Calaveritas 2017

Una calaca mestiza
y un poquito despistada
pues con el Trump simpatiza
¡Ah, parca tan safada!

Llevó al panteón al tal Peña
lo cazó cual vil conejo
no quedó de él ni seña
“me lo llevo por EPNejo”

Echó al saco a candidatos
que se rompió, pues son tantos
y aunque se den mucho taco
hoy son esqueletos flacos.

Iba paseando la muerte
tranquila por la garita
cuando se llevó a otra alma
la Zavala, Margarita.

“A tu marido lo dejo
al más allá no lo mando
pus el vil animalejo
se acaba el alcohol que guardo”.

No dejó la muerte amiga
políticos en estas tierras
lleno ella su barriga
pues le hicimos una fiesta.

“Ah, que chidos mexicanos
por las gracias tan cuantiosas
aunque podían ellos solos
mandarlos a sus tristes fosas”.

Hoy el país es más bello
sin sátrapas en el poder
la muerte logró to’ aquello
nadie nos volverá a joder.

Ya casi pa’ despedirse
al Trump le dio cruel fin
pues entendió que su muro
no era El Muro Magazine.

“Ya me marcho, mis cuatachos,
ahí les dejo su linda patria
por favor, no sean tan gachos
ni vuelvan a meter la pata”.

Es esta mi despedida
ya se fue la calaquita
me voy yo para mi tumba
¡les dejo esta calaverita!

Pablo “Mácrom” Saldaña
@ArbolHueco

 

A los que están

A los amorosos del 19S,
de todos los años, de siempre…

Ahí están
con las manos llenas de tierra
callos, llagas y esperanzas
tienen las piernas cansadas
los pies de tamal
la voz rasposa por el polvo…

Cantan
el Himno Nacional, el Cielito Lindo
a Serrat, K-POP, a Belinda
y saben guardar silencio
-el más amoroso silencio
que con el puño en alto espera
una voz, un golpecito, un aliento-
se toman de las manos
para dar las gracias
extender auxilios y templanza
alimento, paz y ropa
amor y medicamentos
amor y juegos
amor, amor, amor y fe.

Y miran entre los resquicios
hacia el cielo
hacia la nada
con los ojos cristalinos
llenos de bondad, de alegría
llenos de tristeza
desazón y ansiedad
ojos tan bellos
como el sol de la mañana.

Van por la ciudad
con dolor en la espalda
el cuello torcido
las alas ajadas
el estómago vacío
pero van volando
con el corazón ardiente
encendido cada vez más
latido a latido
cual supernova.

Van por la ciudad
con el ardor colmándoles la piel
la saliva ennegrecida
los brazos tatuados
con quebrantos
con sus datos
nombres
teléfonos
direcciones
contactos
que son un pueblo
un solo pueblo.

Y salen al campo,
caseríos, rancherías
comunidades lejanas
“lejanas”
tan cercanas como sus mejillas
que se enrojecen con un “gracias”
con una comida austera
ofrecida por aquel que es el otro
pero son a la vez ellos mismos
con cuerpo de otro
pero el alma conjugada
en un solo ser.

Ahí están
Vienen, van
Caminan, remueven
Luchan, conmueven
Con la frente llena de esperanza
de hallar vida
de perpetuar la humanidad.

Ahí están.

Y no puedo más
que decir: gracias.

@ArbolHueco
Pablo “Mácrom” Saldaña

U2, un árbol con raíces mexicanas

Dos semanas después del 19S, U2 volvió a México, extendiendo los brazos de The Joshua Tree en un abrazo fraterno tras la tragedia. 

Víctor Serrano Lira.

“But yes, I’m still running!”. El fragmento, de I still haven’t found what I’m looking for, es mucho más que una línea de una canción emblemática. Para México, en especial para el corazón del país y sus arterias, es una declaración de batalla, de levantarse ante la desgracia: sí, fuimos golpeados, pero seguimos aquí, latiendo, corriendo, tratando de amanecer una mañana más con vida, en días oscuros que también pasarán.

Para una banda como U2, después de más de 40 años en la carretera, se trata de un recordatorio, de mostrar en el escenario, en acción sobre la tarima, que siguen siendo el grupo de rock más grande del planeta hoy en día y, muy probablemente, desde el siglo pasado. Para lograrlo, se reinventan a través de su álbum más emblemático, The Joshua Tree, que los mantiene activos en una gira que conecta al menos tres generaciones de sus fieles más fervorosos.

