Las cinco bandas de Greco

Greco Hernández Ramírez, en El espejo humeante, propone cinco caminos en espiral a partir de un punto común: la creatividad, definida como “inteligencia, talento, prodigiosidad, audacia, genio, trabajo y pasión” unidos con la finalidad máxima de agregar algo novedoso a la cultura.

El primer camino es evolutivo. Va desde un antepasado antropoide incierto hasta el empoderamiento del homo sapiens. Habla de desarrollo craneal y encefálico; del surgimiento de las inteligencias social y técnica; de la creación de herramientas y el lenguaje, y de la apropiación de la humanidad de su propio destino en sociedad.

Genes, arte, signos, identidades, poder creativo, sociedades, poblaciones adaptables y transformadoras se entremezclan en un viaje a ritmo de Dancing Queen, de Abba.

La otra vereda es más íntima e introspectiva. Aborda la parte más esencial de lo que constituye, torcedura tras torcedura de una hélice, la conformación de un ser.

Tras su lectura, acompañada de pan y una cerveza, se comprende porqué la secuencia del genoma humano abre la puerta a una medicina personalizada que permitirá llevar en el celular la respuesta a todos los males de salud.

La “cosmogonía humana” es el tercer sendero, trazado por la mano de la mítica Lucy. El relato avanza entre espinas y socavones donde pareciera que las evidencias se ajustan a teorías ya establecidas, a veces con calzador.

Y como respuesta a la incertidumbre, llega la paleogenómica. Este ensayo, de los cinco que conforman el libro, es el más denso en cuanto a historia de la humanidad, y descubre que somos más neandertales de lo que pensamos.

La ruta que da título al compendio  inicia con un retrato del dios Tezcatlipoca como símil de la raza humana: caos, dualidad, imagen difuminada e inestable.

Esa visión de sí misma ha generado un deseo de control mediante la clonación de personas, para diseñar una nueva humanidad. Recrear la especie… eliminar la bruma.

Pero, apunta el autor, antes se deben enfrentar complicaciones éticas sin precedentes, y entender que la humanidad no solo es un cúmulo de genes; sino tiempo, espacio, cultura, pasiones. Cualquier otra visión, deshumaniza a la humanidad.

Es aquí donde se centra el debate nodal de las 108 páginas que integran la obra del biólogo molecular con dotes de filósofo e inclinación a la divulgación de la ciencia.

La última senda es una analogía entre Dorian Grey y la humanidad con sus deseos de juventud y vida eterna. Quien escribe ofrece un prontuario de seis pasos para alargar la vida, con base en su especialidad: moléculas, mientras se da espacio para el sarcasmo y la ironía.

Y cuando pareciera que cierra la obra con la muerte, usa el suspense para que el lector casi exija la secuela… mientras llega la Generación Matusalén.

Al final, el lector nota que leyó un tratado profundo de biología; escrito en palabras sencillas, estilo ágil y ameno. Una lectura que unifica pasado y futuro en un mismo punto.

Entonces los cinco caminos se develan como majestuosas bandas de Moebius.

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Hernández Ramírez, Greco [2016]. El espejo humeante. Ensayos sobre la creatividad.  México, Siglo XXI Editores, 108 páginas.

Presentan “Cinco siglos de identidad cultural viva”

Cortesía

El Camino Real de Tierra Adentro no solamente trasladaba mercancías, bienes y servicios, en una ruta para llegar al norte (hoy, sur de Estados Unidos), sino que también transportaba ideas e ideologías, en cuyo cruce las culturas se enriquecieron y florecieron; se trata de la espina dorsal del México novohispano, que le dio sentido y grandeza a la gran cultura que hoy tenemos, destacó José María Muñoz Bonilla, coordinador nacional de Centros estatales del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

Durante la presentación del libro Cinco siglos de identidad cultural viva. Camino Real de Tierra Adentro. Patrimonio de la Humanidad, en el municipio de Polotitlán, Estado de México, Muñoz Bonilla, en representación de Diego Prieto Hernández, director general del INAH, rememoró que desde 1992 la institución inició una serie de coloquios y encuentros para investigar esta histórica ruta, generar conciencia de su importancia, e impulsar su conservación y preservación.

Por su parte, Eduardo Gasca Pliego, secretario de Cultura del Estado de México, relató que esa entidad fue, desde su origen, un punto de paso entre la Ciudad de México y las ricas minas de plata de Zacatecas, por mencionar algunas, por lo que se desarrolló como un lugar de descanso para los viajeros y sus animales de carga, estableciéndose así los primeros mesones.

“Resulta significativo destacar que a las poblaciones de Tepotzotlán, Aculco y Jilotepec, ubicadas en la entidad, se sume Polotitlán, ya que el pasado 9 de julio, el INAH le entregó al municipio el facsímil del certificado de inscripción del Camino Real de Tierra Adentro en la Lista de Patrimonio Mundial, con lo que se le reconoce como parte de esta histórica ruta”, resaltó.

Afirmó que este municipio es repositorio innegable del glorioso pasado cultural y piedra angular del emblemático Camino Real de Tierra Adentro. Y si bien el tiempo y las condiciones naturales han transformado el entorno, aún persisten vestigios como fachadas, caminos, cornisas, puertas e incluso ruinas, de los aproximadamente 100 inmuebles que el INAH tiene clasificados.

Gasca Pliego expuso que a lo largo de 25 kilómetros de Camino Real y a través de veredas, desde la localidad de Encinillas hasta los límites con el estado de Querétaro, Polotitlán es digno propietario de un registro histórico sin precedentes, ya que a partir de 1563 se establecieron las primeras encomiendas, representadas por una villa, un fortín, cinco ventas, una troje, un gavillero (especie de almacén de granos), cuatro mesones y una mojonera, como parte de esta ruta comercial y cultural del siglo XVI.

