Nadie se muere para siempre…

A las 23:24 horas del martes 20 de junio de 2017, entró el verano. Jeanine llegó de mañana a un pequeño pueblo cerca de la Costa Chica de Guerrero, de esos que en los mapas no aparecen, para celebrar el cumpleaños de su abuela, una anciana de 100 años a la que algunos habitantes concebían como la bruja del pueblo.

Lo primero que halló al entrar a su casa, fue a su tío Martín tocando un viejo teconte. Los “mugidos” del instrumento acompañaban los picarescos versos de Jorge Añorve: “En el zócalo de Cuaji/ hay un palito de otate/ donde siempre se reúnen/ los putos y los mayates…”, ya que Martín era originario de Cuajinicuilapa, “La Perla Negra Del Pacífico”.

—Ay, tío, hace mucho que no escuchaba una chilena

—Pues tú tienes la culpa, pa’ qué naces chilanga, mija.

En verdad tenía mucho tiempo de no ir a su pueblo, la última vez para la fiesta de 80 años de la señora Julia. Ya le andaba por irse a recoger chicatanas, por tomar chilate y comer mole de cuche. Su familia paterna no era originaria de ahí, sino de Puebla, pero con tantos años, disfrutaban la gastronomía del lugar como propia.

La celebración sería truncada por una mala nueva: la festejada, que tenía días buenos y días malos, cayó en cama tras ver a su nieta y a las pocas horas falleció. La celebración del centenario se truncó en funeral. O al menos eso pensó Jean, que no pudo evitar soltar las lágrimas.

Al caer la noche, el cuerpo de su abuela fue envuelto en un petate y llevado por un grupo de vecinos fuera del pueblo. Los acompañaba la banda de música que tocaba a todo sonar el Son de los Diablos.

Ya cercana la media noche, la casa en silencio y todos disponiéndose a dormir, Jeanine escuchó una voz que la llamaba… era la de su abuela. Se levantó de su catre y salió a la salita, donde Martín limpiaba el instrumento.

—¿Escuchó esa voz, tío?

—Sí, mija… le hablan.

—Pero ¿quién?

—¿Pos quién ha de ser, chilanga atarantada? ¡Su abuela!

—¿Qué…?

—Mire, mija, usté salga al patio y vea que quiere, total, al cabo y solo a de ser para darle la última bendición.

—Oiga, no… vaya conmigo.

—Así no funciona, mija: le toca.

Armada de valor, no sin antes echarse un traguito de aguardiente que le ofreció el pariente, se animó a salir de la casa. Ahí, parada unos pasos antes de la milpa, su abuela la esperaba. Estaba erguida, desnuda, la mano derecha le temblaba un poco y sonreía.

—Jeanine, ven, chaparra… ora resulta que le tienes miedo a tu abuela…

Se acercó tiritando. Le dijo que no entendía, que ella misma ayudó a ponerla en la mortaja y vio como se la habían llevado. Tartamudeaba un poco. Alegó que no entendía por qué estaba ahí, de pie, sin ropa y hablándole.

—¿No está usted muerta, tata?

“Pos sí. Sí me morí, hija, pero no del todo. Uno no se muere pa’ siempre, así nomás de sanseacabó y ya. Y en estas tierras… menos. Usté por que qué va a andar sabiendo de estas cosas, si nunca se ha muerto; pero acá entre el pueblo”

Jeanine abrazó a la viejita y no la dejó terminar. Le preguntó si quería algo de ropa y la ancianita le contestó que sí, que quería su viejo vestido de flores grandotas y moradas. Ella corrió al interior de la casa y ya toda la familia la esperaba. Parecía como si estuvieran listos para salir, y así lo hicieron tras ella. Unas primas le ayudaron a vestir a la abuela.

—Ora, mija, véngase.

La anciana encabezaba la procesión familiar, que pronto descubrió que no era la única. Todas las familias del pueblo salían de sus casas, cargando canastas de comida y velas. Se encaminaron a las afueras del pueblo y caminaron por algunos minutos hasta llegar a una desviación de terracería que culminaba en una gran caverna. Era el “panteón” del pueblo.

Al entrar, la joven lingüista llegada de la capital del país se topó con una escena que la dejó muda: cientos de cadáveres con diferentes grados de descomposición estaban de pie, platicando y conviviendo con sus familias. Retrocedió, buscando la salida, cuando la detuvo otro de sus tíos: Rogaciano, muerto hace ya diez años y cuyo cuerpo evidenciaba ese tiempo entre hongos y gusanos.

Para calmar su horror, el tío habló:

—Mira, chamaca, ya tienes casi 40 años y es tiempo que sepas qué pasa… fue una bendición que la muerte de tu abuela coincidiera con su cumpleaños y te animaras a venir… hay cosas que están escritas, mija.

—Tío…

—Cállate y escucha.

Le explicó que en ese pueblo uno no se muere todos los días, que por raro que parezca hay dos ocasiones que recuperan la conciencia y pueden andar por ahí, del tingo al tango entre los vivos. Además, la descomposición es solo visible.

—¡Imagínate que nuestras pobres familias vivas tuvieran que soportar el hedor! ¡Se nos mueren! Yo no sé bien cómo funcione esto, lo más sesudo que le hallamos es que estas tierras son herencia de nuestros antepasados negros africanos, y yo digo que es vudú o una cosa así rara.

Hace tiempo vino una tocaya tuya, una tal Jeanine Gaut… algo. Nos explicó que somos un tipo de muerto viviente, que los primeros llegaron sin que los pinches españoles supieran qué traían y que esto de las almas dobles y no sé qué diantres de característica humana no es de ritos ni supersticiones, que así somos todos los que venimos de allá, pues…

Un poco más repuesta… la extrañada chilanga comentó:

—Oiga, tío, pero las veces que he venido nunca había visto andar a los muertos.

