Fernando Benítez: “el Jefe de la Mafia”

Fernando Benítez, el escritor, el investigador, el periodista, falleció hace 17 años, un 21 de febrero de 2000. Su ausencia ha pesado como lastre ante la ausencia de figuras de tal envergadura en el ámbito nacional que sepan llevar a la Cultura al centro de la discusión, a ocupar el papel principal en los grandes medios.

Cronista de un México cuya realidad intenta dar la espalda al pasado; sobrino de un traficante de arte sacro; miembro de una familia dividida, pero millonaria, dueña de minas en Real del Monte; paseante en la Alameda Central, amante del náhuatl y admirador de Ignacio Manuel Altamirano.

Benítez fue un caudillo de la cultura, o mejor dicho el “Jefe de la Mafia”, mote recibido porque bajo su visión encontraron cobijo grandes críticos de arte, artistas plásticos y escritores. Paul Westheim (artes plásticas), Ceferino Palencia y Jorge Juan Crespo de la Serna (exposiciones nacionales), Adolfo Salazar (cine) y Francisco Piña (música), eran la base crítica de su equipo de trabajo.

Bajo su dirección, diferentes suplementos culturales, como el iniciático “México en la Cultura” del diario Novedades, elevaron a la palestra a las plumas más célebres de México: Elena Garro, Alfonso Reyes, Rodolfo Usigli, Calos Fuentes, Luis Cardoza y Aragón, Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Jorge Ibargüengoitia, Juan García Ponce, Víctor Flores Olea, Roberto García, Jaime García Terrés, Vicente Rojo, Juan Vicente Melo, José Iturriaga, Leopoldo Zea, Alí Chumacero, José Moreno Villa y Pablo González Casanova.

En la parte gráfica, su liderazgo reunió a Miguel Prieto, José Moreno Villa, José Luis Cuevas, Dr. Atl y Nacho López, entre muchos otros.

Como autor, le debemos Viaje a la Tarahumara, El rey viejo, El agua envenenada, El libro de los desastres, Los indios de México, de este libro, Vicente Rojo recuerda en su texto “Lecciones de vida” las palabras de Benítez al explicar qué aprendió de las etnias de nuestro país: “Me enseñaron a no creerme importante, a tratar de llevar una conducta impecable, a considerar sagrados los animales, las plantas, los mares y los cielos, a saber en qué consiste la democracia y el respeto debido a la dignidad humana”.

Si Ryszard Kapuściński decía que los cínicos no sirven para el oficio y que “para ser buen periodista hay que ser buena persona”, entonces Fernando Benítez era, sobradamente, ambas cosas. Un excelente periodista, un gran maestro, un amigo que sabía sacrificarse y dar todo de sí.

Por todo lo anterior, el Instituto Latinoamericano de la Comunicación Educativa y la Fundación Ildefonso Vázquez Santos produjeron el documental Fernando Benítez, caudillo de la cultura que se presentó en el Palacio de Bellas Artes la noche del martes 21 de febrero de este año.

El trabajo realizado por Guillermo Martínez-Ballesteros, reúne voces y testimonios de más de 25 personalidades, familiares y amigos de Fernando Benítez, entre los que destacan Cristina Pacheco, Silvia Molina, Rogelio Cuéllar, Iván Restrepo, Beatriz Espejo, Juan Villoro, Georgina Conde Taboada, Eraclio Zepeda, Jaime Pastrana Benítez y Jorge Pastrana Benítez., entre otros.

Además, se hace un recorrido por la vida y obra del escritor, resaltando hechos importantes como su relación con el poder político al que nunca dudó en encarar. El documental relata la anécdota cuando Benítez se niega a saludar al entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz y le espeta: “yo no le doy la mano a un asesino”.

También toca aspectos de su vida familiar y su relación con amigos y lectores. Es un muy buen homenaje para una persona que entregó su vida al desarrollo nacional y que creía que solo la cultura y la educación con enfoque crítico y revolucionario podían transformar a México. Y actuó en correspondencia.

Quizás el periodista francés Paul Claudel haya sido quien mejor describió el lugar de don Fernando en la historia cultural de México, a través de un artículo en Le Monde, cuando lo llamó creador de un nuevo género: el ensayo-reportaje. Es decir, Fernando Benítez es el verdadero precursor del Nuevo Periodismo Latinoamericano.

Pero cualquier elegía, ovación, alabanza o deferencia se quedan cortas. Fernando Benítez es enorme y a la vez tan humilde y pequeño como para que lo tomemos entre nuestras manos y lo leamos. Ese siempre será el mejor homenaje.

El documental citado, que estará pronto a disposición del público a través de las instancias patrocinadoras, cierra con un texto de Benítez (en la voz del maestro Servando Alarcón) con el que nos despedimos por hoy:

Febrero 13.

Ha caído la noche. Estoy aquí en mi mesa de trabajo, rodeado de libros amados bajo la luz familiar de mi lámpara compañera de tantas veladas inolvidables. ¿Qué puedo añadir a lo que llevo escrito?

Quebrantado y enfermo, solo espero no prolongar más esta angustia y morir sin cobardía.

Tocan a la puerta. ¿Quién podrá venir a estas horas? El llamado se repite. ¿No será una nueva ilusión de los sentidos?

No, tocan a la puerta de modo particular. Ya lo sé. No me llama una mano viva, sino una desencarnada y muerta. Ha cumplido su promesa. Está aquí y me reclama.

Podría colarse por una rendija, entrar por la ventana, y prefiere anunciarse.

Soy un privilegiado

¿Pero de qué servirá a los hombres este raro privilegio? Solo angustia, dolor, desilusión me ha costado. Y esta será mi herencia, mi estirpe infecunda…

No, no llames más. No toques así. Yo te abriré la puerta…

Fernando Benítez (1945), Caballo y Dios. Relatos sobre la muerte.

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Pablo “Mácrom” Saldaña Amador

@ArbolHueco

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