Arte y simbolismo de las máscaras de diablo de la Mixteca, en muestra fotográfica

Cortesía INAH

La máscara tradicional de diablo hecha de madera, que se elabora principalmente en los talleres artesanales del municipio de Santiago Juxtlahuaca, Oaxaca, es una de las manifestaciones culturales más representativas en la región Mixteca. Su expresión y simbolismo, captados por el lente de la fotógrafa Zurisaday Galicia, son tema central de la exposición Música para los diablos.

Compuesta por 20 imágenes en blanco y negro, la muestra que se presenta desde el 23 de junio en el Museo Regional del Ex Convento de Santo Domingo Yanhuitlán, en Oaxaca, perteneciente al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), da cuenta del trabajo artístico de las máscaras elaboradas por el escultor Alejandro Vera Guzmán, usadas para la Danza de los diablos durante la fiesta patronal de Santiago Juxtlahuaca, Oaxaca, que se celebra el 25 de julio.

De acuerdo con la fotógrafa Zurisaday Galicia, durante la fiesta patronal se bailan dos danzas principalmente, la de los chareos, conocida también como moros contra cristianos, y la de los diablos. La primera trata de la lucha en la que los cristianos españoles, con la inspiración y ayuda divina de Santiago Apóstol, vencen a los musulmanes.

La Danza de los diablos se considera complementaria a la de Chareos, en ella sólo participan hombres ataviados con saco, mascadas, chivarras, chicote y caretas de madera con expresiones diabólicas, quienes bailan al ritmo de la música de viento conocida como chilena, con la intención simbólica de llevarse al infierno a los moros.

La fotógrafa oaxaqueña, quien se ha desarrollado en áreas como el retrato de paisajes y vida urbana, decidió documentar gráficamente el trabajo de creación de las máscaras y no tanto la ejecución de la propia danza, ya que a partir de la expansión de este baile hacia otras regiones, incluso en Estados Unidos, el disfraz de diablo se ha distorsionado.

“Hoy día los participantes solicitan a los artesanos modelos más grotescos, situación que pone en riesgo la tradición; anteriormente las máscaras representaban a la gente de la comunidad y los creadores sólo copiaban los rasgos”.

Entre las fotografías que se exhiben destacan Sutil maldad, en ella la artista confronta al bien, representado en la imagen de Jesucristo, con el mal, expresado en la máscara de diablo. Debate manifiesta un enfrentamiento entre dos seres perversos, y Expresión infinita ofrece un acercamiento a las distintas máscaras que elabora el maestro Alejandro Vera en su taller, así como las de otros artesanos.

La directora del recinto, Itandehui Franco Ortiz, detalló que las representaciones de diablos son un referente común que se da, bajo distintas concepciones y ejecuciones, en toda la Mixteca.

“En su mayoría, las danzas de Oaxaca surgieron durante la época colonial, etapa marcada por la resistencia de algunos grupos autóctonos a perder sus tradiciones. Esta oposición a la doctrina evangelizadora fue entendida por los españoles como una manifestación del demonio, de ahí que bailes como el de los diablos tengan esta connotación”.

Música para los diablos se podrá admirar en la planta baja del ex convento hasta agosto próximo. La muestra se enmarca en el programa de actividades Lengua mixteca, imagen, arte urbano y nuevas tecnologías, que se desarrollará en el recinto museístico los días 22 y 23 de junio, con la presentación de conferencias sobre la preservación del idioma.

El Museo Regional del Ex Convento de Santo Domingo Yanhuitlán se ubica en Carretera Internacional sin número, Santo Domingo Yanhuitlán, Oaxaca, abierto de martes a domingo de 9:00 a 17:00 horas, el costo general es de 40 pesos. Acceso gratuito para maestros, estudiantes, menores de 13 años y afiliados al INAPAM con credencial vigente. Los domingos la entrada es libre para público nacional.

 

Investigadores y artistas disertan sobre el grafiti

Cortesía INAH

Con la finalidad de abordar las obras artísticas de los creadores callejeros desde una perspectiva documental y empírica, a partir de hoy y hasta el 1 de junio en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), se lleva a cabo el 5to. Congreso Transdisciplinario Estéticas de la Calle, bajo el temaDiversidad y complejidad en el grafiti como práctica cultural-urbana”.

 El profesor del posgrado en antropología social de la ENAH y coordinador del evento académico, Marco Tulio Pedroza, indicó que la actividad busca conocer y registrar los testimonios de las personas que han investigado sobre el grafiti, así como promover la recuperación de espacios públicos.

Recordó que durante las ediciones 2012 y 2014, se incluyó en el programa la exhibición de las muestras Graffiti is a Classic, de una marca nacional de aerosoles, y La vieja escuela del graffiti, del fotógrafo Henry Chalfant.

Para 2015, el comité organizador empezó a configurar su propio acervo y generó una exposición bajo el título Style-graff, compuesta de 60 lienzos sobre madera de 50 por 60 centímetros, con el objetivo de dejar plasmado en ellos la caligrafía diseñada por los artistas callejeros de la Ciudad de México y de otras naciones, como Brasil, Francia, Suiza y Guatemala.

El profesor de la ENAH, cuya línea de investigación es el análisis del discurso y semiótica de la cultura, señaló que para este año se ha logrado conformar una segunda serie constituida por 65 obras bajo el mismo estándar que la anterior, denominada Urban grafic style, la cual se exhibe en el área de la Media Luna de la escuela.