—Es que es como las chicatanas, esas canijas hormigas voladoras no hay siempre… por eso saben tan buenas. Así somos los que ya chupamos faros… solo las noches de eso que llaman solsticio cobramos vida; y no te creas las primeras veces creo que estaba más espantado yo que la familia; por eso es que cuando sientas que te mueres, de preferencia, te nos vienes pa’ acá.

Su mente intentó mejor no entender, y disfrutó la noche. Tras el mole, el aguardiente, los tamales y todas las delicias de la región, iniciaron el recorrido al pueblo. Antes de meterse a dormir, no pudo evitar preguntar:

—Oiga, tío Martín ¿y por qué si iba a volver a la vida a mi abuela la enrollaron desnuda en el petate?

—Por tradición, mija… así se hace con los cuerpos aquí y se le echa allá en la caverna. Y es que vas a creer, en más de 400 años de que estas cosas pasan nunca nadie se había muerto el mero día… creíamos que a lo mejor el recién petateado no volvía, pero mira…

—Mi abuela siempre tan traviesa

—¡Tan terca! Si mi mamá siempre nos dijo que por si las dudas, no se nos fuera a ocurrir morirnos este día.

—[Risas] Ah, y cree usted que mi pobre madre cobre vida allá en la capital, enterradita donde está.

—Dios quiera y no, mija… no quiero pensar lo horrido que ha de ser despertar una noche y estar en una caja solo sin nadie… si yo me fuera a morir fuera de aquí y no hubiera chance de que me trajeran en la agonía; mejor la incinerada. A por las dudas…

—Mejor ni pienso en eso…

Al otro día, ya no hubo “anormalidades” que la sobresaltaran.  La experiencia solo es de una noche. Ya a punto de salir de regreso a la Ciudad de México, se pasó un rato escuchando al tío con su teconte, dale que te dale.

—Ya me voy, tío.

—Ora sí te llevas un buen recuerdo, chamaca. Nomás no vayas a andar comentando nada en la capirucha.

—No, cómo cree… dirían que estoy loca o que son cosas del diablo.

—Del diablo, nada. Él qué va a tener que ver con que los muertitos regresen, si él mismo busca regresar al cielo con papá Dios.

—Bueno, tío… ya me voy.

—Que te vaya bonito, mija; ya sabes, cuando sientas que te va a pelar…

—Me retacho pa’ acá, tío; Dios mediante.

—Dios es misericordioso, Jeanine

—Eso es un pleonasmo, tío.

—¡Mira, ya mejor vete y déjate de chilanguejadas!

—Adiós, tío

—Adiós, chamaca…

 

Pablo “Mácrom” Saldaña Amador
@ArbolHueco

Juntos para siempre

Tras el festín pantagruélico, Renato fue llevado al hospital con una congestión de campeonato. Wendy, su esposa, lo vio ahogarse tras la última mordida a la torta de tamal verde que le vendió una viejita a las puertas de su edificio. No es que tuviera algo atorado, simplemente ya no había lugar para más, ni un hueco libre para respirar.

Horas antes, durante la fiesta atrasada del Día de las Madres donde trabajaba su esposa, Renato probó todos y cada uno de los más de 20 platillos que contenía el bufet, más los postres y aguas de sabores. Al salir, a duras penas podía caminar. Le costaba trabajo respirar y decía que tenía algo de náuseas.

Wendy nunca lo había visto comer así; normalmente era glotón, pero esta vez fue demasiado. Los regaños no se hicieron esperar durante todo el trayecto a casa…

***

Como todos los sábados, Renato salió temprano del trabajo.

Sacó de su maletín un emparedado que Wendy le había preparado como almuerzo y lo llevaba en la mano cuando un niño se le acercó y preguntó: “¿me lo regala?”. “No niño, cómo crees, me lo hizo mi mujer”, y siguió caminando.

Realmente no traía hambre, así que pensó en qué hacer con ese bocadillo que se veía enorme. Pensó en el infante, se encogió de hombros y lo tiro en un contenedor de basura, a la entrada de la estación del metrobús Olivo.

Mientras viajaba, sintió cómo iba creciendo un enorme hueco en su estómago. Le compró a una señora una palanqueta y una alegría para entretenerse.

Un hambre voraz lo invadió en cuanto bajó del transporte, y se compró unos tacos en la esquina de su cuadra. Diez tacos al pastor, cinco de suadero y dos de alambre, que no lograron calmarlo; pero al fin llegaría a su casa y comería a placer.

Llegó a su casa y su mujer ya estaba con la comida lista, estaban sirviéndose cuando ella le recordó que no comiera tanto, porque en unas horas era la fiesta de la empresa y los patrones darían bufet. Renato le dijo que había panza para rato y se sirvió doble porción de aquellos chilaquiles verdes que tanto le gustaban.

***

Pollo en mole, pipián, carne de cerdo con verdolagas, mole de olla, pechugas rellenas, niño envuelto, salpicón, ensalada césar, papas al horno, frijoles charros, costillas de cerdo en salsa de tamarindo, lomo en salsa de pulque, chicharrón en salsa verde, chuleta rellena y gratinada, rollos de jamón con queso manchego, arroz, bistec en pasilla, chile relleno, tortitas de nopal en salsa guajillo, ensalada de manzana, tlacoyitos de requesón, pierna mechada, chayotes a la crema, romeritos con tortas de camarón, sopa azteca, pastel de huitlacoche, pastel de chocolate, tarta de queso con zarzamora, flan, platanitos fritos con chocolate y gelatina multicolor. La mirada no alcanzaba para ver todos esos platillos de un solo golpe.

Además, había otras mesas con refrescos; enormes vitroleros con aguas frescas de jamaica, melón, tamarindo, tuna, tepache y horchata; dos grandes contenedores de café y una olla de ponche; garrafones con agua natural. La empresa había anunciado que no habría alcohol, pues varios de sus obreros tenían problemas con su consumo.