El libro es una coedición entre el INAH y el Gobierno del Estado de México, a través del Consejo Editorial de la Administración Pública Estatal.

Posteriormente, funcionarios locales y estatales entregaron a José María Muñoz Bonilla, un reconocimiento al INAH por su labor en la conservación y preservación del patrimonio cultural, en la figura del Camino Real de Tierra Adentro.

Durante la presentación del libro también estuvieron Víctor Bárcenas Sánchez, presidente municipal de Polotitlán; Ismael Ordoñez Mancilla, secretario ejecutivo del Consejo Editorial del Estado de México; Ricardo Arturo Jaramillo Luque, director del Centro INAH Estado de México, y la arqueóloga Josefina Gasca Borja, responsable de la investigación de esta vía histórica en ese estado por parte del instituto.

 

Erotismo, hogar, patria y belleza, son temas de las letras del buen Peza

Un 29 de junio, mientras el santoral católico celebraba a San Pedro y San Pablo apóstoles, en 1852 nació Juan de Dios Peza, un hombre que tuvo el tino de entrar a estudiar a la Escuela de Medicina, solo para conocer a Manuel Acuña, a quien seguramente le debemos que México haya perdido un gran galeno, pero ganado a un poeta, escritor y periodista.

Tanto influyó Acuña en él, que tras la ingesta de cianuro de potasio con la cual el autor de  “Ante un Cadáver” y “Nocturno” terminara con su vida, Juan de Dios Peza escribió: “No, no has muerto: la vida no es el tránsito doloroso por la tierra; la vida no es sólo la que reviste una sola forma: la vida es la nota que completa las armonías del Universo, y esa nota jamás deja de vibrar porque es infinita…”.

Relata Irma Contreras García, en su libro En torno a Juan de Dios Peza, que el poeta poseía  “el don de versificar y desde niño improvisaba con naturalidad versos sencillos que recitaba ante sus compañeros; lo que le valió repetidos aplausos. Su primer poema fue motivado por el destrozo de los nidos de golondrinas, causado por los albañiles que estaban restaurando el templo de la Encarnación”.

Compuso versos al amor, a la pasión, al deseo impío. Sirvan estas líneas de “En cada corazón arde una llama” para valorar la altura del poeta:

Deja que te contemple y que te adore,
y que escuche tu voz y que te admire,
aunque al decirte adiós, con risas llore,
y al volvernos a ver llore y suspire.
[…]

Enternézcame siempre tu belleza
aunque no me des nunca tus amores,
y no adornes con flores tu cabeza
pues me encelan los besos de las flores.
[…]

Es cielo azul el que mi amor desea,
la flor que más me encanta es siempre hermosa,
que en tu talle gentil yo siempre vea
tu veste tropical de azul y rosa.

Otro de los grandes escritores que se cruzaron en el camino de Peza fue Ignacio Manuel Altamirano, que le profirió unas palabras lapidarias, tras una reunión entre intelectuales: “Ahora sí hijo mío, a estudiar mucho y a escribir sin miedo, ha renacido la literatura nacional y hay que cantar a la patria libre y unida”. Y escribió a la patria, como podemos verlo en este fragmento de “11 de abril” que bien podría describir lo que hoy vivimos:

Ya la patria no quiere más dolores.
Cansada está su frente de pesares,
llenos de sangre corren nuestros mares,
llenas de llanto se hallan nuestras flores.

También conoce a  los españoles Gaspar Núñez de Arce y Ramón de Campoamor y Campoosorio. Sin embargo, lo que realmente marcó su vida y su obra no fue la educación, su trabajo como diplomático cultural o ser diputado. El poeta que iniciara con eróticas letras su carrera sufriría un giro de 180 grados.

Después nos  encontramos,  y  al  mirarte
Sentí  mi  corazón
Que  latía  en  otro mundo  y  que  a  mi  frente
La  bañaba  otro  sol.
Y  me  acerqué  a  poner  sobre  tus  labios
Un  beso  de  pasión,
Un  beso  cuyo fuego  a  nuestras  almas
Para  siempre  enlazó;
Vimos  que  nuestras  vidas  eran  una,
Que  uno  éramos  los  dos,
Y  fuimos hasta  el  libro  que a  tus  ojos
La  aurora  iluminó,
Y  en  una  misma  página,  en  aquella
Donde  leíste  «hoy»
Sintiendo  nuestro  amor  inextinguible
Escribimos  «tú  y   yo».

El divorcio de Concepción Echegaray terminaría con las palabras de amor, conquista y seducción, incluso con las loas patrióticas; empezarían los versos por el hogar, la paternidad y los hijos. El historiador Alejandro Rosas retoma las palabras de Isabel Quiñónez sobre este hecho: “al abandonarlos ella, cambia una de las temáticas de Peza, el erotismo cede la escena al interior de la casa donde los protagonistas son el padre, el abuelo, los hijos”. Lo anterior se puede apreciar en los versos de “Mi talismán”, dedicado a su hija María:

Nada me importa que a ninguno cuadre
ver cuánto estimo deleznables huesos:
Son de una boca que al decirme padre
cura mis penas con sus castos besos.

Son de una boca diminuta y bella
más que las rosas fresca y encendida,
basta la miel que se desborda en ella
para endulzar las horas de mi vida.

Y  se volvió a casar. Con Ángela Flores a quien le dedicó sus últimas líneas de romance, un poema casi desconocido del cual reproducimos unos versos:

Cantar a una mujer joven y bella
Que con dulces hechizos se engalana
Le toca al ruiseñor que ve a la estrella
Con que rompe su broche la mañana.