Esta nueva colección hecha por artistas y escritores principalmente de la capital del país y del estado de Veracruz, tiene como eje principal el sentido de la imagen, ya que a decir de Marco Pedroza, resulta interesante identificar las diferencias que hay de fondo, relleno, destello y efecto dentro del grafiti, con respecto a otras expresiones como el realismo, cubismo o impresionismo.

Comentó que el propósito de generar un acervo a partir de creaciones contemporáneas, obedece a la necesidad de establecer relaciones internacionales e impulsar el movimiento para que gane terreno en el campo museístico, ya que en la mayoría de los casos, estas manifestaciones aún se perciben como vandalismo y no se les da el valor que merecen.

En la Media Luna también se presenta la antología pictórica Similaridad… Un canto al entardecer de los cuerpos, del artista brasileño Josemar Blures de Souza, quien por medio de ocho pinturas da cuenta de su historia a través del grafiti y de cómo llegó a la simbiosis entre geometría, diseño y cuerpo.

El congreso inició con dos conferencias magistrales que abordaron la perspectiva ideológica, función social y política del arte urbano alternativo. También se proyectó el documental Manifiestos Ags, y cerró con un conversatorio sobre el libro Muro que ladra sí muerde, grafiti, placazo y mural callejero en Aguascalientes, de la maestra en arte contemporáneo, Zyanya López, y el sociólogo Antonio Guerrero.

Para el 31 de mayo a las 10:00 horas se desarrollarán dos mesas de análisis cuyo tema central es el grafiti como herramienta del espacio urbano. Por la tarde, se presentarán los cortometrajes Cortando un sueño a la vez y San Pancho mi casa grande, este último trata de la expresión gráfica callejera como una opción para informar a los vecinos del barrio de San Francisco Tultengo, Ciudad de México, sobre su pasado histórico y revitalizar así sus costumbres y tradiciones.

La jornada del día concluirá con la presentación del libro All city queens, que da a conocer el arte callejero femenino a través de paneles, bombings, producciones, entrevistas, biografías y ensayos de escritoras, crews o grupos alrededor del mundo.

El 5to. Congreso Transdisciplinario Estéticas de la Calle finalizará el 1 de junio con una charla donde los propios creadores callejeros manifestarán su visión sobre los tags o firmas sobre la pared, y las razones por las que se  inmiscuyeron en este movimiento underground, considerado contracorriente de los circuitos comerciales o expresiones culturales tradicionales.

Paralelamente al programa académico, se montó una expo-grafiti en la barda perimetral del Centro Cultural Ollin Yolliztli (Piedra Imán y Piedra Alumbre, colonia Isidro Fabela, Tlalpan, Ciudad de México), espacio en el que también se puede disfrutar de conciertos musicales al aire libre de 18:00 a 20:30 horas.

Asimismo, los visitantes tienen la opción de recorrer un tianguis cultural donde se subastan artículos como aerosoles, ropa, y accesorios producidos por marcas con largas trayectorias en el mercado, así como otras de reciente creación y algunas independientes. La instalación está dispuesta en la explanada principal de la escuela.

Como actividad complementaria, se imparten talleres a fin de acercar al público a las diversas técnicas usadas por los grafiteros, en ellos se enseña el dibujo con marcadores caseros, esténcil de gran formato, tipografía análoga, diseño de letras y fundamentos esenciales de una creación para niños. Cupo limitado a 12 personas (es requisito indispensable que el participante lleve su propio material de trabajo).

La Escuela Nacional de Antropología e Historia se ubica en Periférico Sur y Zapote s/n, colonia Isidro Fabela, Tlalpan, Ciudad de México.

“Infosphere”, el arte en la era de la revolución digital y sus consecuencias

Cortesía Cenart

Artistas, diseñadores, arquitectos y científicos presentan en la exposición Infosphere una perspectiva general del arte en la era de la revolución digital, sus consecuencias sociales, así como diversas percepciones acerca del nuevo mundo de datos. Esta muestra, proveniente del ZKM Center for Art and Media Karlsruhe, y llegó al Centro Nacional de las Artes (Cenart), el 25 de mayo, como parte de las actividades del Año Dual entre México y Alemania.

El término infósfera (infosphere) fue usado por primera vez en 1971 para definir la capa de información que se genera a partir del intercambio de datos. Este neologismo engloba la red técnica desarrollada a partir de la telegrafía, telefonía, televisión, radio, el radar, los satélites y el Internet. Abarca todo el planeta y permite el intercambio mundial de datos, así como la organización para el desplazamiento de personas y el traslado de mercancías. Sin el tráfico mundial de datos, bienes y pasajeros, sería imposible satisfacer las necesidades y aspiraciones materiales y existenciales de más de siete mil millones de personas.

La exposición Infosphere busca poner de manifiesto cómo el arte responde al reto de una sociedad global interconectada. Las 35 piezas que la integran abarcan diversos temas: desde el fenómeno cultural de la digitalización, hasta la visualización de ondas electromagnéticas o la geología de los medios y la materialidad de sus infraestructuras. De igual manera, plantea un análisis artístico de algoritmos, soberanía de datos, redes sociales y Big data, a partir de distintas disciplinas que observan las contingencias acarreadas por la infósfera.

Infosphere fue curada por Peter Weibel, Daria Mille y Giulia Bini, miembros del ZKM Center for Art and Media Karlsruhe (suroeste de Alemania), uno de los espacios dedicados al arte y tecnología más destacados del mundo. Esta exposición formó parte del Festival GLOBALE, con el que el ZKM (Zentrum für Kunst und Media) celebró los 300 años de fundación de la ciudad alemana de Karlsruhe. Ahora, una nueva versión de esta muestra se presentará en el Cenart.