A Renato le brillaron los ojos cuando entró y vio el banquete, “no manches, Wendy, tus patrones se lucieron… y con el hambre que me cargo”.

***

Lo subieron a la camilla. Mientras veía pasar una a una las lámparas de neón del pasillo del hospital, trataba de hacer memoria de cuánto había comido. Entonces pensó en lo raro que era ese puesto metálico de tacos en su esquina, en que junto a la señora que lo atendía había un niño como de ocho años; recordó el puesto de tamales a la puerta de su condominio y trató de acordarse si alguna vez se había instalado ahí… nada.

Sin embargo, la tamalera era muy parecida a la señora que horas atrás le sirviera el pastor con su piña y verdurita. Ambas tenían un niño consigo.

Recapacitó en la marchanta a la que le compró la palanqueta y la alegría al interior del metrobús, y entendió cada vez menos, dado que la presencia de ambulantes en ese transporte está prohibida. Su mente empezó a nublarse mientras escuchaba a la camillera hablar con sorna: “este tipo comió, como cerdo… como cerdo… cerdo…”.

Las luces empezaron a cambiar, los tubos de neón dejaron su lugar a las bombillas tradicionales. El techo y las paredes blancas e impecables se transformaron en grisáceas y llenas de cochambre. La camilla parecía ahora una banda de caucho que lo llevaba amarrado de las… ¿patas?

Empezó a llorar lleno de pánico. Quiso gritar, pero solo emitió un fuerte guarrido que lo dejó petrificado. La banda se detuvo y una señora, a la que reconoció inmediatamente, le detuvo la cabeza con fuerza, enganchó sus patas traseras y sintió como lo elevaban boca abajo. La mujer le enseñó con bastante saña un cuchillo y lo degolló lentamente…

***

Renato desapareció misteriosamente del hospital. Las arduas pesquisas fueron inútiles y el expediente quedó, como tantos otros, abierto para siempre.

Una noche, Wendy se encontraba afuera de la nueva casa, que compró con su crédito de Infonavit para dejar atrás todo aquello que le recordara a su esposo, cuando un niño pasó conduciendo un triciclo de tamales.

“¿Un tamalito, señora? Están hechos con carne de puerco y mantequita. Tome, le regalo uno, va a ver cómo le gustan…”.

Aceptó. Fue la última vez que recordó a Renato con tristeza, la última vez que le lloró. Siempre pensó que, producto de su eterno amor, las lágrimas habían cesado. No imaginaba que, en realidad… estarían juntos para siempre.

Mácrom

Pa’ servir a usted

“El rey Leonardo,
Leonardo el león,
de los animales
monarca y campeón.
Él tiene enemigos
que no le quieren bien
como malas pulgas
y sin sesos también…”
El rey Leonardo. La lupita

Banda formada a inicios de la década de los años 90. Héctor, Rosa, “Bola”, Lino, Poncho y Michael, fueron la alineación original. Rock, funk, hard rock, folklore, disco y punk; la fusión de su sonido. Y de ahí, al día de hoy. Pa’ servir a usted, Que bonito es casi todo, Tres-D, Caramelo macizo, Lupitología y Te odio, su discografía.
No recuerdo bien, pero tuvo que ser en alguna tocada en CU donde vi por primera vez a La Lupita. Pero sí recuerdo que una de las primeras canciones que escuché, fue aquella que en las briagas familiares solían poner interpretada por Los Tigres del Norte. “Contrabando y traición”, la historia de Camelia a ritmo de rock. En ese momento, escuchar esa rola era como decirle a mi papá que me gustaba algo que también a él le gustaba, pero a mi estilo.


Pa´ servir a usted, me parece un gran disco. No sé si se deba a que por ser el primero y, en medio del auge del rock en la década de los 90, mi despertar a la juventud, me parecía algo genial. No lo sé. Hoy sigo pensando eso.
De Las Islas, en el Estadio Tapatío Méndez, en el estacionamiento del Estadio México 68 y en el Estadio de Béisbol, tengo los mejores recuerdos de cuando vi a La Lupe.
Eran esos toquines en los que la entrada era un kilo de productos no perecederos. Era chido saber que tenías asegurada tu entrada, pues bastaba con ir a la despensa de la casa y chingarte un kilito de arroz, frijol o lo que fuera. Con el paso del tiempo y la aparición de nuevos discos, el sonido de La Lupita fue cambiando, al igual que su alineación. Lo que no cambió es el ánimo y lo bien que tocan.
Con sólo escuchar los primeros acordes de “Ja, ja, ja” el hormigueo se apoderaba de mí, y todos a bailar y a hacer coros o bien, echarte la rola completa.

Y así, hemos avanzado juntos, hemos recorrido el camino juntos, aunque no pegados. Actualmente La Lupita celebra 25 años de andar en el rock. Lo interesante de esta celebración es que se están presentando en escenarios pequeños. Está chido, pues un masivo, algo como un Palacio de los Deportes o un Metropolitan es bueno, pero verlos en lugares pequeños, tiene magia.
No hay que olvidar que… Qué bonito es casi todo y dejo por aquí “El funeral del Payaso” … cualquier parecido con la realidad, es mera coincidencia.

 

@AnaLau

Fotos y videos: Internet

Si hemos de elegir cómo morir…

Quiero ver a mis alumnos, amigos, colegas y rivales, muertos… de cansancio por la brega diaria; de alegría por la satisfacción del deber cumplido; de borrachos (como dicen, “debe” ser un reportero); de ti, amor, de amor de ti, de urgencia mía de mi piel de ti; de pasión por la profesión más hermosa del mundo.

No los quiero ver muriendo de impotencia y dolor ante la sangre derramada, no solo del gremio sino de un país que está herido hasta las entrañas; ni de miedo ante un gobierno y una sociedad indiferentes ante tantas balas; o de coraje por la corrupción y el contubernio entre el crimen organizado y la clase política; de soledad… porque a fin de cuentas: los dejamos, nos dejan, estamos tan solos.