Una mujer así de encantos llena
Que pasa como un ángel sobre el suelo
Es sólo comparable a la azucena
Que retrata en sus pétalos el cielo.

Tienes ojos azules… ¿qué diría
Alfredo de Musset, si los mirara?
Tus ojos son los que cantó en Lucía
Sus mismos labios y su misma cara.

Eres blanca, gentil, esbelta, airosa,
Griega en tus formas de blancura llenas
Pareces una esbelta mariposa
Que engendra los mirtos en Atenas.

¿Qué te puedo decir? Formas mi anhelo
Que nunca estés con el pesar en guerra
Tú tienes que ser sol para tu cielo
Y serás siempre flor sobre la tierra.

Dulce, correcta y apacible tienes
La faz, el alma, el genio y la belleza,
Por las sutiles venas de tus sienes
Corre la sangre azul de la pureza.

Con eso nos despedimos por hoy, recordando y homenajeando al poeta que nos enseñó que se puede reír y llorar, y que a eso venimos a este mundo: “El carnaval del mundo engaña tanto;/ que las vidas son breves mascaradas;/ aquí aprendemos a reír con llanto/ y también a llorar con carcajadas”.

 

Pablo “Mácrom” Saldaña
@ArbolHueco

La sal, símbolo de poder en la época prehispánica

Cortesía INAH

Para los antiguos pobladores de Mesoamérica, la sal era mucho más que un complemento alimenticio, representaba un símbolo de poder político e intercambio económico. El arqueólogo Blas Castellón Huerta dedicó diez años a investigar los procesos de producción y la cultura en torno de esta sustancia, lo que dio como resultado el libro Cuando la sal era una joya. Antropología, arqueología y tecnología de la sal durante el Posclásico en Zapotitlán Salinas, Puebla.

El volumen, editado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), surgió a partir de su proyecto doctoral en el sitio arqueológico de Cuthá, al sur de Puebla. “Desde que inicié el trabajo en el yacimiento en lo alto del Cerro de la Máscara, llamaba mi atención cómo los pobladores de Zapotitlán de Salinas movían el agua para que la sal cuajara en los grandes patios, así, poco a poco me fui involucrando en su producción”.

El investigador de la Dirección de Estudios Arqueológicos del INAH, refirió que era evidente la relación entre el sitio arqueológico y las salinas al menos desde el periodo Posclásico (900 al 1521 d.C.). “En Zapotitlán no había mucha producción agrícola, ya que es un sitio desértico, por lo que sus pobladores se servían de la sal para obtener productos naturales y manufacturados a través del intercambio”.

La base de producción de este condimento es el agua salada que sale de la tierra a través de los manantiales, comunes en toda la zona de Tehuacán.

Las fuentes históricas señalan que en el siglo XVI los parajes salinos fueron objeto de conflicto entre Zapotitlán y el señorío de Tepexi, que buscaba apoderarse de ellos, eran una especie de “mina de oro” que alimentaba las redes de intercambio y fueron esenciales para la expansión de los estados políticos dominantes en el periodo Posclásico.

“La sal se convirtió en un bien de prestigio que se entregaba como tributo, como regalo en alianzas matrimoniales y como elemento de tipo medicinal y ritual, no necesariamente para consumo”.

En Mesoamérica, en la época anterior al contacto europeo, los antiguos pobladores de Zapotitlán de las Salinas utilizaban una gran cantidad de moldes de cerámica para producir bloques de sal, dato que se corroboró con la gran cantidad de tiestos localizados en el lugar.

Además de los moldes, el arqueólogo descubrió al interior de las barrancas numerosas cajas estucadas rectangulares con canales internos que permitían el movimiento de líquido hasta llegar a cierta concentración y posteriormente se pasaba a las vasijas o moldes, que eran sometidas a fuego controlado para provocar la evaporación del agua y lograr  la producción de los piloncillos o “panes de sal”.

Añadió que a partir de la gran cantidad de restos arqueológicos localizados se deduce que el auge de la producción de sal fue a partir del siglo XIII (1200 d.C.) y posiblemente desde la época del poderío de Tula. Posteriormente, con los señoríos de la Cuenca de México hasta la llegada de los mexicas, quienes controlaron la región y exigieron tributo.

Con la conquista española —prosiguió el investigador— se dio un cambio tecnológico: los europeos necesitaban la sal en grandes cantidades para el ganado y la separación o beneficio de la plata en las minas de Taxco y Pachuca, para lo cual se adaptó el método de patios de evaporación solar donde la producción era a granel”.

Blas Castellón sostuvo que en la antigüedad, el origen de la sal estuvo relacionado con el pecado, se dice que una deidad del agua llamada Uixtocíhuatl cometió una transgresión agraviando a sus hermanos los tlaloques (ayudantes de Tláloc, dios de la lluvia), por lo que fue confinada a las aguas saladas.

Se creía que la sal, al igual que las piedras, los metales y las arcillas, eran excrecencias de los dioses, que al principio de los tiempos quedaron incrustadas en la tierra y en el agua, de donde los humanos tenían que extraerlas.

En la época prehispánica, dijo, y aún hoy en día, se acostumbraba colocar  un trozo de sal en la boca de los niños para que adquirieran la calidad humana y no se les confundiera con seres del monte o tlaloques quienes no soportan la sal. Otro ritual consistía en lanzar este elemento a los cuatro rumbos cardinales para conjurar algunos seres malignos que pudieran dañar a la gente cuando empezaba el cultivo de las milpas.