La fórmula de celebrar el aniversario de una placa legendaria sacándola de gira por el mundo no es novedosa, pero quizá nunca se había hecho con una obra de arte del calibre de The Joshua Tree. Lanzado en 1987, se trata del álbum que cierra una era para U2, una colección épica de canciones inspiradas en la profundidad de los Estados Unidos de América, sus sonidos y vastos territorios, un viaje del desierto californiano del título del disco al barrio neoyorquino de Harlem, pasando por LA, Las Vegas y Nueva Orleans. 30 años después de su aparición, esta road movie sónica se montó en escena, con un show a la altura de las circunstancias y la Ciudad de México fue incluida en la hoja de ruta.

El fatídico martes 19 de septiembre, dos semanas antes de la cita pactada, el país experimentó un sismo de proporciones terroríficas. Pero no sólo tembló la tierra; muy poco después se movieron conciencias, manos, sentido de unidad, memorias y fuerzas que hasta entonces parecían adormecidas. Sin embargo, así como la solidaridad inundó calles y se abalanzó en escenarios de tragedia manifestándose en pueblos y ciudades, el luto también extendió su capa, nos cubrió en diferentes escalas de grises, en un spleen melancólico, invisible y lleno de miedo por temidas réplicas que, aunque nunca llegaron, causaron estragos en los sueños de millones de mexicanos.

Con las heridas frescas y aún expuestas, la visita de U2 fue providencial. No para olvidar ni distraerse, sino para celebrar la identidad de una sociedad compleja y reconocer su fortaleza, impulsada por los estragos de un fenómeno natural inevitable que reveló profundas grietas en el sistema político, en los mass media tradicionales, en las autoridades de gobiernos estatales y locales que palidecieron y se quedaron cortos ante la organización colectiva.  Así, la cita con el cuarteto irlandés tuvo un significado muy especial, pues fue como un abrazo cálido, un aliento a través de la música, una invitación para no rendirse y seguir adelante, corriendo.

Las proporciones técnicas de la gira son sorprendentes. En particular la enorme pantalla horizontal en la que Adam Clayton, The Edge, Larry Mullen Jr. y Bono son proyectados y donde, en resolución 8K, las canciones de The Joshua Tree son reinventadas, en paisajes, montañas, carreteras, la luna llena, colores y poemas, que se quedan grabados a fuego en la pupila.

Con todo y el despliegue tecnológico, el comienzo del concierto muestra que la música es la mayor virtud de U2, como fue y siempre ha sido. Un prólogo en cuatro tiempos, con la pantalla en standby, eriza los vellos de los brazos, y pone a vibrar las cuerdas vocales con Sunday bloody Sunday, New year’s day, Bad y Pride, todas anteriores al protagonista de la noche, sendos himnos de los primeros años interpretados muy cerca de la gente, en un escenario que extendió sus brazos entre la multitud.

Sin pausas y casi sin tomar aliento, el Lado A de The Joshua Tree comienza a girar en directo. No cabe duda que este side es el más intenso, pues contiene al menos cuatro canciones habituales en el repertorio clásico de U2. Así, las cerca de 60 mil personas reunidas en el Foro Sol permanecen de pie con Where the streets have no name, I still haven’t found what I’m looking for, With or without you y una pesada versión de Bullet the blue sky, una historia inspirada en la política intervencionista estadounidense atestiguada por Bono y su esposa Ali, en una visita a Nicaragua y El Salvador. Con Running to stand still completan la primera cara, una pequeña joya del tesoro que adorna esta noche de fábula.

Durante la interpretación del Lado B en el área de gradas sólo los más fieles creyentes del credo de U2 no se sientan ni dan tregua. El promedio de edad del público oscila entre los 35/45 años y en realidad hay muy pocos millennials, pues a ellos les tocaron (pobres) los álbumes menos ambiciosos de los dublineses.

Este momento del concierto es inédito en la relación de U2 con México, pues se escucha por primera vez un puñado de canciones que no habían incluido ni en Zoo TV, Pop, Vertigo ni en 360, las giras que anteriormente habían presentado en el DF. Hay mucha intensidad en estas seis piezas del Lado B, tal vez porque la banda se siente cómoda al tocarlas; The God’s country, por ejemplo, suena nueva, sin fecha de caducidad, como si no pesaran sobre su esqueleto folk tres décadas de vida. Lo mismo pasa con la tétrica Exit, con Mothers of the disappeared, con Red hill mining town, todas ellas piezas del mismo rompecabezas, reimaginado por la mente creativa del holandés Anton Corbijn, el cerebro visual de U2 que dio vida a las pequeñas historias en video que acompañan este show.