No los quiero ver morir asesinados, como a Cecilio Pineda Brito, Ricardo Monlui Cabrera, Miroslava Breach Velducea, Maximino Rodríguez Palacios, Filiberto Álvarez Landeros, Héctor Jonathan Rodríguez Córdova y Jesús Javier Valdez Cárdenas periodistas ultimados tan solo en lo que va de 2017.

Sonia Córdova Ocegera y Armando Arrieta Granados se reportan graves, tras atentados. Y hace unos días, en Guerrero, siete periodistas nacionales e internacionales fueron emboscados y amenazados en la carretera Iguala-Ciudad Altamirano, por un centenar de sujetos armados. ¡Alto!

Pido un alto a la muerte de la libertad de expresión; de la libertad de vivir trabajando en lo que se ama; de los tinteros y las rotativas [como El Norte de Ciudad Juárez]; de la voluntad de servir a la sociedad transmitiendo información del diario acontecer. Alto a la muerte de valientes y comprometidos periodistas…

Que muera el crimen organizado y los políticos coludidos; la injusticia y la oclusión de un sistema que no investiga, no protege, no le importa quien caiga;  la incertidumbre, al salir de casa, sobre quién será el siguiente… quizás uno mismo. Quiero ver morir la falsedad e hipocresía de quien manda condolencias en un tuit pero permanece agazapado e inmóvil, esperando que olvidemos.

Que muera el periodicidio, sobrenombre del sistema y la realidad que nos tocó vivir en México estos últimos 15 años. Y que muera la desmemoria; que siempre recordemos los nombres de los caídos y de sus victimarios, directos e indirectos, para que nunca más…

La muerte misma sabe que estamos a su alcance. Javier Valdez lo sabía bien: “Ser periodista es como formar parte de una lista negra. Ellos van a decidir, aunque tú tengas blindaje y escoltas, el día en que van a matar. Si lo deciden lo van a hacer, no importa si tienes o no protección. No hay condiciones para hacer periodismo en México, las balas pasan demasiado cerca” (Proceso, 16 de mayo de 2017).

Pero hoy, mientras escribo, me niego a morir, a ver morir a más colegas, alumnos, amistades e incluso rivales de la pluma. Me niego a que la muerte violenta sea el tatuaje que cubre a mi país. Me niego a matar mis esperanzas, los sueños compartidos y el futuro común en bienestar.

Hoy abrazo la vida, la organización, la lucha y la memoria.

Y si he de elegir cómo morir: que sea en cama, en el punto exacto que la sabiduría de la vejez se torna en decrepitud, cuando las letras se me acaben. Si hemos de elegir como morir, que no sea bañados en nuestra propia sangre ni en la de los demás. Que no sea siendo un número más, una estadística sangrienta

Si hemos de elegir como morir: que sea siendo novela, cuento y poesía…

Pablo “Mácrom” Saldaña Amador

@ArbolHueco

Foto: Internet

Amorfos

Túnel

Callaron. No podían mantenerse de pie. En medio de la oscuridad que reinaba en el paso a desnivel de Calzada de Tlalpan, el silencio se hizo presente. Y el terror. Carlos y Javier se tomaron de la mano justo a mitad del túnel, cayeron sobre sus rodillas y agacharon la cabeza, esperando lo peor.

En cada uno de los extremos del lugar, cuatro siluetas amorfas bufaban y gruñían. Tenían seis patas y una luz rojo brillante a mitad de la cabeza, un ojo, quizá. Se fueron acercando poco a poco y entonces mostraron sus fauces. Formaron un círculo alrededor de los jóvenes que yacían temblorosos, de hinojos. El más pequeño se acercó hasta rozarlos a ambos con lo que parecía una lengua. Una extremidad larga, viscosa, muy caliente.

Se desmayaron.

A la mañana siguiente, unos vecinos los hallaron tirados en el suelo. Pensaron que estaban borrachos. Una señora preocupada porque pasó al lado de ellos cuatro veces y no los vio moverse, habló a la policía. Cuando los patrulleros llegaron, llamaron a una ambulancia. Estaban vivos, pero en estado de coma. Aún no han despertado.

Happy Meal

Doce de la noche. Ricardo corrió al andén de la estación Viveros con la expectativa de alcanzar el último tren a Indios Verdes. Se sorprendió que no hubiera nadie; esperanzado, se encaminó al final, para abordar el último vagón del convoy. Había tenido buenas experiencias en estos viajes, así que se dispuso a esperar un rato de placer mientras llegaba a su destino.

Llegó el viejo gusano, abordó el último vagón, aunque para su sorpresa, la “cajita feliz” no traía juguete. De pronto se escuchó la típica voz femenina decir “En breve reanudaremos el servicio. Por su comprensión, gracias”.

Uno, dos, tres, cuatro rondas de Candy Crush… nada. El transporte sin moverse, obligó a Ricardo a asomarse al andén y vio cómo dos señoras subían lentamente las escaleras, “hartas de la espera, buscarán otra forma de moverse”, pensó. Empezó a caminar por el pasillo. Si escuchaba el pitido, entraría al vagón inmediato.

Enmarcado en un extraño silencio, llegó al compartimiento del conductor. En su paso solo vio a una señora que dormía a placer, recargada en la ventana, a su lado, un niño como de seis años que jugaba con un catálogo de cosméticos. La puerta de la cabina estaba abierta, solo vio una gran mancha negra que cubría completamente el cuerpo del operador.