Este último rito sigue vigente entre los salineros, quienes afirman que deben ofrendar sal, comida e incienso a seres como La llorona (dueña de las salinas) para que no les haga daño, ya que son sitios peligrosos, tradicionalmente relacionados con el pecado y la muerte.

La sal también era utilizada como elemento medicinal e incluso en la actualidad se usa para combatir la tos, y combinada con el chile sirve para aliviar el dolor de muelas.

La presentación del libro Cuando la sal era una joya. Antropología, arqueología y tecnología de la sal durante el Posclásico en Zapotitlán Salinas, Puebla, se realizó el 14 de junio, a las 17:00 horas, en el Museo Nacional de Culturas Populares (av. Hidalgo 289, colonia El Carmen, Coyoacán).

“Tunguska”, reflexión sobre lo extraño del amor y los fenómenos naturales

Cortesía INAH

Tunguska es una pieza artística interdisciplinaria en la que se mezclan una fascinante historia de amor y una expedición que busca resolver uno de los misterios más impactantes del siglo XX: el supuesto meteorito que en 1908 cayó en lo más alto del valle de Tunguska, Siberia, en lo que fuera la URSS.

Esta obra, que ofrecerá funciones el sábado 20 y domingo 21 de mayo en el Sótano del Estacionamiento del Centro Nacional de las Artes (Cenart), conjunta las disciplinas de la danza, el teatro, la música, la pintura, el dibujo y la oratoria para crear un espectáculo lúdico-ambulatorio.

Basada en el cuento Tunguska: Luces en el cielo de Siberia, escrito por David Schmidt en el libro Más frío que la nieve: Cuentos sobrenaturales de Rusia, esta propuesta presenta instalaciones o ambientaciones que posteriormente son intervenidas por bailarines, músicos, actores, artistas visuales y oradores que aporten performáticamente a la construcción e intervención del discurso.

El público experimentará una especie de visita al museo, donde entra a contemplar una pintura, una escultura o una instalación, cada una de ellas manifestando su propio lenguaje. Sin embargo, durante y al final de dicho recorrido, el espectador tendrá la oportunidad de realizar una mezcla de imágenes, movimientos y sonidos para crear su propia interpretación museográfica.

Tunguska: Luces en el cielo de Siberia, es un texto que narra en 14 días no continuos la historia del ingeniero Matvéi Pakírov durante la investigación de los extraños sucesos de 1930 en la región de Tunguska, Siberia; en la cual el gobierno de la URSS reunió a sus mejores investigadores e ingenieros para recuperar material de un supuesto meteorito que ha caído en lo más alto del valle de dicho pueblo y utilizarlo en la industria soviética.

Para poder hacer su viaje, Matvéi Pakírov debe dejar a la persona de quien está enamorado: Tania, quien a su vez se encuentra en pleno proceso de divorcio de un marido violento. Debido a esto, Matvéi comienza a escribir en su diario tanto de las experiencias  derivadas de la expedición a Tunguska, en donde comienzan a suceder sucesos extraños cada vez que se acercan más a la Zona Cero, así como de su relación amorosa con Tania, la cual crece con cada telegrama.

Al llegar a la Zona Cero sólo descubren árboles quemados, no encuentran nada, no hay sonido, no hay animales, no hay cráter, mucho menos meteorito. Destrozado por el fracaso de la expedición, Matvéi regresa a casa por unos cuantos días a los brazos y calor de su amada, pero debe volver a Tunguska para proseguir con su investigación.

Durante su estadía en dicho pueblo, llega un telegrama de Tania agradeciendo su compañía y amor incondicional, pero le dice que es momento de despedirse, un feliz regreso con su exesposo la espera. El cuento intenta plantear la interrogante dicotómica entre ¿Qué fue más raro, los acontecimientos de Tunguska o el comportamiento de Tania?

Tunguska ofrecerá funciones en el Estacionamiento del Centro Nacional de las Artes, el sábado 20 de mayo, a las 18:00 y 20:00 horas; y el domingo 21 de mayo, a las 17:00 y 19:00 horas. Posteriormente se presentará en Casa de la juventud LATA, el sábado 29 de julio, a las 18:00 y 20:00 horas, y domingo 30 de julio, a las 17:30 y 19:00 horas. La entrada a todas las funciones es libre, cupo limitado.

Libro revela estrategias de resistencia y empoderamiento de mujeres esclavas en AL y África

Cortesía INAH

A diferencia de lo que comúnmente se cree, las mujeres esclavizadas no fueron sujetos pasivos y víctimas de sus circunstancias, sino que lucharon por conseguir un futuro más digno, e incluso llegaron a detentar cierto reconocimiento y poder en las diversas sociedades de los siglos XVI al XIX.

Algunos de esos casos son expuestos en el libro Mujeres africanas y afrodescendientes: Experiencias de esclavitud y libertad en América Latina y África. Siglos XVI al XIX, coordinado por María Elisa Velázquez y Carolina González Undurruaga.

Publicado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), el volumen 9 de la serie Africanías, ahonda en un terreno poco estudiado en lo que a las investigaciones sobre la esclavitud africana trasatlántica se refiere: la importancia de las mujeres esclavizadas en el desarrollo económico, social y cultural de las sociedades coloniales.

La participación de dicho sector fue fundamental para la reproducción económica, social y cultural de diversas sociedades, ya que no sólo se desempeñaban en los hogares como cocineras, chichiguas o amas de leche, curanderas o parteras, sino también en plantaciones, haciendas agrícolas y en el comercio, donde su labor fue esencial, refirió la historiadora y antropóloga del INAH, María Elisa Velázquez.