La exposición está acompañada de diversas actividades complementarias, como talleres, charlas y visitas guiadas para niños y público general. Durante los últimos días de exhibición se contará con la presencia de las curadoras para realizar recorridos guiados, así como un programa de video comentado.

Infosphere fue inaugurada el 25 de mayo a las 19:00 horas y podrá ser visitada de martes a domingo de 10:00 a 18:00 horas en las galería Central, Espacio Alternativo y Arte Binario del Cenart, hasta el 3 de septiembre de 2017.

Esta exposición no hubiera sido posible sin el apoyo del Goethe-Institut Mexiko, el programa Matching Funds de la programación alemana del Año Dual, Pro Helvetia y la Dirección General de Asuntos Internacionales de la Secretaría de Cultura.

 

Expertos reflexionan sobre la transformación de la fotografía en los últimos 50 años

Cortesía INAH

En el marco del Coloquio de Fotografía Documental Mexicana, que se desarrolló en la Dirección de Estudios Históricos, un grupo de destacados fotógrafos mexicanos reflexionaron sobre la vertiginosa transformación que ha vivido la fotografía en los últimos 50 años. Por un lado las cámaras analógicas dieron paso a las digitales; los procesos de impresión quedaron en el olvido y la labor del fotoperiodista se ha adecuado a los nuevos tiempos, en el que los videos cobran fuerza.

En la mesa “Cambios en la era digital”, los fotógrafos Javier Hinojosa,  Eniac Martínez, Armando Cristeto, Luis Jorge Gallegos y José Carlo González dieron su opinión sobre la forma en que los avances tecnológicos han trastocado su quehacer profesional.

El primero en abrir la sesión fue el fotógrafo y editor de libros Javier Hinojosa, quien ha ilustrado más de cien publicaciones de arte y catálogos sobre la cultura mexicana. Antes de hacer un repaso por su trabajo, dedicó su participación al artista plástico Felipe Ehrenberg, quien falleció el 15 de mayo, en Cuernavaca, Morelos.

Hinojosa, narró que sus inicios en la fotografía fueron a mediados de los años 70, cuando las cámaras eran de mirilla y usaban cartuchos recargables, y el revelado de imágenes se hacía en un cuarto oscuro.

De 1980 a 2008, se encargó de documentar las obras de arte, que para él significó una forma de narrar la historia de México, para lo que se valió de placas de buen tamaño con una cámara 4×5. De esa labor conserva más de 20 mil imágenes, pero realizó más de 50 mil.

Recordó que para finales de los años 90 y principios de 2000 se empezó a desarrollar una tecnología hibrida en el trabajo fotográfico, porque aún existían los negativos, pero ya se hacían las primeras digitalizaciones y se podían guardar en  discos compactos. En el año 2000, con la digitalización, el trabajo se simplifica, ya no son necesarios los laboratorios de revelado y se puede mirar al momento la imagen captada.

El artista, quien ha publicado libros como Silencios compartidos (1998) y  Mayas: espacios de la memoria (2000), relató que en 2001 fotografió el friso de Calakmul con una cámara analógica y después las imágenes fueron digitalizadas para realizar una imagen completa.

Las transformaciones, dijo, no sólo han sido en las cámaras, sino también en la impresión, que cada vez tiene mejor resolución. “Otro de los elementos que ha ayudado a los fotógrafos a realizar imágenes panorámicas son los drones, que permiten obtener imágenes de sitios arqueológicos o edificios contemporáneos desde las alturas”.

Señaló que como fotógrafo disfruta tanto de los procesos analógicos como de los digitales, ya que cada uno ofrece distintas formas de trabajo.

Por su parte, el fotógrafo independiente, Luis Jorge Gallegos, expresó su preocupación, al no existir contenedores donde se puedan resguardar a futuro las miles de imágenes que se generan,  “estamos haciendo fotografía efímera”.

Recordó que en el pasado se tenía la costumbre de guardar los negativos e imprimir las fotografías, pero ahora las imágenes son almacenadas en memorias, servidores y en la nube, pero se pregunta quién nos asegura que en 15 o 20 años más se pueda acceder a esas imágenes, ya que la tecnología cambia.

El maestro de la lente, Eniac Martínez, sostuvo que su generación va a caballo entre el mundo análogo y el digital,  pero su trabajo siempre ha estado encaminado a mostrar una realidad. “Me sigue interesando lo que se dice y cómo se dice y no la superabundancia de imágenes”.

Martínez, quien ha realizado proyectos fotográficos sobre migrantes, la basura en los ríos y numerosas exposiciones en México y el extranjero, sostuvo que para él lo importante es contar una historia con la ayuda de las fotografías.

En su intervención José Carlo González, fotógrafo del periódico La Jornada, refirió que en la era digital el fotoperiodismo se ha tenido que adecuar a las redes sociales, y ahora no sólo hay que realizar foto fija, sino también grabar video.

Finalmente, Armando Cristeto, fotógrafo independiente, se refirió al color de las imágenes en los medios impresos en México, mencionó que hasta finales de los años 70 la fotografía era en blanco y negro hasta que surgió la revista Proceso en 1970 con portada a color, y para 1977 el Unomásuno  fue el primer diario en llevar todas sus páginas a color, poco a poco todos los diarios nacionales lo fueron adoptando.

El coloquio fue organizado por los institutos Nacional de Antropología e Historia (INAH) —a través de su Dirección de Estudios Históricos y de la Escuela Nacional de Antropología e Historia—  y de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, en colaboración con  la Universidad Jean Jaurès, de Toulouse, Francia

Libro revela estrategias de resistencia y empoderamiento de mujeres esclavas en AL y África

Cortesía INAH

A diferencia de lo que comúnmente se cree, las mujeres esclavizadas no fueron sujetos pasivos y víctimas de sus circunstancias, sino que lucharon por conseguir un futuro más digno, e incluso llegaron a detentar cierto reconocimiento y poder en las diversas sociedades de los siglos XVI al XIX.

