U2, un árbol con raíces mexicanas

Dos semanas después del 19S, U2 volvió a México, extendiendo los brazos de The Joshua Tree en un abrazo fraterno tras la tragedia. 

Víctor Serrano Lira.

“But yes, I’m still running!”. El fragmento, de I still haven’t found what I’m looking for, es mucho más que una línea de una canción emblemática. Para México, en especial para el corazón del país y sus arterias, es una declaración de batalla, de levantarse ante la desgracia: sí, fuimos golpeados, pero seguimos aquí, latiendo, corriendo, tratando de amanecer una mañana más con vida, en días oscuros que también pasarán.

Para una banda como U2, después de más de 40 años en la carretera, se trata de un recordatorio, de mostrar en el escenario, en acción sobre la tarima, que siguen siendo el grupo de rock más grande del planeta hoy en día y, muy probablemente, desde el siglo pasado. Para lograrlo, se reinventan a través de su álbum más emblemático, The Joshua Tree, que los mantiene activos en una gira que conecta al menos tres generaciones de sus fieles más fervorosos.

La fórmula de celebrar el aniversario de una placa legendaria sacándola de gira por el mundo no es novedosa, pero quizá nunca se había hecho con una obra de arte del calibre de The Joshua Tree. Lanzado en 1987, se trata del álbum que cierra una era para U2, una colección épica de canciones inspiradas en la profundidad de los Estados Unidos de América, sus sonidos y vastos territorios, un viaje del desierto californiano del título del disco al barrio neoyorquino de Harlem, pasando por LA, Las Vegas y Nueva Orleans. 30 años después de su aparición, esta road movie sónica se montó en escena, con un show a la altura de las circunstancias y la Ciudad de México fue incluida en la hoja de ruta.

El fatídico martes 19 de septiembre, dos semanas antes de la cita pactada, el país experimentó un sismo de proporciones terroríficas. Pero no sólo tembló la tierra; muy poco después se movieron conciencias, manos, sentido de unidad, memorias y fuerzas que hasta entonces parecían adormecidas. Sin embargo, así como la solidaridad inundó calles y se abalanzó en escenarios de tragedia manifestándose en pueblos y ciudades, el luto también extendió su capa, nos cubrió en diferentes escalas de grises, en un spleen melancólico, invisible y lleno de miedo por temidas réplicas que, aunque nunca llegaron, causaron estragos en los sueños de millones de mexicanos.

Con las heridas frescas y aún expuestas, la visita de U2 fue providencial. No para olvidar ni distraerse, sino para celebrar la identidad de una sociedad compleja y reconocer su fortaleza, impulsada por los estragos de un fenómeno natural inevitable que reveló profundas grietas en el sistema político, en los mass media tradicionales, en las autoridades de gobiernos estatales y locales que palidecieron y se quedaron cortos ante la organización colectiva.  Así, la cita con el cuarteto irlandés tuvo un significado muy especial, pues fue como un abrazo cálido, un aliento a través de la música, una invitación para no rendirse y seguir adelante, corriendo.

Las proporciones técnicas de la gira son sorprendentes. En particular la enorme pantalla horizontal en la que Adam Clayton, The Edge, Larry Mullen Jr. y Bono son proyectados y donde, en resolución 8K, las canciones de The Joshua Tree son reinventadas, en paisajes, montañas, carreteras, la luna llena, colores y poemas, que se quedan grabados a fuego en la pupila.

Con todo y el despliegue tecnológico, el comienzo del concierto muestra que la música es la mayor virtud de U2, como fue y siempre ha sido. Un prólogo en cuatro tiempos, con la pantalla en standby, eriza los vellos de los brazos, y pone a vibrar las cuerdas vocales con Sunday bloody Sunday, New year’s day, Bad y Pride, todas anteriores al protagonista de la noche, sendos himnos de los primeros años interpretados muy cerca de la gente, en un escenario que extendió sus brazos entre la multitud.

Sin pausas y casi sin tomar aliento, el Lado A de The Joshua Tree comienza a girar en directo. No cabe duda que este side es el más intenso, pues contiene al menos cuatro canciones habituales en el repertorio clásico de U2. Así, las cerca de 60 mil personas reunidas en el Foro Sol permanecen de pie con Where the streets have no name, I still haven’t found what I’m looking for, With or without you y una pesada versión de Bullet the blue sky, una historia inspirada en la política intervencionista estadounidense atestiguada por Bono y su esposa Ali, en una visita a Nicaragua y El Salvador. Con Running to stand still completan la primera cara, una pequeña joya del tesoro que adorna esta noche de fábula.