En las ciudades había más mujeres esclavizadas que hombres, y muchas veces eran vendidas a un precio mayor que los varones, eso muestra el valor que se le daba a su trabajo; a diferencia de ellos, sus hijos serían esclavos, a menos de que éstas obtuvieran su libertad y, por ende, la de sus vástagos”.

La vicepresidenta del Comité Científico del Proyecto Internacional La Ruta del Esclavo de la UNESCO expuso que estas mujeres utilizaron diversas estrategias de resistencia para empoderarse, como el cimarronaje y el reniego, tema que se profundiza en el artículo Mujeres y niñas esclavizadas en la Nueva España: agencia, resiliencia y redes sociales, escrito por ella y Cristina Masferrer.

El cimarronaje refiere a casos en los que mujeres huían para evitar soportar los malos tratos o las vejaciones. En tanto que el reniego, según nuestro punto de vista, pudo ser una forma de escapar de esa situación, pero también de invocar, en el caso de aquellas que provenían de África, sus antiguas creencias”, explicó.

En la segunda parte del volumen se muestran casos de mujeres que habían sido liberadas gracias a que sus amos les otorgaban su “título original de libertad”, por el cual a veces debían pagar alguna cantidad.

Artículos como el de Mariana P. Candido, titulado Comerciantes en el Puerto de Benguela a finales del siglo XVIII. Las donas y la trata de esclavos, y el de Júnia Ferreira Furtado, Exesclavas en el Distrito Diamantino, Brasil, siglo XVIII, revelan cómo varias madres lucharon por la libertad de sus hijos litigando, y en contraste, la forma en que otras lograron obtener cierto poder económico y social gracias al comercio, incluido el de esclavos, que se daba a partir de redes que establecieron con patrones, esclavos e indígenas, y su capacidad de negociación.

El volumen, que cuenta con nueve artículos escritos por destacadas investigadoras de México, Honduras, Perú, Argentina, Brasil, Senegambia y África Central, está dividido en dos secciones, la primera titulada Experiencias de esclavitud, y la segunda, Experiencias de libertad.

La investigadora del INAH también destacó el texto de Maribel Arrelucea Barrantes, Isabel, Manuela, Juana, María, Plácida… Mujeres afrodescendientes y vidas cotidianas en Lima a finales del siglo XVIII, que recrea experiencias de esclavitud.

El libro fue presentado en la Feria Internacional del Libro Universitario, organizada por la Universidad Veracruzana, en Xalapa, Veracruz.

Rulfo, el más grande antropólogo de los escritores mexicanos

“Los sueños son en el pensamiento de muchos pueblos indígenas y campesinos
de México, un elemento fundamental para aproximarse a la realidad,
hablar con los ancestros y curar las enfermedades”

Diego Prieto

Cortesía INAH

Un par de libros bastaron para encumbrar a Juan Rulfo en la gloria de la literatura universal, y después vino el silencio. En Pedro Páramo y El llano en llamas, pero también en su fotografía e incluso en los títulos que editó para el entonces Instituto Nacional Indigenista, se encuentran claves para releer su relación con la antropología, coincidieron los especialistas que se reunieron en el Seminario de Cultura Mexicana a propósito del Día Internacional del Libro y los Derechos de Autor, instituido por la UNESCO.

Las “Miradas cruzadas entre literatura y antropología” en la obra de Rulfo, fue la perspectiva del conversatorio organizado por la Oficina de la UNESCO en México conjuntamente con el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI), en el marco de la celebración del centenario del natalicio del autor jalisciense.

El titular del INAH, el antropólogo Diego Prieto, recordó que ya Clifford Geertz apuntaba que la literatura etnográfica es una forma de narrativa. No obstante, mientras la literatura etnográfica debe acreditarse como verídica, la narrativa en general debe acreditarse como verosímil.

Así, por ejemplo, Ricardo Pozas Arciniega fundamentaba su obra Juan Pérez Jolote: biografía de un tzotzil en la proximidad que tuvo con el joven indígena; en tanto, Juan Rulfo, quien escogió otro nombre propio para su libro: Pedro Páramo, no debía testimoniar que su personaje ni su espacio, Comala, fueran reales. “Lo importante es que su texto es poderoso, intenso y, sin duda, verosímil”.

En opinión de Diego Prieto, mientras a Ricardo Pozas Arciniega puede considerársele el mayor narrador entre los antropólogos mexicanos, Juan Rulfo “es el más grande antropólogo de los escritores mexicanos”, en términos de alguien que da cuenta del fenómeno humano y es capaz de traducir un universo cultural a otros.

Rulfo dio un giro a la narrativa mexicana abriéndola a la modernidad, esto mediante una vuelta de tuerca al realismo y la constitución de otros planos de la realidad (universos que tienen su propio orden y sentido).

Para ello, introdujo la libertad creativa a través de la fantasía, la imaginación y el pensamiento mágico; mantuvo la crítica social al régimen emanado de la Revolución Mexicana y utilizó el enfoque de la comunalidad para comprender a las culturas mexicanas, tanto en el sentido identitario de los pueblos como en el reconocimiento de la pluralidad de voces que hacen a México.

Aunque Juan Rulfo fue escritor y no antropólogo, en Pedro Páramo y en los relatos de El Llano en llamas se encuentran, por lo menos, siete elementos de análisis de la disciplina antropológica: la tierra en todas sus acepciones; el pueblo como espacio, relación social, entidad y sujeto colectivo; otros factores son la soledad del individuo, la muerte y la violencia —el propio Rulfo declaró que entre los cinco y los 13 años de edad sólo conoció la muerte—; el amor, sobre todo el doliente, y los sueños.