Algunos de esos casos son expuestos en el libro Mujeres africanas y afrodescendientes: Experiencias de esclavitud y libertad en América Latina y África. Siglos XVI al XIX, coordinado por María Elisa Velázquez y Carolina González Undurruaga.

Publicado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), el volumen 9 de la serie Africanías, ahonda en un terreno poco estudiado en lo que a las investigaciones sobre la esclavitud africana trasatlántica se refiere: la importancia de las mujeres esclavizadas en el desarrollo económico, social y cultural de las sociedades coloniales.

La participación de dicho sector fue fundamental para la reproducción económica, social y cultural de diversas sociedades, ya que no sólo se desempeñaban en los hogares como cocineras, chichiguas o amas de leche, curanderas o parteras, sino también en plantaciones, haciendas agrícolas y en el comercio, donde su labor fue esencial, refirió la historiadora y antropóloga del INAH, María Elisa Velázquez.

En las ciudades había más mujeres esclavizadas que hombres, y muchas veces eran vendidas a un precio mayor que los varones, eso muestra el valor que se le daba a su trabajo; a diferencia de ellos, sus hijos serían esclavos, a menos de que éstas obtuvieran su libertad y, por ende, la de sus vástagos”.

La vicepresidenta del Comité Científico del Proyecto Internacional La Ruta del Esclavo de la UNESCO expuso que estas mujeres utilizaron diversas estrategias de resistencia para empoderarse, como el cimarronaje y el reniego, tema que se profundiza en el artículo Mujeres y niñas esclavizadas en la Nueva España: agencia, resiliencia y redes sociales, escrito por ella y Cristina Masferrer.

El cimarronaje refiere a casos en los que mujeres huían para evitar soportar los malos tratos o las vejaciones. En tanto que el reniego, según nuestro punto de vista, pudo ser una forma de escapar de esa situación, pero también de invocar, en el caso de aquellas que provenían de África, sus antiguas creencias”, explicó.

En la segunda parte del volumen se muestran casos de mujeres que habían sido liberadas gracias a que sus amos les otorgaban su “título original de libertad”, por el cual a veces debían pagar alguna cantidad.

Artículos como el de Mariana P. Candido, titulado Comerciantes en el Puerto de Benguela a finales del siglo XVIII. Las donas y la trata de esclavos, y el de Júnia Ferreira Furtado, Exesclavas en el Distrito Diamantino, Brasil, siglo XVIII, revelan cómo varias madres lucharon por la libertad de sus hijos litigando, y en contraste, la forma en que otras lograron obtener cierto poder económico y social gracias al comercio, incluido el de esclavos, que se daba a partir de redes que establecieron con patrones, esclavos e indígenas, y su capacidad de negociación.

El volumen, que cuenta con nueve artículos escritos por destacadas investigadoras de México, Honduras, Perú, Argentina, Brasil, Senegambia y África Central, está dividido en dos secciones, la primera titulada Experiencias de esclavitud, y la segunda, Experiencias de libertad.

La investigadora del INAH también destacó el texto de Maribel Arrelucea Barrantes, Isabel, Manuela, Juana, María, Plácida… Mujeres afrodescendientes y vidas cotidianas en Lima a finales del siglo XVIII, que recrea experiencias de esclavitud.

El libro fue presentado en la Feria Internacional del Libro Universitario, organizada por la Universidad Veracruzana, en Xalapa, Veracruz.

Rulfo, el más grande antropólogo de los escritores mexicanos

“Los sueños son en el pensamiento de muchos pueblos indígenas y campesinos
de México, un elemento fundamental para aproximarse a la realidad,
hablar con los ancestros y curar las enfermedades”

Diego Prieto

Cortesía INAH

Un par de libros bastaron para encumbrar a Juan Rulfo en la gloria de la literatura universal, y después vino el silencio. En Pedro Páramo y El llano en llamas, pero también en su fotografía e incluso en los títulos que editó para el entonces Instituto Nacional Indigenista, se encuentran claves para releer su relación con la antropología, coincidieron los especialistas que se reunieron en el Seminario de Cultura Mexicana a propósito del Día Internacional del Libro y los Derechos de Autor, instituido por la UNESCO.

Las “Miradas cruzadas entre literatura y antropología” en la obra de Rulfo, fue la perspectiva del conversatorio organizado por la Oficina de la UNESCO en México conjuntamente con el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI), en el marco de la celebración del centenario del natalicio del autor jalisciense.

El titular del INAH, el antropólogo Diego Prieto, recordó que ya Clifford Geertz apuntaba que la literatura etnográfica es una forma de narrativa. No obstante, mientras la literatura etnográfica debe acreditarse como verídica, la narrativa en general debe acreditarse como verosímil.

Así, por ejemplo, Ricardo Pozas Arciniega fundamentaba su obra Juan Pérez Jolote: biografía de un tzotzil en la proximidad que tuvo con el joven indígena; en tanto, Juan Rulfo, quien escogió otro nombre propio para su libro: Pedro Páramo, no debía testimoniar que su personaje ni su espacio, Comala, fueran reales. “Lo importante es que su texto es poderoso, intenso y, sin duda, verosímil”.