Cuando The Joshua Tree concluye aún hay tiempo para otro recorrido, un breve paseo por el U2 de los noventas y el puente que construyeron para seguir respirando en el siglo XXI. En este capítulo suena Beautiful day, Elevation y Vertigo, una trilogía de canciones optimistas, puro rocanrol que conecta directo a las neuronas, con momentos de franco lucimiento para The Edge y Larry Mullen Jr., quien se da vuelo aporreando la tarola y haciendo vibrar frenéticamente los platillos de su drumkit.

Poco antes del final de este prólogo energético apuestan por Ultraviolet, un homenaje a la mujer, desfile de rostros donde destacan en especial las figuras de Frida Kahlo, María Félix y, oh sorpresa, Carmen Aristegui, mezcladas entre las miradas de Michelle Obama, Angela Merkel, Michelle Bachelet y hasta Salma Hayek, en un recorrido muy celebrado/cuestionado por la audiencia, eso sí con una canción estupenda, el track 10 del aclamado Achtung baby.

De esa segunda gran obra maestra de U2 (que, en 2021, cuando cumpla 30 años, merecerá su propia gira de homenaje) la banda incluyó One, con el mensaje más profundo para México, que concluyó con una bandera enorme, deslumbrante, impresionante tricolor en la pantalla, mientras Bono daba su muy personal discurso de unidad, digno del Nobel de la Paz al que, como Murakami en Literatura, ha sido candidateado habitualmente, sin ganarlo… todavía.

Después de dos horas de un performance inolvidable llega la despedida con Spanish eyes, una canción para fans, que sólo conocedores como los hermanos Valdovinos López podrían identificar al escuchar los primeros acordes. Y aunque el encore no es para nada complaciente, U2 lo ha logrado de nuevo, esta vez en el momento exacto, superándose a sí mismos, con intensidad, con fuerza y virtuosismo, en pie de lucha, dando lo mejor de sí, no sólo ejecutando un simple concierto de rock y facturando a su cuenta, sino fundiéndose con México en un abrazo fraternal y solidario cuando más lo necesitábamos.

Fotos: Víctor Serrano Lira, Agencias

Video: Víctor Serrano Lira

 

 

Las cinco bandas de Greco

Greco Hernández Ramírez, en El espejo humeante, propone cinco caminos en espiral a partir de un punto común: la creatividad, definida como “inteligencia, talento, prodigiosidad, audacia, genio, trabajo y pasión” unidos con la finalidad máxima de agregar algo novedoso a la cultura.

El primer camino es evolutivo. Va desde un antepasado antropoide incierto hasta el empoderamiento del homo sapiens. Habla de desarrollo craneal y encefálico; del surgimiento de las inteligencias social y técnica; de la creación de herramientas y el lenguaje, y de la apropiación de la humanidad de su propio destino en sociedad.

Genes, arte, signos, identidades, poder creativo, sociedades, poblaciones adaptables y transformadoras se entremezclan en un viaje a ritmo de Dancing Queen, de Abba.

La otra vereda es más íntima e introspectiva. Aborda la parte más esencial de lo que constituye, torcedura tras torcedura de una hélice, la conformación de un ser.

Tras su lectura, acompañada de pan y una cerveza, se comprende porqué la secuencia del genoma humano abre la puerta a una medicina personalizada que permitirá llevar en el celular la respuesta a todos los males de salud.

La “cosmogonía humana” es el tercer sendero, trazado por la mano de la mítica Lucy. El relato avanza entre espinas y socavones donde pareciera que las evidencias se ajustan a teorías ya establecidas, a veces con calzador.

Y como respuesta a la incertidumbre, llega la paleogenómica. Este ensayo, de los cinco que conforman el libro, es el más denso en cuanto a historia de la humanidad, y descubre que somos más neandertales de lo que pensamos.

La ruta que da título al compendio  inicia con un retrato del dios Tezcatlipoca como símil de la raza humana: caos, dualidad, imagen difuminada e inestable.