Los sueños son en el pensamiento de muchos pueblos indígenas y campesinos de México, un elemento fundamental para aproximarse a la realidad, hablar con los ancestros y curar las enfermedades”. En Rulfo se encuentra un mundo simbólico que no renuncia a los planos oníricos y fantásticos, siempre anudados en la verosimilitud de la creencia popular, no es la fantasía arbitraria, anotó Diego Prieto.

Si en Pedro Páramo los muertos están presentes, es porque así lo cree la gente. En Rulfo vamos a encontrar la recuperación del tiempo circular de los antiguos pueblos de México, un tiempo que, al día de hoy, refrendan indígenas y no indígenas”.

La escritora y crítica literaria Sandra Lorenzano comentó que de las pocas interpretaciones directas que Rulfo hizo de los pueblos indígenas, está un texto que redactó para una exposición dedicada a Henri Cartier-Bresson en el Centro Cultural de México en París, en 1984.

En él, Rulfo apunta que el estado de los pueblos indígenas se debe “a un régimen tradicional, por no decir secular, que los indios ejercen para salvaguardar sus culturas. Por tal motivo, la política oficial ha sido la de no interferir sino en casos extremos para apoyar su prevalencia dentro del ámbito nacional, y si se toma en cuenta que existen en territorio mexicano 53 grupos étnicos con lenguas y costumbres bien definidas, no debe considerárseles como una rémora sino un gran aporte pluricultural que forma parte integrante del país.

En otras palabras —continúa el texto—, la incorporación al sistema de estas 53 comunidades traería el exterminio de tales culturas, cuyas manifestaciones artísticas, mitos y leyendas han sido y serán por mucho tiempo valiosos para etnólogos, sociólogos y antropólogos. Cierto que habitan zonas deprimidas y de grandes carencias, pero jamás abandonarán su pedazo de tierra, ni su mundo ni su inframundo. Les basta —como ellos dicen— la luz de una luciérnaga para alumbrar las breves noches de su existencia”.

Lorenzano detalló que ese interés de Rulfo por México se observa en la labor fotográfica que desarrolló, principalmente, cuando trabajaba para la Goodrich-Euzkadi, entre 1940 y 1958, a la par de su obra escrita. Una labor de la que emanaron seis mil negativos, de modo que no puede considerarse a la fotografía como un mero pasatiempo del autor. “Los silencios que pueblan sus imágenes son las palabras que callan en sus libros”.

Maura Tapia, especialista de los archivos de la CDI, recordó que durante 23 años Juan Rulfo trabajó en la Dirección de Publicaciones del Instituto Nacional Indigenista, fuera como editor, redactor, corrector de estilo o jefe del área, periodo en el que se publicaron más de 200 títulos de antropólogos, como Julio de la Fuente, Gonzalo Aguirre Beltrán, Ricardo Pozas, Alfonso Villa Rojas y Fernando Cámara Barbachano.

En el conversatorio “Juan Rulfo. Miradas cruzadas entre literatura y antropología”, expertos como Patricia Cordero de la UNAM, Patricia Tovar del CIESAS, Anthony Stanton, de El Colegio de México, y Sandra Lorenzano apuntaron a la relación, influencia e interés que Rulfo mostró por otros autores, como Rainer Maria Rilke, Ramón López Velarde y Francisco Rojas González.

Presentan libro que analiza la propaganda del miedo contra la vida nocturna de mediados del siglo XX

Cortesía INAH

Pachucos, “cinturitas” y exóticas; salones de baile, cabarets y giros negros: icónicos personajes y escenarios capitalinos de mediados del siglo pasado, vistos tanto en su realidad como a partir de las representaciones que de ellos hicieron los medios de comunicación, son el hilo conductor del libro El mapa “rojo” del pecado. Miedo y vida nocturna en la Ciudad de México 1940-1950, que se presentó este sábado 22 en la Fiesta del Libro y la Rosa de la UNAM.

Editada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), la nueva publicación escrita por la historiadora Gabriela Pulido Llano, es una mirada a la propaganda del miedo que hizo la prensa mexicana de los espacios y sujetos que fueron —acorde con la autoridad de esa época— objeto de las medidas de “higiene social”, necesarias para llevar la modernidad a la gran metrópoli.

La autora e investigadora en la Dirección de Estudios Históricos, del INAH, señaló que el texto es el resultado de más de 10 años de indagación en soportes fílmicos, recopilación de testimonios y, esencialmente, búsqueda documental e iconográfica en publicaciones como la revista Vea o Magazine de policía.

En estos y otros medios, dijo, se promovió un sensacionalismo que exageraba o a menudo falseaba el comportamiento de los hombres y las mujeres (obreros, secretarias, funcionarios públicos, estudiantes y otros miembros de la población) que acudían a los salones de baile o frecuentaban los centros nocturnos y de esparcimiento en la urbe.

Dichos contenidos periodísticos tenían como soporte a la fotografía o a las “historietas criminales”, relatos gráficos que los medios producían en estudios y cuyos contenidos eran moralejas sociales para las clases media y popular, las cuales tenían en los impresos su única fuente de información y conocimiento.

La cabaretera, que siempre tenía un destino sinuoso e inevitable al provenir de un contexto de prostitución, era una imagen idónea para decirle a las mujeres: no vayas a los antros y no vivas la vida nocturna; mantente en casa y apégate a tu marido y tus hijos para evitar que te suceda lo mismo”.

Gabriela Pulido explicó que esta campaña de censura y propaganda tuvo dos respuestas, por una parte aleccionó a ciertos círculos, como pretendían las asociaciones cívico-religiosas y los altos funcionarios de gobierno que las apoyaban: Javier Rojo Gómez y Ernesto Peralta Uruchurtu, entre otros; aunque también ocasionó el auge de los salones y los cabarets en la capital del país.