En opinión de Diego Prieto, mientras a Ricardo Pozas Arciniega puede considerársele el mayor narrador entre los antropólogos mexicanos, Juan Rulfo “es el más grande antropólogo de los escritores mexicanos”, en términos de alguien que da cuenta del fenómeno humano y es capaz de traducir un universo cultural a otros.

Rulfo dio un giro a la narrativa mexicana abriéndola a la modernidad, esto mediante una vuelta de tuerca al realismo y la constitución de otros planos de la realidad (universos que tienen su propio orden y sentido).

Para ello, introdujo la libertad creativa a través de la fantasía, la imaginación y el pensamiento mágico; mantuvo la crítica social al régimen emanado de la Revolución Mexicana y utilizó el enfoque de la comunalidad para comprender a las culturas mexicanas, tanto en el sentido identitario de los pueblos como en el reconocimiento de la pluralidad de voces que hacen a México.

Aunque Juan Rulfo fue escritor y no antropólogo, en Pedro Páramo y en los relatos de El Llano en llamas se encuentran, por lo menos, siete elementos de análisis de la disciplina antropológica: la tierra en todas sus acepciones; el pueblo como espacio, relación social, entidad y sujeto colectivo; otros factores son la soledad del individuo, la muerte y la violencia —el propio Rulfo declaró que entre los cinco y los 13 años de edad sólo conoció la muerte—; el amor, sobre todo el doliente, y los sueños.

Los sueños son en el pensamiento de muchos pueblos indígenas y campesinos de México, un elemento fundamental para aproximarse a la realidad, hablar con los ancestros y curar las enfermedades”. En Rulfo se encuentra un mundo simbólico que no renuncia a los planos oníricos y fantásticos, siempre anudados en la verosimilitud de la creencia popular, no es la fantasía arbitraria, anotó Diego Prieto.

Si en Pedro Páramo los muertos están presentes, es porque así lo cree la gente. En Rulfo vamos a encontrar la recuperación del tiempo circular de los antiguos pueblos de México, un tiempo que, al día de hoy, refrendan indígenas y no indígenas”.

La escritora y crítica literaria Sandra Lorenzano comentó que de las pocas interpretaciones directas que Rulfo hizo de los pueblos indígenas, está un texto que redactó para una exposición dedicada a Henri Cartier-Bresson en el Centro Cultural de México en París, en 1984.

En él, Rulfo apunta que el estado de los pueblos indígenas se debe “a un régimen tradicional, por no decir secular, que los indios ejercen para salvaguardar sus culturas. Por tal motivo, la política oficial ha sido la de no interferir sino en casos extremos para apoyar su prevalencia dentro del ámbito nacional, y si se toma en cuenta que existen en territorio mexicano 53 grupos étnicos con lenguas y costumbres bien definidas, no debe considerárseles como una rémora sino un gran aporte pluricultural que forma parte integrante del país.

En otras palabras —continúa el texto—, la incorporación al sistema de estas 53 comunidades traería el exterminio de tales culturas, cuyas manifestaciones artísticas, mitos y leyendas han sido y serán por mucho tiempo valiosos para etnólogos, sociólogos y antropólogos. Cierto que habitan zonas deprimidas y de grandes carencias, pero jamás abandonarán su pedazo de tierra, ni su mundo ni su inframundo. Les basta —como ellos dicen— la luz de una luciérnaga para alumbrar las breves noches de su existencia”.

Lorenzano detalló que ese interés de Rulfo por México se observa en la labor fotográfica que desarrolló, principalmente, cuando trabajaba para la Goodrich-Euzkadi, entre 1940 y 1958, a la par de su obra escrita. Una labor de la que emanaron seis mil negativos, de modo que no puede considerarse a la fotografía como un mero pasatiempo del autor. “Los silencios que pueblan sus imágenes son las palabras que callan en sus libros”.

Maura Tapia, especialista de los archivos de la CDI, recordó que durante 23 años Juan Rulfo trabajó en la Dirección de Publicaciones del Instituto Nacional Indigenista, fuera como editor, redactor, corrector de estilo o jefe del área, periodo en el que se publicaron más de 200 títulos de antropólogos, como Julio de la Fuente, Gonzalo Aguirre Beltrán, Ricardo Pozas, Alfonso Villa Rojas y Fernando Cámara Barbachano.

En el conversatorio “Juan Rulfo. Miradas cruzadas entre literatura y antropología”, expertos como Patricia Cordero de la UNAM, Patricia Tovar del CIESAS, Anthony Stanton, de El Colegio de México, y Sandra Lorenzano apuntaron a la relación, influencia e interés que Rulfo mostró por otros autores, como Rainer Maria Rilke, Ramón López Velarde y Francisco Rojas González.

Alicia Ahumada expone sus Fotografías para sanar en Antropología

Cortesía INAH

Como el personaje de Lewis Carroll, la fotógrafa Alicia Ahumada (Chihuahua, 1956) emprendió desde hace un tiempo un viaje en busca de sí misma que la llevó a vincularse con otras realidades y a tener un lazo más próximo con su casa: la Tierra. Buena parte de ese recorrido lo documentó y ahora lo traduce en un libro de excelente factura, Corazón abierto. La senda del chamán, y en una exposición: Traspasando la bruma. Fotografías para sanar, que puede visitarse en el Museo Nacional de Antropología.

Las cerca de 40 fotografías que integran la muestra, montada en la primera planta del recinto museístico del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), son testimonio de la resistencia de los seres humanos ante aquellas voces que niegan el cambio climático por causas antropogénicas, y son también una afrenta al lugar preponderante que la sociedad ha dado a la tecnología en detrimento de la conexión con sus semejantes.

