おかえりなさい n.n (bienvenido)

“Hitoshi.

Yo ya no podré estar aquí. Voy hacia adelante en cada instante.

No hay más remedio, es el flujo del tiempo que no puede detenerse. Seguiré”.

Kitchen. Banana Yoshimoto.

Para entender el comienzo, la patadita a la popa del barco en el cual me subí, tendría que remontarme a los cinco años, cuando por primera vez mis manos y ojos captaban la “diferencia”, una edad que puedo ubicar objetivamente, ya que esos fotogramas resultaron más tenaces y, ahora, tan frescos como aquellos donde me veo haciendo trufas o comiendo taquitos de atún con mayonesa en el jardín de niños. Pero he elegido el tiempo subjetivo. Es decir, en adelante estableceré un orden para contar aquellos recuerdos. Ahora entiendo que hay momentos a los que uno se aferra y zarpar con ellos es necesario.

Tenía diez. Mis hermanos eran mi mancuerna o, mejor dicho, yo la de ellos. Como a la mayoría de los chiquillos, la claridad del día nos espantaba el sueño. El desayuno vendría después de las 8 a.m. Y como cada primer día libre de dos, el sábado nos gustaba tanto porque hacíamos nuestra voluntad: abandonábamos la cama y avanzábamos a la sala, sin zapatos y con los calcetines aún tibios, para ver Los caballeros del zodiaco. En una ocasión, tras una semana de exámenes, me quedé profundamente dormida. Mi hermano sacudió mi hombro y apenas me vio reaccionar con un leve bostezo, me dijo: “¿Vas a perderte Sailor Moon?” Al fin reaccioné. Era otra de las series que seguía religiosamente cada semana.

Yo sólo era una niña fascinada ante cosas descomunales: chicas que de la piel rezumaban centellas de colores. Ante los desafíos permanecían concentradas, poseídas por un superinstinto de pelea, mientras una expresión fiera las hacía fruncir el ceño. Me obsesionaba con aquellas nubes que se formaban (campos de energía, en esa preciosa jerga del anime) alrededor de las guerreras, recubriéndolas para hacerlas intocables, llenas de seguridad, imperturbables.

A su vez, todas las sailors eran amigas. La lealtad, fuerte lazo incorruptible, las hacía inquebrantables. Así fue como se creó el personaje colectivo Sailor Moon, porque, dicho sea, sólo así podía comunicarme con los demás (no otakus) para que ellos entendieran de lo que hablaba (a mi madre le pedía que me peinara con una coleta como la sailor moon verde).

Con cada capítulo la emoción crecía y, como tenía que esperar una semana para ver de nuevo los programas, no tardé en darle vida a mis historias alternativas (una especie de fics, pero mezclando a mis humanos favoritos). Así nació, por ejemplo, la linda Yaz, muy parecida a Amy Mizuno, cuyo cortecito de cabello y tremendísimos ojos hicieron posible la analogía. Una de mis primas era Mina, siempre tan cariñosa y franca, quien me tomaba de la mano para jugar, como lo hacían las mejores amigas. También, debo aceptar, hubo tiempo para las marañas y el disfraz para un Mamoru Chiba, cuya silueta la cubría un tuxedo en lugar de uniforme escolar, y su rostro siempre lo acariciaba un halo de luz (no por nada, la única vez que rozamos nuestros meñiques por accidente, creí en el destino).

Hay tantos entrecruzamientos; muchos de ellos, entrañables, y continuarán mientras tenga gente a quien amar.

Mientras, seguiré construyendo mi exoesqueleto, para andar con más firmeza, para hurgar en el mundo de vez en vez, y después volver a esta casita de la que apenas hay un techado. Comienzo con una “habitación propia”.

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Foto: internet