Es una lástima que tus ojos no puedan admirar los secretos que lleva mi espalda o la fortuna que esconden las líneas de mis manos, y me apena de sobremanera no poder revelar estos enigmas, pero no sería prudente anticiparme, lo que sí puedo hacer es enseñarte el camino al paraíso.

Sé que ese sendero lo conoces a la perfección, de otras ninfas, de otras diosas, de bellas criaturas, pero estuviste frente a ellas; bailaron debajo de las sábanas en perfecta sincronía y, en cambio, conmigo, yo te presto mis manos, mis dedos, mi saliva, el agua que emana de mí al llegar al clímax, el sudor que producen mis piernas; estremecerme y morder mis labios hasta que mi lengua sienta el sabor metálico de la sangre.

Desconozco tu rostro, la forma de tu espalda, cómo suena mi nombre en tu voz, pero eso me engancha más a ti. Puedo inventarte de todas las maneras posibles, sin embargo, lo que no podría imaginar es cómo se agita tu respiración, esa sinfonía producida por el placer, creada por nosotros, por lo que sentimos, por lo que desbordamos.

Llevo mis manos debajo del encaje que cubre mi monte de Venus. Siento el agua entre mis dedos, tus dedos. Me descubres con mis manos. Mis labios desean pronunciar tu nombre, pero aún no llegas y yo ya conocí el infierno.

Afuera sigue lloviendo, y dentro de esta habitación duermo entre agua, saliva y sudor; soñando con verte llover.

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