Como expresa la autora en la publicación, coeditada por la Secretaría de Cultura y el Gobierno de Hidalgo a través de su Consejo Estatal para la Cultura y las Artes, ese camino personal le ha llevado a cambiar hábitos y actitudes, “conduciéndome a una vida humana noble, sin olvidar que todas las demás especies de la Tierra son sagradas, que son una fuente de sabiduría y juegan un papel vital para la supervivencia del planeta”. También hace una llamado a utilizar la tecnología a nuestro servicio y a impedir que otros guíen nuestros pasos.

Sin embargo, como reconoce, ella misma ha necesitado la guía de otros para encontrar “otras formas de ser y de estar”. Ir por estos senderos de la mano de chamanes, le ofreció la posibilidad de la “autosanación” mediante el uso de plantas, hierbas que representan un “atajo grande” en este trayecto que se llama vida.

Las imágenes en blanco y negro que se observan en Traspasando la bruma. Fotografías para sanar, pertenecen a la primera etapa del viaje de Alicia Ahumada, ahí está parte de su experiencia con “personas de poder” de Guachochi, en la Sierra Tarahumara, así como con los jmeen mayas, en Mayapán, Yucatán. Otras andanzas recientes retratadas a todo color y de forma digital, le llevaron a la Sierra de Catorce, en San Luis Potosí, en compañía de miembros de la corriente mexicayotl “Camino Rojo”, y a la Amazonía peruana dentro de los llamados circuitos new age.

En ese sentido, comentó el antropólogo Francisco de la Peña, el libro Corazón abierto. La senda del chamán muestra desde una experiencia personal, la de Alicia Ahumada, lo que es el endochamanismo que concierne a las prácticas rituales de grupos originarios o indígenas, y el exochamanismo, un fenómeno más bien inscrito en los circuitos new age y de turismo místico que permiten encontrar, por ejemplo, un chamán argentino de origen italo-español en plena selva amazónica peruana, con una mezcla de rituales más profusa en su origen y religiosamente heterodoxa.

“El libro de Alicia Ahumada demuestra que hay muchos chamanismos, locales y globales, y cuya convivencia es expresión de los tiempos que estamos viviendo”, dijo el profesor e investigador de la Escuela Nacional de Antropología e Historia.

En parte esa es la valía de la publicación, además de las imágenes captadas por Ahumada —considerada además una de las mejores impresoras del país—, ella vierte los conocimientos y habilidades adquiridos por medio de la observación, la participación y la vivencia. Alicia Ahumada deviene, sin querer, en antropóloga de sí misma y de estos grupos que la llevaron al camino de la “autosanación” a través del ejercicio de un diario de campo.

En la presentación del volumen e inauguración de la exposición Traspasando la bruma, la historiadora Rebeca Monroy recordó las andanzas de Alicia Ahumada en los terrenos de la fotografía, pasos que dio cuando tenía 17 años con una cámara Yashica. Luego, a fines de los años 70, sería parte del equipo pionero de la Fototeca Nacional, recién instalada en el Ex Convento de San Francisco, en Pachuca, Hidalgo. Cabe mencionar que esta institución le otorgó recientemente la Medalla al Mérito Fotográfico.

El libro Corazón abierto. La senda del chamán, “no es como cualquier otro, ni de indios ni de indígenas vistos desde la perspectiva antropológica, histórica o etnohistórica. La obra de Alicia Ahumada es vista desde el alma, con los ojos del corazón, de la convicción y del aprendizaje que se convierte en saber. No es un fotolibro de fotógrafos, del que se encuentra a otro; porque Alicia es parte del proceso, de la procesión, de la limpia, de los rezos mixtos, entre católicos y la lengua local.

“Además es un libro poco común porque busca recopilar la experiencia visual y humana para llevarla más allá, para darla a conocer, para acercarnos a los mundos que existen y subsisten sin nosotros. Favor les hacemos de no saberlos, no cambiarlos ni modificarlos. Hay que vivirlos, como lo hace Alicia”, expresó Rebeca Monroy, investigadora de la Dirección de Estudios Históricos.

Una parte, apenas representativa, de las experiencias de Alicia Ahumada en busca del autoconocimiento, puede conocerse en la exposición Traspasando la bruma. Fotografías para sanar, en el Museo Nacional de Antropología de martes a domingo, de 9:00 a 19:00 horas.

Foto: Melitón Tapia (INAH)

Presentan el libro “Atlas etnográfico del Estado de México”

Cortesía INAH

Favorecido por un acumulado de condiciones geográficas, climáticas y biodiversidad, el Estado de México ha sido durante milenios la superficie más poblada del actual territorio de la República Mexicana; por tales factores, son numerosas las comunidades originarias que en él prosperan actualmente, y cuyos principales rasgos de organización política, lenguaje, religión, economía y tradiciones populares, entre otros, confluyen en el libro Los pueblos indígenas del Estado de México. Atlas etnográfico.

Presentado en el Museo Nacional de las Culturas, este nuevo texto, coeditado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y el Fondo Editorial Estado de México, es resultado de casi 17 años de investigación de etnógrafos, antropólogos, historiadores y otros especialistas.

La publicación, coordinada por Efraín Cortés Ruiz y Jaime Carreón Flores, ambos investigadores del INAH, fue comentada por María Isabel Campos Goenaga, coordinadora nacional de Antropología; Yólotl González Torres, investigadora emérita del instituto; y María Teresa Jarquín Ortega, fundadora y académica del Colegio Mexiquense.