Una pequeña sombra se desprendió de aquella masa y se enredó en las piernas de Ricardo, tirándolo al suelo. Gritó. Lo último que alcanzó a ver fue como cuerpos negros con grandes dientes caían sobre él y a un asustado niño que lo veía todo a medio anden…

Sótano…

Armando Almeida e Hiram Ahued, secretarios de Salud y Seguridad Pública de la capital, caminan entre pasillos lúgubres. Sucios, muchos metros abajo del Hospital Juárez de México.

¿Qué lugar de mierda es este?

Unas mazmorras casi “naturales” que nos dejó el 85, secretario.

¿Y son seguras? No quiero que se me caiga la ciudad encima…

Calma, todo está reforzado, quiero enseñarle personalmente los “regalitos” que me mandó.

¿Cuatro jóvenes en estado de coma y ya son un regalo…? ¡No inventes, Armando!

Mejor véalo por sí mismo…

Llegan a una puerta abatible, que el secretario de salud abre de par en par. Varias camas, todas ocupadas, llenan una gran sala que da la impresión de ser un hospital setentero o más antiguo aún.

¿Y esto?

Son 124 cabrones… cuatro por año, desde 1986 a la fecha, según unos archivos confidenciales que ya me tocó “engrosar” unas veces… todos ellos en coma o algo parecido. A los primeros, hemos dejado de alimentarlos desde hace dos años y ahí siguen: vivos o lo que sea que hagan los desgraciados.

Cuatro por año…

Sí, siempre pasa la noche de la Santa Cruz… y siempre a puro hombre.

¿Y qué más sabemos?

Nada, salvo algunas declaraciones como la del chavito de la estación: manchas negras como sombras, gruñidos, unas madres como tarántula mezcladas con lobos y alas… desmayos y a la fregada: coma profundo. Por eso le pedí que no hiciera público el caso…

Monstruos en la Ciudad de México…

¡Exacto! Afortunadamente, en años anteriores le ha tocado a los servicios de salud recoger a los comatosos. Pero como este año fue en el Metro, y le tocó a su gente…

¿Y ahora qué…?

Uno esperaría que el jefe de la policía respondiera esa pregunta…

No… pues ni idea.

Entonces, a guardar silencio. Solo un médico y dos enfermeras han cuidado esta área todos estos años. Son de total confianza, y ya les di la orden de que no alimenten más a estos infelices. Veremos cuánto duran…

¿Y si no hay nada que hacer para qué diablos me trajiste aquí?

Para que por fin, el próximo año, pongas a trabajar a todos tus tiras e investigadores, a ver si logran saber algo. Yo me quedo con el trabajo de cuidarlos.

Pues hasta el otro año…

Salen del área y regresan al pasillo que, tras varios túneles laberínticos, los llevarán a la superficie. Cuando cierran tras de sí la última puerta, las luces del complejo subterráneo se apagan, quedando tan solo los brillos de los aparatos médicos.

Hasta el otro año…

Pablo “Mácrom” Saldaña Amador

@ArbolHueco

Foto: Internet

Infierno

Es la madrugada del 24 de marzo. Raúl y Adolfo entran sigilosos al departamento que comparten con Luna. Los pinceles están en el suelo…

Uno no puede así nada más andarse yendo del mundo. Claramente se lo dije a Luna, pero la muy terca decidió tomar el barco a otra galaxia y se largó dejando un buen de cosas pendientes: Trazos, colores, retratos por hacer… ¡a nosotros!

—Ya cálmate. La neta, fue su decisión. Chingarse 70 y tantas pastillas de un jalón con un trago de vodka de ese corrientote que tanto le gustaba fue su firma final. Lo que no me explico es por qué no dejó nota aclaratoria, de esas tipo “no se culpe a nadie de mi muerte”.

—Por gacha.

—¿Y ahora qué vamos a hacer con su cadáver…?

***

Luna era una pintora excepcional. Sus obras mostraban con claridad al mundo, en toda su podredumbre. No había concesiones ni privilegios. En su arte todo era horrido, grotesco; pero fácilmente identificable. Uno podía reconocer a la persona retratada o al lugar dibujado, e identificar la belleza dentro de lo amorfo.

Su verdadero nombre era Luz Uricka Navarro Andrade. Luna, para el mundo ajeno a su familia y los registros oficiales. Empezó a dibujar a los 6 años y para los 12, ya era famosa. Su talento natural la llevó a exponer en galerías de todo el país, a viajar, a experimentar. A esa edad, ya dominaba todas las técnicas y casi todos los estilos. Fue entonces cuando se planteó un nuevo rumbo.

Empezó a fabricar sus propios colores con desechos. Era habitual verla en los basureros, buscando materiales que les sirvieran en sus obras. Además, los cinturones de miseria de la ciudad le servían de inspiración, y los habitantes del lugar, de personajes.

Su mamá hizo todo lo posible por que estudiara una carrera, pero abandonó la escuela los primeros días de preparatoria. Ahí conoció a Raúl y a Adolfo, con quienes se fue a vivir. Ella, con la venta de su arte, pagaba todo. Ambos estudiaron carreras para impulsarla. Adolfo, Administración y el otro, Gestión cultural.

Su relación era una suerte de amatorio sexual con tintes empresariales, donde ella siempre era la voz cantante. Raúl y Adolfo sabían, además, que tenían un contrato de exclusividad amorosa y erótica con Luna. Ella, en cambio, era libre. En más de una ocasión durmieron en la acera, afuera de su departamento, para no interrumpir sus devaneos, encuentros ocasionales con alguna fan, algún encuentro inesperado en el bar, alguno de sus variados modelos o la banda musical en turno de los lugares de alcoholemia que visitaba.

Pero cuidado si alguno de sus amantes de fijo veía a alguien más. Hubo una vez que Raúl pasó una semana atado a la cama, sin comer y solo con un sorbo de agua de cuando en cuando. Ahí entendieron que ellos le pertenecían al cien por ciento y que era lo correcto. Luna era una diosa a la que no podían desperdiciar.

***

¿Ya viste el regalito que nos dejó?