Esa visión de sí misma ha generado un deseo de control mediante la clonación de personas, para diseñar una nueva humanidad. Recrear la especie… eliminar la bruma.

Pero, apunta el autor, antes se deben enfrentar complicaciones éticas sin precedentes, y entender que la humanidad no solo es un cúmulo de genes; sino tiempo, espacio, cultura, pasiones. Cualquier otra visión, deshumaniza a la humanidad.

Es aquí donde se centra el debate nodal de las 108 páginas que integran la obra del biólogo molecular con dotes de filósofo e inclinación a la divulgación de la ciencia.

La última senda es una analogía entre Dorian Grey y la humanidad con sus deseos de juventud y vida eterna. Quien escribe ofrece un prontuario de seis pasos para alargar la vida, con base en su especialidad: moléculas, mientras se da espacio para el sarcasmo y la ironía.

Y cuando pareciera que cierra la obra con la muerte, usa el suspense para que el lector casi exija la secuela… mientras llega la Generación Matusalén.

Al final, el lector nota que leyó un tratado profundo de biología; escrito en palabras sencillas, estilo ágil y ameno. Una lectura que unifica pasado y futuro en un mismo punto.

Entonces los cinco caminos se develan como majestuosas bandas de Moebius.

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Hernández Ramírez, Greco [2016]. El espejo humeante. Ensayos sobre la creatividad.  México, Siglo XXI Editores, 108 páginas.

Digresiones frente al mar

I

Tu voz es recuerdo y futuro
empieza cual susurro
y sube
cual estruendosa voz de dios.
Al oírla, sonrío
desde mis entrañas
que bien saben, estoy
en una exquisita mezcla
de magia, espacio y tiempo.
Soy de ti.
Agua y sal, de ti.
Me mezo en tus ondas sonoras
y tirito al sentir la espuma
que tu voz deja, al decir mi nombre
al inmortalizar mi nombre
una y otra vez
esta noche.

II

Los colores explotan
son las seis de la mañana
y el naranja con carmesí
colman el horizonte.
Nada se compara con la vista
del amanecer a las orillas
de las límpidas nubes rebotando la vida
mostrando la verdad
desnudando el alma.
Los primeros rayos clarean ya
con el amarillo y el azul edén
renace el tiempo
desde el vientre, hasta la garganta
activando el lagrimal.

III

Tu piel me roza
cada vez con mayor abarcamiento
piel tersa, diáfana, núbil
por la que no pasa el tiempo
ni abismos ni tormentas.
Tu piel es azul turquesa
blanca en sus puntas de suavidad
con sabor a sueños y esperanza.

IV

Beso tus labios que son los míos
los del mundo, los de todos,
labios de sal, transparentes
tu erotizante roce me transforma
y cual canto de sirena
acudo a ti
a tus labios
a tu piel de brisa
y te entrego un beso.
Me he transformado.

V

La muerte se desvanece frente a ti.
Y todas las dudas.
No hay maldad que resista el oleaje
del mar en Punta Maldonado
de la piel oscura de su gente
de los sabores y calidez afromexicanos
del sueño hecho posible.

Nada importa ya del pasado enmohecido.
Hoy por ti, pacífico dios,
he renacido.

Pablo “Mácrom” Saldaña
@ArbolHueco

Si tuviera otra boca

Marie Divine

Mi primera lengua es una peregrina de lo conocido y de lo terrenal. La segunda desea conquistar lo inexplorado, lo oculto de lo infernal y profano. En conjunto, podrían llegar a pieles vírgenes que son tan pálidas como el pecho de un armiño, pensar en esas pieles me inunda, derrumba la lógica en mi ser y, me hace cuestionar ¿cuál sería la ubicación de esa segunda boca?, ¿detrás de mi cuello? para que ella recite lo que no puedo decirte de frente, lo que mi otro yo piensa, pero reprimo.

Crear una doble sinfonía de gemidos nunca había sido tan perfecto hasta hoy, ni mil arcángeles podrían igualarlo. Sí, detrás de mí cuello es el lugar ideal, pero ¿qué hay de la espalda?, ¿los pies?, ¿la palma de las manos? o es que soy una obsesiva por tener más bocas de las que necesito.

Sé lo que piensas, criatura mía, lo que más deseo es abarcarte por completo, rendirte pleitesía. Besarte con unos labios, morder con los segundos y emanar agua de los terceros.