Durante la interpretación del Lado B en el área de gradas sólo los más fieles creyentes del credo de U2 no se sientan ni dan tregua. El promedio de edad del público oscila entre los 35/45 años y en realidad hay muy pocos millennials, pues a ellos les tocaron (pobres) los álbumes menos ambiciosos de los dublineses.

Este momento del concierto es inédito en la relación de U2 con México, pues se escucha por primera vez un puñado de canciones que no habían incluido ni en Zoo TV, Pop, Vertigo ni en 360, las giras que anteriormente habían presentado en el DF. Hay mucha intensidad en estas seis piezas del Lado B, tal vez porque la banda se siente cómoda al tocarlas; The God’s country, por ejemplo, suena nueva, sin fecha de caducidad, como si no pesaran sobre su esqueleto folk tres décadas de vida. Lo mismo pasa con la tétrica Exit, con Mothers of the disappeared, con Red hill mining town, todas ellas piezas del mismo rompecabezas, reimaginado por la mente creativa del holandés Anton Corbijn, el cerebro visual de U2 que dio vida a las pequeñas historias en video que acompañan este show.

Cuando The Joshua Tree concluye aún hay tiempo para otro recorrido, un breve paseo por el U2 de los noventas y el puente que construyeron para seguir respirando en el siglo XXI. En este capítulo suena Beautiful day, Elevation y Vertigo, una trilogía de canciones optimistas, puro rocanrol que conecta directo a las neuronas, con momentos de franco lucimiento para The Edge y Larry Mullen Jr., quien se da vuelo aporreando la tarola y haciendo vibrar frenéticamente los platillos de su drumkit.

Poco antes del final de este prólogo energético apuestan por Ultraviolet, un homenaje a la mujer, desfile de rostros donde destacan en especial las figuras de Frida Kahlo, María Félix y, oh sorpresa, Carmen Aristegui, mezcladas entre las miradas de Michelle Obama, Angela Merkel, Michelle Bachelet y hasta Salma Hayek, en un recorrido muy celebrado/cuestionado por la audiencia, eso sí con una canción estupenda, el track 10 del aclamado Achtung baby.

De esa segunda gran obra maestra de U2 (que, en 2021, cuando cumpla 30 años, merecerá su propia gira de homenaje) la banda incluyó One, con el mensaje más profundo para México, que concluyó con una bandera enorme, deslumbrante, impresionante tricolor en la pantalla, mientras Bono daba su muy personal discurso de unidad, digno del Nobel de la Paz al que, como Murakami en Literatura, ha sido candidateado habitualmente, sin ganarlo… todavía.

Después de dos horas de un performance inolvidable llega la despedida con Spanish eyes, una canción para fans, que sólo conocedores como los hermanos Valdovinos López podrían identificar al escuchar los primeros acordes. Y aunque el encore no es para nada complaciente, U2 lo ha logrado de nuevo, esta vez en el momento exacto, superándose a sí mismos, con intensidad, con fuerza y virtuosismo, en pie de lucha, dando lo mejor de sí, no sólo ejecutando un simple concierto de rock y facturando a su cuenta, sino fundiéndose con México en un abrazo fraternal y solidario cuando más lo necesitábamos.

Fotos: Víctor Serrano Lira, Agencias

Video: Víctor Serrano Lira

 

 

Björk: paisajes emocionales en el Auditorio

La cantante islandesa conquista la Ciudad de México en un concierto único e irrepetible; un recorrido íntimo, onírico y ultra sentimental.

Víctor Serrano Lira

El recital que Björk (Reikiavik, Islandia, 1965) ofreció en el Auditorio Nacional, la noche del miércoles 29 de marzo, quedará grabado a fuego entre los recuerdos de las 10 mil personas que llenaron el inmueble de Paseo de la Reforma 50. A diferencia de todos los conciertos, esta vez no hubo luces de pantallas artificiales, ni fotos ni videos. Tampoco tuits o mensajes de WhatsApp dando cuenta del concierto. Sólo ella podía lograrlo: la cantante pidió intimidad y atención a su arte y ambas prerrogativas le fueron concedidas.