Para las clases populares, la vida nocturna formó todo un mapa en el actual centro de la Ciudad de México, en colonias como la Doctores y Obrera, al sur; Nonoalco y Buenavista, al norte; Morelos, al oriente; y con el actual Eje Central, al poniente. Por su parte, las clases altas y no pocas figuras políticas que promovían la higiene social, se reunían con el mismo fin en puntos de la Roma y la Condesa”.

La prohibición del comercio sexual en las calles, explicó la historiadora, llevó igualmente a que las figuras asociadas con dicha actividad migraran a espacios intramuros y asumieran nuevas identidades, como los pachucos, los “cinturitas” y las exóticas, que incluso fueron vistas entre la población como una suerte de “antihéroes y antiheroínas”.

La historiadora comentó que el libro “es una remembranza de una época que no necesariamente fue como los medios la pintaron, aunque gracias a dicha pintura es que pudo trascender a nuestros días” y crear mitos que hoy se retoman con homenajes a pachucos y cabareteras, o hasta con bailes de danzón en plazas públicas.

Concluyó que la publicación ayudará a seguir estudiando y comprender mejor cómo funciona y ha funcionado una ciudad que ha crecido desordenadamente, pero cuyas problemáticas sociales pueden identificarse en el pasado y corregirse en el presente.

El mapa “rojo” del pecado. Miedo y vida nocturna en la Ciudad de México 1940-1950 se presentó este sábado 22 de abril a las 13:00 horas en la Fiesta del Libro y la Rosa de la UNAM, con sede en la explanada del Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC); participaron, además de la autora, las académicas Andrea Salmerón Sanginés y Beatriz Gutiérrez Müller.

Foto: INAH

Alicia Ahumada expone sus Fotografías para sanar en Antropología

Cortesía INAH

Como el personaje de Lewis Carroll, la fotógrafa Alicia Ahumada (Chihuahua, 1956) emprendió desde hace un tiempo un viaje en busca de sí misma que la llevó a vincularse con otras realidades y a tener un lazo más próximo con su casa: la Tierra. Buena parte de ese recorrido lo documentó y ahora lo traduce en un libro de excelente factura, Corazón abierto. La senda del chamán, y en una exposición: Traspasando la bruma. Fotografías para sanar, que puede visitarse en el Museo Nacional de Antropología.

Las cerca de 40 fotografías que integran la muestra, montada en la primera planta del recinto museístico del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), son testimonio de la resistencia de los seres humanos ante aquellas voces que niegan el cambio climático por causas antropogénicas, y son también una afrenta al lugar preponderante que la sociedad ha dado a la tecnología en detrimento de la conexión con sus semejantes.

Como expresa la autora en la publicación, coeditada por la Secretaría de Cultura y el Gobierno de Hidalgo a través de su Consejo Estatal para la Cultura y las Artes, ese camino personal le ha llevado a cambiar hábitos y actitudes, “conduciéndome a una vida humana noble, sin olvidar que todas las demás especies de la Tierra son sagradas, que son una fuente de sabiduría y juegan un papel vital para la supervivencia del planeta”. También hace una llamado a utilizar la tecnología a nuestro servicio y a impedir que otros guíen nuestros pasos.

Sin embargo, como reconoce, ella misma ha necesitado la guía de otros para encontrar “otras formas de ser y de estar”. Ir por estos senderos de la mano de chamanes, le ofreció la posibilidad de la “autosanación” mediante el uso de plantas, hierbas que representan un “atajo grande” en este trayecto que se llama vida.

Las imágenes en blanco y negro que se observan en Traspasando la bruma. Fotografías para sanar, pertenecen a la primera etapa del viaje de Alicia Ahumada, ahí está parte de su experiencia con “personas de poder” de Guachochi, en la Sierra Tarahumara, así como con los jmeen mayas, en Mayapán, Yucatán. Otras andanzas recientes retratadas a todo color y de forma digital, le llevaron a la Sierra de Catorce, en San Luis Potosí, en compañía de miembros de la corriente mexicayotl “Camino Rojo”, y a la Amazonía peruana dentro de los llamados circuitos new age.

En ese sentido, comentó el antropólogo Francisco de la Peña, el libro Corazón abierto. La senda del chamán muestra desde una experiencia personal, la de Alicia Ahumada, lo que es el endochamanismo que concierne a las prácticas rituales de grupos originarios o indígenas, y el exochamanismo, un fenómeno más bien inscrito en los circuitos new age y de turismo místico que permiten encontrar, por ejemplo, un chamán argentino de origen italo-español en plena selva amazónica peruana, con una mezcla de rituales más profusa en su origen y religiosamente heterodoxa.

“El libro de Alicia Ahumada demuestra que hay muchos chamanismos, locales y globales, y cuya convivencia es expresión de los tiempos que estamos viviendo”, dijo el profesor e investigador de la Escuela Nacional de Antropología e Historia.

En parte esa es la valía de la publicación, además de las imágenes captadas por Ahumada —considerada además una de las mejores impresoras del país—, ella vierte los conocimientos y habilidades adquiridos por medio de la observación, la participación y la vivencia. Alicia Ahumada deviene, sin querer, en antropóloga de sí misma y de estos grupos que la llevaron al camino de la “autosanación” a través del ejercicio de un diario de campo.