Quiero que descubras nuevos fetiches, nuevas fijaciones, nuevos tormentos, que te pierdas en esta inmensidad de posibilidades que te ofrezco, que se atoren tus dedos en esta segunda boca que te ansía en silencio.

Necesito que tu aliento se pierda en el mío, en el frenesí de este vaivén de cuerpos que ya no son ajenos ni extraños para nuestros ojos. Deja que mi primera boca te encuentre en silencio, navegues por mi garganta, llenarte de agua para encontrarnos en el paraíso y bajar a la Tierra en un instante, como los desterrados hijos de Eva.

En esta habitación oscura, suspiramos, gemimos y suspiramos. Estamos en la antesala del paraíso, sumergidos en nuestras propias aguas nos convertimos en ríos que buscan su cauce. El agua que emanan nuestros cuerpos está repleta de historia, de vida, de silencios y lujuria, por fin expulsada de ese templo tan venerado.

Esa segunda boca desea que me hinque ante ti, ante el cuerpo que yace envuelto en seda y sudor. Este par de bocas me susurran al unísono que desean estar adentro, hasta lo más profundo de tus entrañas, donde todo es atemporal, donde no hay un dios, ni un diablo, porque ellos somos nosotros.

Erotismo, hogar, patria y belleza, son temas de las letras del buen Peza

Un 29 de junio, mientras el santoral católico celebraba a San Pedro y San Pablo apóstoles, en 1852 nació Juan de Dios Peza, un hombre que tuvo el tino de entrar a estudiar a la Escuela de Medicina, solo para conocer a Manuel Acuña, a quien seguramente le debemos que México haya perdido un gran galeno, pero ganado a un poeta, escritor y periodista.

Tanto influyó Acuña en él, que tras la ingesta de cianuro de potasio con la cual el autor de  “Ante un Cadáver” y “Nocturno” terminara con su vida, Juan de Dios Peza escribió: “No, no has muerto: la vida no es el tránsito doloroso por la tierra; la vida no es sólo la que reviste una sola forma: la vida es la nota que completa las armonías del Universo, y esa nota jamás deja de vibrar porque es infinita…”.

Relata Irma Contreras García, en su libro En torno a Juan de Dios Peza, que el poeta poseía  “el don de versificar y desde niño improvisaba con naturalidad versos sencillos que recitaba ante sus compañeros; lo que le valió repetidos aplausos. Su primer poema fue motivado por el destrozo de los nidos de golondrinas, causado por los albañiles que estaban restaurando el templo de la Encarnación”.

Compuso versos al amor, a la pasión, al deseo impío. Sirvan estas líneas de “En cada corazón arde una llama” para valorar la altura del poeta:

Deja que te contemple y que te adore,
y que escuche tu voz y que te admire,
aunque al decirte adiós, con risas llore,
y al volvernos a ver llore y suspire.
[…]

Enternézcame siempre tu belleza
aunque no me des nunca tus amores,
y no adornes con flores tu cabeza
pues me encelan los besos de las flores.
[…]

Es cielo azul el que mi amor desea,
la flor que más me encanta es siempre hermosa,
que en tu talle gentil yo siempre vea
tu veste tropical de azul y rosa.

Otro de los grandes escritores que se cruzaron en el camino de Peza fue Ignacio Manuel Altamirano, que le profirió unas palabras lapidarias, tras una reunión entre intelectuales: “Ahora sí hijo mío, a estudiar mucho y a escribir sin miedo, ha renacido la literatura nacional y hay que cantar a la patria libre y unida”. Y escribió a la patria, como podemos verlo en este fragmento de “11 de abril” que bien podría describir lo que hoy vivimos:

Ya la patria no quiere más dolores.
Cansada está su frente de pesares,
llenos de sangre corren nuestros mares,
llenas de llanto se hallan nuestras flores.

También conoce a  los españoles Gaspar Núñez de Arce y Ramón de Campoamor y Campoosorio. Sin embargo, lo que realmente marcó su vida y su obra no fue la educación, su trabajo como diplomático cultural o ser diputado. El poeta que iniciara con eróticas letras su carrera sufriría un giro de 180 grados.