Bajo su cuerpo, al llevarlo a la cama para que reposara mientras pensaban qué hacer, descubrieron la obra final: un dibujo que aparentaba ser un agujero en la tierra, con inscripciones en latín que decían: “rumbo al infierno”. Por su composición, parecía un verdadero hoyo en el suelo. Había más trazos, pero no le pusieron mucha atención.

No mames… se me hace que Luna se escapó por ese pinche hoyo…

¡No inventes Raúl! Es un dibujo y ya… no niego que es bien hiperrealista, pero hasta ahí. Mejor vele pensando qué vamos a hacer; llevamos dos días con el cuerpo aquí y sin decirle a nadie, se me hace que ya nos condenamos a la perpetua.

Raúl tuvo una idea: llevarían a Luna a uno de sus tiraderos de basura favoritos, la enterrarían entre montones de basura y anunciarían su desaparición voluntaria, con el último dibujo como epílogo a su carrera plástica. Adolfo no estuvo muy de acuerdo pero aceptó, siempre y cuando fuera hasta el próximo lunes, pues bien sabían que ese día los pepenadores descansaban.

A ver, Adolfo, trae pa’ acá el dibujo…

No se puede, está bien pegado.

¿Y qué dibujo Luna ahí?

Pues yo diría que es una selva al lado de una colina iluminada por el sol; y hay como tres animales rodeando el centro. Parecen un leopardo, un león y una loba. Adentro del vórtice hay una silueta de un tipo que…

¿Te cae…? ¡No juegues! ¡A de ser Virgilio! ¡Esta hija de la chingada no está muerta! Te apuesto lo que quieras que despierta mañana.

¿Cómo crees? ¿Y todos esos frascos vacíos? Contamos al menos 75 pastillas posibles y se las empinó con vodka.

Solo fueron el vehículo, vas a ver. Además, me creas o no, debemos tener el cuerpo aquí hasta pasado mañana; así que ya verás como sí regresa.

Estás en shock, me cae…

***

Un viaje al Infierno dura 24 horas desde la puesta del sol en la selva oscura y se necesitan otras 21 para salir hacia la superficie terrestre, desde la mañana hasta la noche sucesiva, y unas horas más para situarse en el siguiente plano, hasta poco antes del amanecer. Dos o tres días, máximo. Al menos, eso es lo que describe Dante a través de su Divina Comedia; aunque el tiempo-alma es muy relativo. Días enteros pueden volverse años, siglos, y en la Tierra ser solo segundos.

Los dos hombres encontraron a su amada muerta el viernes 24, por la mañana. Hoy es 26. Duermen tirados sobre la alfombra de la sala. De pronto, un ruido los despierta al unísono, el de un vidrio quebrándose. Entran a la única habitación del departamento y se encuentran con la verdad: Luna está trabajando sobre varios papeles, y a sus pies, varias botellas nuevas de vodka. Una de ellas está rota.

Ella voltea y les sonríe. Con su voz alegre y chispeante, los saluda y les da las gracias por no irla a “botar” a el Bordo así nomás. Ellos, entre tartamudeos, la cuestionan. Entonces, dando un gran trago, los corre a gritos del lugar: “¡sáquense de aquí, tengo 34 obras por realizar!”.

Los amigos se van. Al salir del departamento, uno de ellos aún no tiene claro qué pasó; el otro solo atina a invitarlo a la azotea del edificio: “Vamos a ver las bellezas que contiene el cielo… por allí salimos para volver a ver las estrellas”.

Pablo “Mácrom” Saldaña Amador

@ArbolHueco

Imagen: Pinterest

¿Por qué llegué a componer?

Segunda parte

¿En qué momento decidí empezar a escribir canciones? Con certeza, no lo sé. Recuerdo que en mis años de secundaria escribí tal vez en un par de hojas, el intento de una canción, pero no le di importancia. Años después, cuando quise recuperar el documento, lamentablemente, lo había perdido. Creo que no era tan malo aquel escrito.

Al terminar mi bachillerato, cuando ya sabía música y tocaba algunos instrumentos, decidí ahora sí, empezar a componer canciones.

En aquellos años yo era tecladista en un grupo que había formado con mis hermanos y unos amigos. Tocábamos covers, pero yo siempre tuve la inquietud de hacer música original.

Montamos un par de mis canciones en el grupo, aunque debo confesar que con ciertas resistencias internas y falta de credibilidad en que podíamos llegar a algo bueno con ello.

En una fiesta tuvimos la osadía de tocar una de mis canciones. ¿El resultado? Nos ignoraron en el mejor de los casos, y una que otra persona se burló, a pesar de que en realidad la canción sonaba bien. Llegué a la conclusión de que ese no fue el público idóneo que podría apreciar la música que intentábamos hacer. Eran algunos familiares, conocidos y gorrones. Dicen que en algunas ocasiones, nadie mejor que la familia para darte en la madre… dicen.

Aunque el grupo claudicó en el objetivo, yo seguí con mi deseo, mi necesidad de decir algo al mundo, con mi propia voz, mis propias idea y filosofía.

Continué escribiendo, pero realmente poco. Al ingresar a la universidad, mucho de mí cambió radicalmente, y ello derivó en que fuera una de mis etapas más productivas en lo que refiere a música y composición.

Estudiaba y trabajaba, y con lo poco que ganaba, después de subsanar mis gastos fui ahorrando con la idea de algún día poder entrar a un estudio de grabación y mostrar al mundo mis canciones.

Recién amanecía el auge tecnológico para las grabaciones digitales al alcance de la gente común. Y siempre, tus amigos, tus mejores aliados, los que verdaderamente creen en ti y que están contigo, te brindan el apoyo justo cuando lo necesitas.

Estaba terminando la carrera de comunicación, y algunos de mis amigos montaron un estudio, pensando en producciones de radio, pero tenían lo necesario para hacer una grabación musical, y fue con ellos con quienes grabé mi primer demo en CD: Hierofanía.