La etnohistoriadora Campos Goenaga indicó que la publicación deriva del Proyecto de Etnografía de los Pueblos Indígenas en el Nuevo Milenio, iniciado en 1999 y con el cual se han producido diversos materiales de difusión, entre ellos los atlas etnográficos dedicados a conocer, revalorar y promover la identidad cultural de las comunidades originarias del país.

Con el volumen dedicado al Estado de México, dijo, suman once los atlas que —otrora centrados en Oaxaca, Ciudad de México, Chiapas, Veracruz, Puebla, Morelos, Hidalgo, la Huasteca y el semidesierto queretano, Chihuahua y los pueblos indígenas del noroeste— ofrecen “investigaciones serias y rigurosas, pero de formato amable y lecturas aptas para públicos no necesariamente especializados en etnografía y disciplinas afines”.

La etnóloga Yólotl González Torres destacó la división del libro en tres grandes apartados: el primero, Estudios básicos, abocado a descripciones de carácter general sobre temas lingüísticos, económicos, sociales y de regionalización; el segundo, titulado Macroetnias, reúne ensayos sobre dos grupos indígenas de gran presencia en el territorio mexiquense: mazahuas y otomíes.

En el tercer apartado, Microetnias, se aborda la integración, los espacios cotidianos, organización política, agricultura, fiestas populares e historia de minorías étnicas, como los nahuas, matlatzincas y otras poblaciones que habitan o tuvieron presencia en la entidad, caso de los barrios oaxaqueños o mayas que existieron en tiempos prehispánicos en Teotihuacan.

De esta forma, en los tres apartados se agrupan 29 capítulos y un total de 44 artículos, que dan cuenta, por ejemplo, de los procesos adaptativos que atravesaron los antiguos altepeme (unidad poblacional), una vez implantados los modelos políticos, laborales y de distribución de la tierra de la época colonial, y las haciendas del siglo XIX e inicios del XX.

Otro fenómeno social, como el estudiado por Efraín Cortés Ruiz en el capítulo La economía indígena en el Valle de Toluca, se vincula con la ruptura entre los pobladores de la primera mitad del siglo XX, que aún basaron sus ingresos en el cultivo tradicional, y las generaciones posteriores, cuya labor cotidiana está más vinculada a la industria, el servicio a los centros industriales de Toluca o el Valle de México, e incluso con la migración a Estados Unidos.

También se incluyen capítulos enfocados a tradiciones populares, como las danzas de moros y cristianos en el valle de Teotihuacan; el vínculo entre religiosidad y agricultura de los denominados graniceros; o la importancia del Día de Muertos y el culto a los difuntos en el municipio de Donato Guerra.

Los pueblos indígenas del Estado de México. Atlas etnográfico está disponible en puntos de venta del INAH, como la Librería Francisco Javier Clavijero (Córdoba 43, Col. Roma) o la tienda del Museo Nacional de las Culturas (Moneda 13, Centro Histórico); también se distribuirá por medio de la red Educal.

Foto: Paulina Gurrola

“Alquimia” celebra dos décadas con número dedicado a la fotografía en color

Cortesía INAH

La revista Alquimia, órgano de difusión del Sistema Nacional de Fototecas (Sinafo), del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), celebra 20 años de vida y los festeja con una edición especial dedicada a La fotografía en color, cuya historia estaba pendiente de ser abordada en su amplitud y diversidad.

La idea de ahondar en el tema responde a los escasos estudios que hay en este campo, no obstante que el surgimiento de la fotografía en color representa un gran avance tecnológico y una herramienta esencial para aquellos que buscaban reflejar lo que pasaba en la naturaleza, comentó Juan Carlos Valdez, director del Sinafo.

“Los precursores de la fotografía deseaban capturar un instante o una imagen, pero también buscaban registrar las tonalidades lo más fidedignamente posible, es así que inician la investigación técnica que derivaría en el conocimiento y desarrollo de lo que hoy denominamos fotografía en color”.

El también titular de la Fototeca Nacional del INAH expresó que desde los daguerrotipos y ambrotipos sutilmente coloreados, pasando por el desarrollo del autocromo de los hermanos Lumière y las tarjetas de visita impresas a la albúmina coloreadas, hasta el desarrollo de la técnica de dye transfer o transferencia de colorantes comercializada por la Eastman Kodak en 1946, es posible, hoy día, contar con una amplia gama de procesos en los que se ha intentado reproducir los tonos de la naturaleza.

El editor de la revista, José Antonio Rodríguez, apunta en la página editorial del número 58 de Alquimia, que a lo largo de estas dos décadas de vida se han dado a conocer diversas historias de la fotografía mexicana, procesos de investigación, exposiciones, libros, documentos, curadurías, conformación de nuevos archivos históricos y contemporáneos, que enriquecen el conocimiento de la cultura fotográfica.

El año pasado, la publicación obtuvo el Premio al Arte Editorial que otorga la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana en la categoría de Revistas: cultura, literarias, religiosas, académicas y universitarias, cuyo número 57 estuvo dedicado al 40 aniversario de la Fototeca Nacional.

La edición conmemorativa de su cuarto lustro está integrada por cinco artículos que abordan la evolución de la fotografía a color en México. Daguerrotipos. La verdad de los colores, de Mariana Rubio de los Santos, muestra las técnicas de coloreado iniciadas en nuestro país en 1840 a la par de los intentos retratísticos.

En búsqueda de la ilusión: la fotografía iluminada en el siglo XIX, la investigación realizada por Gustavo Amézaga Heiras, remite a los vínculos entre la pintura y la fotografía, destacando la aparición de los estudios fotográficos y las tarjetas de visita en la segunda mitad del siglo XIX en México, periodo en el que la fotografía alcanzó la categoría de objeto cultural.