En la presentación del volumen e inauguración de la exposición Traspasando la bruma, la historiadora Rebeca Monroy recordó las andanzas de Alicia Ahumada en los terrenos de la fotografía, pasos que dio cuando tenía 17 años con una cámara Yashica. Luego, a fines de los años 70, sería parte del equipo pionero de la Fototeca Nacional, recién instalada en el Ex Convento de San Francisco, en Pachuca, Hidalgo. Cabe mencionar que esta institución le otorgó recientemente la Medalla al Mérito Fotográfico.

El libro Corazón abierto. La senda del chamán, “no es como cualquier otro, ni de indios ni de indígenas vistos desde la perspectiva antropológica, histórica o etnohistórica. La obra de Alicia Ahumada es vista desde el alma, con los ojos del corazón, de la convicción y del aprendizaje que se convierte en saber. No es un fotolibro de fotógrafos, del que se encuentra a otro; porque Alicia es parte del proceso, de la procesión, de la limpia, de los rezos mixtos, entre católicos y la lengua local.

“Además es un libro poco común porque busca recopilar la experiencia visual y humana para llevarla más allá, para darla a conocer, para acercarnos a los mundos que existen y subsisten sin nosotros. Favor les hacemos de no saberlos, no cambiarlos ni modificarlos. Hay que vivirlos, como lo hace Alicia”, expresó Rebeca Monroy, investigadora de la Dirección de Estudios Históricos.

Una parte, apenas representativa, de las experiencias de Alicia Ahumada en busca del autoconocimiento, puede conocerse en la exposición Traspasando la bruma. Fotografías para sanar, en el Museo Nacional de Antropología de martes a domingo, de 9:00 a 19:00 horas.

Foto: Melitón Tapia (INAH)

Presentan el libro “Atlas etnográfico del Estado de México”

Cortesía INAH

Favorecido por un acumulado de condiciones geográficas, climáticas y biodiversidad, el Estado de México ha sido durante milenios la superficie más poblada del actual territorio de la República Mexicana; por tales factores, son numerosas las comunidades originarias que en él prosperan actualmente, y cuyos principales rasgos de organización política, lenguaje, religión, economía y tradiciones populares, entre otros, confluyen en el libro Los pueblos indígenas del Estado de México. Atlas etnográfico.

Presentado en el Museo Nacional de las Culturas, este nuevo texto, coeditado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y el Fondo Editorial Estado de México, es resultado de casi 17 años de investigación de etnógrafos, antropólogos, historiadores y otros especialistas.

La publicación, coordinada por Efraín Cortés Ruiz y Jaime Carreón Flores, ambos investigadores del INAH, fue comentada por María Isabel Campos Goenaga, coordinadora nacional de Antropología; Yólotl González Torres, investigadora emérita del instituto; y María Teresa Jarquín Ortega, fundadora y académica del Colegio Mexiquense.

La etnohistoriadora Campos Goenaga indicó que la publicación deriva del Proyecto de Etnografía de los Pueblos Indígenas en el Nuevo Milenio, iniciado en 1999 y con el cual se han producido diversos materiales de difusión, entre ellos los atlas etnográficos dedicados a conocer, revalorar y promover la identidad cultural de las comunidades originarias del país.

Con el volumen dedicado al Estado de México, dijo, suman once los atlas que —otrora centrados en Oaxaca, Ciudad de México, Chiapas, Veracruz, Puebla, Morelos, Hidalgo, la Huasteca y el semidesierto queretano, Chihuahua y los pueblos indígenas del noroeste— ofrecen “investigaciones serias y rigurosas, pero de formato amable y lecturas aptas para públicos no necesariamente especializados en etnografía y disciplinas afines”.

La etnóloga Yólotl González Torres destacó la división del libro en tres grandes apartados: el primero, Estudios básicos, abocado a descripciones de carácter general sobre temas lingüísticos, económicos, sociales y de regionalización; el segundo, titulado Macroetnias, reúne ensayos sobre dos grupos indígenas de gran presencia en el territorio mexiquense: mazahuas y otomíes.

En el tercer apartado, Microetnias, se aborda la integración, los espacios cotidianos, organización política, agricultura, fiestas populares e historia de minorías étnicas, como los nahuas, matlatzincas y otras poblaciones que habitan o tuvieron presencia en la entidad, caso de los barrios oaxaqueños o mayas que existieron en tiempos prehispánicos en Teotihuacan.

De esta forma, en los tres apartados se agrupan 29 capítulos y un total de 44 artículos, que dan cuenta, por ejemplo, de los procesos adaptativos que atravesaron los antiguos altepeme (unidad poblacional), una vez implantados los modelos políticos, laborales y de distribución de la tierra de la época colonial, y las haciendas del siglo XIX e inicios del XX.

Otro fenómeno social, como el estudiado por Efraín Cortés Ruiz en el capítulo La economía indígena en el Valle de Toluca, se vincula con la ruptura entre los pobladores de la primera mitad del siglo XX, que aún basaron sus ingresos en el cultivo tradicional, y las generaciones posteriores, cuya labor cotidiana está más vinculada a la industria, el servicio a los centros industriales de Toluca o el Valle de México, e incluso con la migración a Estados Unidos.

También se incluyen capítulos enfocados a tradiciones populares, como las danzas de moros y cristianos en el valle de Teotihuacan; el vínculo entre religiosidad y agricultura de los denominados graniceros; o la importancia del Día de Muertos y el culto a los difuntos en el municipio de Donato Guerra.

Los pueblos indígenas del Estado de México. Atlas etnográfico está disponible en puntos de venta del INAH, como la Librería Francisco Javier Clavijero (Córdoba 43, Col. Roma) o la tienda del Museo Nacional de las Culturas (Moneda 13, Centro Histórico); también se distribuirá por medio de la red Educal.

Foto: Paulina Gurrola