Una vez asegurada la oscuridad, sin distractores, la orquesta mexicana liderada por Odilón Chávez, y una treintena de músicos, ocupó su lugar, con las cuerdas de violas, violines y violonchelos tensas y afinadas, a punto para ser dirigida por el islandés Bjarni Frímann Bjarnasson, un prodigio de la escena musical del país nórdico.

Dispuesto el escenario, sin proyecciones especiales ni juegos de iluminación, a las 20:43 Björk Gudmunsdottir saltó a escena, por tercera vez en México y por primera vez en la megaurbe. La ovación es ensordecedora; el rugido es más adecuado para un concierto de rock, mas esta noche el rock no está invitado.

Ligera, casi flotando, con su 1.63 de estatura la cantante llena el escenario. Luce sin complejos un vestido imposible, blanco como nieve, y un gran escote en la espalda. Cubre su rostro con una máscara que hace recordar una cobra real, mística y misteriosa. Ataviada como está, bien podría ser un habitante de King’s Landing, del planeta Tattoine o del Reino de Fantasía. Pero no, no es un personaje ficticio de Ende, sino una de las figuras más transgresoras y revolucionarias que sobreviven activas y creativas entre dos siglos.

A corazón abierto

La columna vertebral del concierto está construida sobre ‘Vulnicura’, su noveno disco de estudio y el motor de esta nueva aventura. En el mismo orden que el álbum, Björk disecciona cada canción. Abre con ‘Stonemilker’ y engarza una trilogía con ‘Lionsong’ y ‘History of touches’, tres lamentos que precedieron su ruptura con Matthew Barney, el padre de su hija Isadora, y pareja sentimental durante la última década y media.

Sin discursos, y sólo susurrando un efímero “gracias” entre cada pausa, Björk continúa su exposición emocional con una segunda trilogía, dedicada también a Barney y a su familia, escrita después de su dolorosa separación. Los 10 minutos de ‘Black lake’ son soportados sin tregua por la orquesta y también por el público; es un momento denso, que se espesa más con ‘Family’ y ‘Notget’, esta última, con letras devastadoras y frases dignas de una carta suicida: “No remuevas mi dolor / Sin amor siento el abismo”. Así de profundo.

A las 21:30, la cantante sale por un costado del escenario, seguida por su virtuoso séquito mexicano. Es momento del intermedio, una pausa que se prolonga por media hora, tiempo necesario para tratar de digerir esa inconfesable desazón por no haber escuchado, todavía, algún clásico de la discografía björkiana.

A las 22 vuelve la oscuridad y el silencio antes de la tormenta, sólo roto por los insensatos gritos de algún fan desaforado. Con un nuevo cambio de vestuario y de máscara, aún más difíciles de describir. Björk retoma la trama de su cuento de hadas con ‘Aurora’, del Vespertine. Diestra, la artista toma el micrófono con la mano derecha, y con la izquierda no deja de comunicarse, dibujando figuras en el aire, reforzando las metáforas creadas con esa voz que, aún muchos años después de escucharla sin falla en cada disco, cuesta trabajo creer que sea real, y más cuando vibra en directo, desde sus poderosas cuerdas vocales.

La primera ovación unánime llega con ‘I’ve seen it all’, la pieza creada junto a Thom Yorke, del soundtrack de Dancer in the dark. Disipada la densidad, el único gran clásico radiable de la noche, ‘Jóga’, ilumina de golpe 10 mil corazones. Las cuerdas resuenan igual o mejor que en la versión del ‘Homogenic’, pero le falta el trip hop machacante, un detalle insignificante, si consideramos que esta vez hay más fondo que forma.

Anclados en Plutón

Después de una delicada versión de ‘Bachelorette’, también muy celebrada, Björk dedica una parte del epilogo a dos piezas más del Vulnicura, ‘Quicksand’ y ‘Mouth mantra’. En total, ocho de las nueve canciones de su obra más íntima habrán sonado durante la noche. Tras mantenerse firme y nada complaciente, la islandesa se despide con la hermosa e inconmensurable ‘The anchor song’ (la única composición que rescata del Debut) y ‘Pluto’, como punto final, un adiós que sorprende por la ejecución de los violonchelos, al reconstruir los sonidos frenéticos y sincopados del track original.

Al desalojar el Auditorio, no es felicidad precisamente lo que flota en el aire. Se respira más una atmosfera de incredulidad, como los segundos que transcurren inmediatamente después de despertar de uno de esos sueños especiales, de los que dejan mella. Sí, quizás de eso se trata: que esta noche soñamos con Björk.

Foto: FB Björk