Fue un material completamente acústico, solo guitarra y voz, con un estilo más bien troveresco, un estilo tal vez como Fernando Delgadillo o Alejandro Filio.

El material contiene 12 canciones, producido en conjunto con mi amigo Alan Ferreyro, pero con el apoyo y las porras de muchos amigos más. La presentación de “Hierofanía” la realicé en la explanada de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, mi amada escuela.

A partir de ahí, me invitaron a entrevistas en radio, como IMER, Radio UNAM, vinieron varias presentaciones, también se usó mi disco para musicalizar un cortometraje, en fin, varias cosas.

Fue una cadena virtuosa, una cosa llevó a la otra. Y algo que verdaderamente he disfrutado es el reconocimiento de la gente que le ha gustado mi música, sus palabras de apoyo, su cariño. Y ha surgido todo en consecuencia.

Decidí dar el primer paso, la primer vuelta al engrane, y las cosas empezaron a caminar.

Con el paso de los años, de trabajo y esfuerzo, he tenido la oportunidad de conocer a grandes artistas, algunos de talla internacional, y de colaborar. He conocido a grandes músicos y excelentes amigos, con algunos de ellos he crecido, hemos caminado juntos este andar de la música.

Aunque en diferentes momentos se han presentado situaciones realmente difíciles, aquí sigo, dando nuevos pasos y sorteando los obstáculos y adversidades.

Así es esto, al igual que en otros muchos oficios y profesiones, ser persistente y creer en uno mismo es la clave, y seguir trabajando para crear las oportunidades.

Decisión, fuerza de voluntad, amor por lo que haces, verdadera pasión, fe, confianza en ti para arriesgarte… si quieres entrarle a la música y la composición, creo que es lo que necesitas.

Rodolfo Alanis

Músico y compositor

Youtube: Rodolfo Alanis

Facebook: Rodolfo Alanis – Página Oficial

Twitter: @ralanismusica

Soundcloud: Alas de Myrena

Email: rodolfoalanis@yahoo.com.mx

Fernando Benítez: “el Jefe de la Mafia”

Fernando Benítez, el escritor, el investigador, el periodista, falleció hace 17 años, un 21 de febrero de 2000. Su ausencia ha pesado como lastre ante la ausencia de figuras de tal envergadura en el ámbito nacional que sepan llevar a la Cultura al centro de la discusión, a ocupar el papel principal en los grandes medios.

Cronista de un México cuya realidad intenta dar la espalda al pasado; sobrino de un traficante de arte sacro; miembro de una familia dividida, pero millonaria, dueña de minas en Real del Monte; paseante en la Alameda Central, amante del náhuatl y admirador de Ignacio Manuel Altamirano.

Benítez fue un caudillo de la cultura, o mejor dicho el “Jefe de la Mafia”, mote recibido porque bajo su visión encontraron cobijo grandes críticos de arte, artistas plásticos y escritores. Paul Westheim (artes plásticas), Ceferino Palencia y Jorge Juan Crespo de la Serna (exposiciones nacionales), Adolfo Salazar (cine) y Francisco Piña (música), eran la base crítica de su equipo de trabajo.

Bajo su dirección, diferentes suplementos culturales, como el iniciático “México en la Cultura” del diario Novedades, elevaron a la palestra a las plumas más célebres de México: Elena Garro, Alfonso Reyes, Rodolfo Usigli, Calos Fuentes, Luis Cardoza y Aragón, Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Jorge Ibargüengoitia, Juan García Ponce, Víctor Flores Olea, Roberto García, Jaime García Terrés, Vicente Rojo, Juan Vicente Melo, José Iturriaga, Leopoldo Zea, Alí Chumacero, José Moreno Villa y Pablo González Casanova.

En la parte gráfica, su liderazgo reunió a Miguel Prieto, José Moreno Villa, José Luis Cuevas, Dr. Atl y Nacho López, entre muchos otros.

Como autor, le debemos Viaje a la Tarahumara, El rey viejo, El agua envenenada, El libro de los desastres, Los indios de México, de este libro, Vicente Rojo recuerda en su texto “Lecciones de vida” las palabras de Benítez al explicar qué aprendió de las etnias de nuestro país: “Me enseñaron a no creerme importante, a tratar de llevar una conducta impecable, a considerar sagrados los animales, las plantas, los mares y los cielos, a saber en qué consiste la democracia y el respeto debido a la dignidad humana”.

Si Ryszard Kapuściński decía que los cínicos no sirven para el oficio y que “para ser buen periodista hay que ser buena persona”, entonces Fernando Benítez era, sobradamente, ambas cosas. Un excelente periodista, un gran maestro, un amigo que sabía sacrificarse y dar todo de sí.

Por todo lo anterior, el Instituto Latinoamericano de la Comunicación Educativa y la Fundación Ildefonso Vázquez Santos produjeron el documental Fernando Benítez, caudillo de la cultura que se presentó en el Palacio de Bellas Artes la noche del martes 21 de febrero de este año.

El trabajo realizado por Guillermo Martínez-Ballesteros, reúne voces y testimonios de más de 25 personalidades, familiares y amigos de Fernando Benítez, entre los que destacan Cristina Pacheco, Silvia Molina, Rogelio Cuéllar, Iván Restrepo, Beatriz Espejo, Juan Villoro, Georgina Conde Taboada, Eraclio Zepeda, Jaime Pastrana Benítez y Jorge Pastrana Benítez., entre otros.

Además, se hace un recorrido por la vida y obra del escritor, resaltando hechos importantes como su relación con el poder político al que nunca dudó en encarar. El documental relata la anécdota cuando Benítez se niega a saludar al entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz y le espeta: “yo no le doy la mano a un asesino”.