Simplemente el color, artículo de José Antonio Rodríguez, presenta el devenir de la fotografía a color, el uso en México de la fotografía química y la autocromía. La degradación del color en el cine mexicano, de Fernando del Moral González, habla de la problemática en la que se encuentra el patrimonio cultural cinematográfico de México, debido a que los tonos originales, brillantes y espectaculares de las primeras películas mexicanas producidas a color, han ido desapareciendo física y materialmente.

En El cine en color en México: figuras esenciales, Elisa Lozano alude al technicolor, una técnica que permitía registrar en la película virgen los colores primarios; la investigadora hace referencia a los primeros filmes a color realizados a partir de 1936 y a las personalidades del cine mexicano que se vieron favorecidas con esta nueva forma de filmar.

El trabajo de 20 años de la publicación cuatrimestral ha sido posible gracias a la voluntad de múltiples historiadores, instituciones, coleccionistas y jóvenes investigadores, quienes han mostrado su interés por el estudio de la fotografía.

En estas páginas se piensa la fotografía como una manera de conocimiento. Con todo y la complejidad del medio y que siempre plantea nuevas interrogantes, veinte años sí que son algo”, escribe José Antonio Rodríguez.

El más reciente número de Alquimia está disponible en las librerías del INAH. La consulta digital se podrá realizar a partir de abril próximo a través de la página revistas.inah.gob.mx. La descarga será gratuita.

Foto: Sinafo-INAH

 

La Luz de la tierra emerge en fotografías de José Luis Neyra

Cortesía INAH

Con una larga trayectoria profesional, José Luis Neyra —galardonado en 2016 con la Medalla al Mérito Fotográfico en el Decimoséptimo Encuentro Nacional de Fototecas— presentará la muestra Luz de la tierra, en la Sala Nacho López de la Fototeca Nacional, en Pachuca, Hidalgo.

La exposición, que se abrió al público este 23 de marzo, es organizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH); comprende 39 imágenes plata/gelatina y una en color que fueron capturadas e impresas en la década de los ochenta por el autor, quien también seleccionó el tema de la presente muestra para compartir una faceta de su producción poco exhibida aunque no por ello menos meritoria: la luz que emerge de la tierra, la plata que se fija en la corteza del interior de México.

Con la curaduría del fotógrafo Vicente Guijosa Aguirre, la exposición presenta imágenes de la vida en el campo, en las plazas públicas y en las montañas de las cercanías del Estado de México.

Al ser impresiones vintage —de época—, éstas no fueron sometidas a postproducción con programas de edición fotográfica actuales, únicamente el trabajo en el cuarto oscuro.

Como afirma Guijosa: “la muestra exhibida será la oportunidad de conocer la calidad humana y profesional de una persona con grandes virtudes en el quehacer fotográfico”.

Miembro fundador del Consejo Mexicano de Fotografía en 1976, que tenía su sede en la colonia Roma, Neyra recuerda que en ese lugar se promovieron 140 exposiciones y se organizaron dos coloquios latinoamericanos de fotografía y uno nacional. Asimismo, su interés personal se enfocó en incrementar el acervo de la biblioteca especializada en fotografía.

En 1971, José Luis Neyra presentó su primera exposición en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM. Su obra captura el México de los años 60, 70 y 80 del siglo XX, la cotidianidad de una urbe por la que transitan millones de personas cada día.

Tener una cámara fue para mí algo extraordinario porque poco a poco fui utilizando el material, buscando distintos motivos. Tardé mucho tiempo en conseguir imágenes que tuvieran trascendencia, pero primero era necesario aprender, echar a perder, y fue en el Club Fotográfico de México, ya una vez que me hice socio, que practiqué el revelado y la impresión, la secuencia completa para obtener las imágenes”, comentó tras recibir la Medalla al Mérito Fotográfico, en agosto del año pasado.

Con especial gusto por la experimentación, Neyra también es conocido por sus diaporamas, breves narraciones visuales acompañadas de sonidos. “El compromiso del fotógrafo está en lograr algo sustancioso y perdurable, porque entre las miles de fotografías que se pueden obtener ahora con la cámara digital, no todo vale la pena”, afirma.

José Luis Neyra ha participado en diversas exhibiciones individuales: en la Casa del Lago, de la UNAM (1972 y 1975), Galería José María Velasco del Instituto Nacional de Bellas Artes (1974), Centro de Seguridad Hidalgo del IMSS (1979), Galería del Auditorio Nacional, con la muestra 6 artistas contemporáneos (1979), Museo de Arte Carrillo Gil (1983), Casa de la Fotografía del Consejo Mexicano de la Fotografía, con la exposición Sucesos recientes (1987), y en el Museo Archivo de la Fotografía con Metáforas (2013), entre otros recintos.

De manera colectiva, su obra ha podido ser apreciada en el Club Fotográfico de México (1964-1967); Galería Hudson Park de la Biblioteca de Nueva York, Estados Unidos (1969); en el Museo del Palacio de Bellas Artes, como parte del Salón Nuevos Valores del INBA (1976); Contemporary Meridian House International, de Washington D.C. y Nexus Galery, en Atlanta, Estados Unidos (1978), y en la Galería de Fotografía de Funarte (Fundación Nacional de Artes), en Río de Janeiro, Brasil (1980).

La muestra Luz de la tierra se podrá visitar a partir de este jueves 23 de marzo en la Sala Nacho López de la Fototeca Nacional del INAH, ubicada en el Ex Convento de San Francisco, en Pachuca, Hidalgo. Entrada gratuita.

Foto: José Luis Neyra.