También toca aspectos de su vida familiar y su relación con amigos y lectores. Es un muy buen homenaje para una persona que entregó su vida al desarrollo nacional y que creía que solo la cultura y la educación con enfoque crítico y revolucionario podían transformar a México. Y actuó en correspondencia.

Quizás el periodista francés Paul Claudel haya sido quien mejor describió el lugar de don Fernando en la historia cultural de México, a través de un artículo en Le Monde, cuando lo llamó creador de un nuevo género: el ensayo-reportaje. Es decir, Fernando Benítez es el verdadero precursor del Nuevo Periodismo Latinoamericano.

Pero cualquier elegía, ovación, alabanza o deferencia se quedan cortas. Fernando Benítez es enorme y a la vez tan humilde y pequeño como para que lo tomemos entre nuestras manos y lo leamos. Ese siempre será el mejor homenaje.

El documental citado, que estará pronto a disposición del público a través de las instancias patrocinadoras, cierra con un texto de Benítez (en la voz del maestro Servando Alarcón) con el que nos despedimos por hoy:

Febrero 13.

Ha caído la noche. Estoy aquí en mi mesa de trabajo, rodeado de libros amados bajo la luz familiar de mi lámpara compañera de tantas veladas inolvidables. ¿Qué puedo añadir a lo que llevo escrito?

Quebrantado y enfermo, solo espero no prolongar más esta angustia y morir sin cobardía.

Tocan a la puerta. ¿Quién podrá venir a estas horas? El llamado se repite. ¿No será una nueva ilusión de los sentidos?

No, tocan a la puerta de modo particular. Ya lo sé. No me llama una mano viva, sino una desencarnada y muerta. Ha cumplido su promesa. Está aquí y me reclama.

Podría colarse por una rendija, entrar por la ventana, y prefiere anunciarse.

Soy un privilegiado

¿Pero de qué servirá a los hombres este raro privilegio? Solo angustia, dolor, desilusión me ha costado. Y esta será mi herencia, mi estirpe infecunda…

No, no llames más. No toques así. Yo te abriré la puerta…

Fernando Benítez (1945), Caballo y Dios. Relatos sobre la muerte.

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Pablo “Mácrom” Saldaña Amador

@ArbolHueco

おかえりなさい n.n (bienvenido)

“Hitoshi.

Yo ya no podré estar aquí. Voy hacia adelante en cada instante.

No hay más remedio, es el flujo del tiempo que no puede detenerse. Seguiré”.

Kitchen. Banana Yoshimoto.

Para entender el comienzo, la patadita a la popa del barco en el cual me subí, tendría que remontarme a los cinco años, cuando por primera vez mis manos y ojos captaban la “diferencia”, una edad que puedo ubicar objetivamente, ya que esos fotogramas resultaron más tenaces y, ahora, tan frescos como aquellos donde me veo haciendo trufas o comiendo taquitos de atún con mayonesa en el jardín de niños. Pero he elegido el tiempo subjetivo. Es decir, en adelante estableceré un orden para contar aquellos recuerdos. Ahora entiendo que hay momentos a los que uno se aferra y zarpar con ellos es necesario.

Tenía diez. Mis hermanos eran mi mancuerna o, mejor dicho, yo la de ellos. Como a la mayoría de los chiquillos, la claridad del día nos espantaba el sueño. El desayuno vendría después de las 8 a.m. Y como cada primer día libre de dos, el sábado nos gustaba tanto porque hacíamos nuestra voluntad: abandonábamos la cama y avanzábamos a la sala, sin zapatos y con los calcetines aún tibios, para ver Los caballeros del zodiaco. En una ocasión, tras una semana de exámenes, me quedé profundamente dormida. Mi hermano sacudió mi hombro y apenas me vio reaccionar con un leve bostezo, me dijo: “¿Vas a perderte Sailor Moon?” Al fin reaccioné. Era otra de las series que seguía religiosamente cada semana.

Yo sólo era una niña fascinada ante cosas descomunales: chicas que de la piel rezumaban centellas de colores. Ante los desafíos permanecían concentradas, poseídas por un superinstinto de pelea, mientras una expresión fiera las hacía fruncir el ceño. Me obsesionaba con aquellas nubes que se formaban (campos de energía, en esa preciosa jerga del anime) alrededor de las guerreras, recubriéndolas para hacerlas intocables, llenas de seguridad, imperturbables.

A su vez, todas las sailors eran amigas. La lealtad, fuerte lazo incorruptible, las hacía inquebrantables. Así fue como se creó el personaje colectivo Sailor Moon, porque, dicho sea, sólo así podía comunicarme con los demás (no otakus) para que ellos entendieran de lo que hablaba (a mi madre le pedía que me peinara con una coleta como la sailor moon verde).

Con cada capítulo la emoción crecía y, como tenía que esperar una semana para ver de nuevo los programas, no tardé en darle vida a mis historias alternativas (una especie de fics, pero mezclando a mis humanos favoritos). Así nació, por ejemplo, la linda Yaz, muy parecida a Amy Mizuno, cuyo cortecito de cabello y tremendísimos ojos hicieron posible la analogía. Una de mis primas era Mina, siempre tan cariñosa y franca, quien me tomaba de la mano para jugar, como lo hacían las mejores amigas. También, debo aceptar, hubo tiempo para las marañas y el disfraz para un Mamoru Chiba, cuya silueta la cubría un tuxedo en lugar de uniforme escolar, y su rostro siempre lo acariciaba un halo de luz (no por nada, la única vez que rozamos nuestros meñiques por accidente, creí en el destino).

Hay tantos entrecruzamientos; muchos de ellos, entrañables, y continuarán mientras tenga gente a quien amar.

Mientras, seguiré construyendo mi exoesqueleto, para andar con más firmeza, para hurgar en el mundo de vez en vez, y después volver a esta casita de la que apenas hay un techado. Comienzo con una “habitación propia”.

VIDEO

Foto: internet