Después nos  encontramos,  y  al  mirarte
Sentí  mi  corazón
Que  latía  en  otro mundo  y  que  a  mi  frente
La  bañaba  otro  sol.
Y  me  acerqué  a  poner  sobre  tus  labios
Un  beso  de  pasión,
Un  beso  cuyo fuego  a  nuestras  almas
Para  siempre  enlazó;
Vimos  que  nuestras  vidas  eran  una,
Que  uno  éramos  los  dos,
Y  fuimos hasta  el  libro  que a  tus  ojos
La  aurora  iluminó,
Y  en  una  misma  página,  en  aquella
Donde  leíste  «hoy»
Sintiendo  nuestro  amor  inextinguible
Escribimos  «tú  y   yo».

El divorcio de Concepción Echegaray terminaría con las palabras de amor, conquista y seducción, incluso con las loas patrióticas; empezarían los versos por el hogar, la paternidad y los hijos. El historiador Alejandro Rosas retoma las palabras de Isabel Quiñónez sobre este hecho: “al abandonarlos ella, cambia una de las temáticas de Peza, el erotismo cede la escena al interior de la casa donde los protagonistas son el padre, el abuelo, los hijos”. Lo anterior se puede apreciar en los versos de “Mi talismán”, dedicado a su hija María:

Nada me importa que a ninguno cuadre
ver cuánto estimo deleznables huesos:
Son de una boca que al decirme padre
cura mis penas con sus castos besos.

Son de una boca diminuta y bella
más que las rosas fresca y encendida,
basta la miel que se desborda en ella
para endulzar las horas de mi vida.

Y  se volvió a casar. Con Ángela Flores a quien le dedicó sus últimas líneas de romance, un poema casi desconocido del cual reproducimos unos versos:

Cantar a una mujer joven y bella
Que con dulces hechizos se engalana
Le toca al ruiseñor que ve a la estrella
Con que rompe su broche la mañana.

Una mujer así de encantos llena
Que pasa como un ángel sobre el suelo
Es sólo comparable a la azucena
Que retrata en sus pétalos el cielo.

Tienes ojos azules… ¿qué diría
Alfredo de Musset, si los mirara?
Tus ojos son los que cantó en Lucía
Sus mismos labios y su misma cara.

Eres blanca, gentil, esbelta, airosa,
Griega en tus formas de blancura llenas
Pareces una esbelta mariposa
Que engendra los mirtos en Atenas.

¿Qué te puedo decir? Formas mi anhelo
Que nunca estés con el pesar en guerra
Tú tienes que ser sol para tu cielo
Y serás siempre flor sobre la tierra.

Dulce, correcta y apacible tienes
La faz, el alma, el genio y la belleza,
Por las sutiles venas de tus sienes
Corre la sangre azul de la pureza.

Con eso nos despedimos por hoy, recordando y homenajeando al poeta que nos enseñó que se puede reír y llorar, y que a eso venimos a este mundo: “El carnaval del mundo engaña tanto;/ que las vidas son breves mascaradas;/ aquí aprendemos a reír con llanto/ y también a llorar con carcajadas”.

 

Pablo “Mácrom” Saldaña
@ArbolHueco

Nadie se muere para siempre…

A las 23:24 horas del martes 20 de junio de 2017, entró el verano. Jeanine llegó de mañana a un pequeño pueblo cerca de la Costa Chica de Guerrero, de esos que en los mapas no aparecen, para celebrar el cumpleaños de su abuela, una anciana de 100 años a la que algunos habitantes concebían como la bruja del pueblo.

Lo primero que halló al entrar a su casa, fue a su tío Martín tocando un viejo teconte. Los “mugidos” del instrumento acompañaban los picarescos versos de Jorge Añorve: “En el zócalo de Cuaji/ hay un palito de otate/ donde siempre se reúnen/ los putos y los mayates…”, ya que Martín era originario de Cuajinicuilapa, “La Perla Negra Del Pacífico”.

—Ay, tío, hace mucho que no escuchaba una chilena

—Pues tú tienes la culpa, pa’ qué naces chilanga, mija.

En verdad tenía mucho tiempo de no ir a su pueblo, la última vez para la fiesta de 80 años de la señora Julia. Ya le andaba por irse a recoger chicatanas, por tomar chilate y comer mole de cuche. Su familia paterna no era originaria de ahí, sino de Puebla, pero con tantos años, disfrutaban la gastronomía del lugar como propia.

La celebración sería truncada por una mala nueva: la festejada, que tenía días buenos y días malos, cayó en cama tras ver a su nieta y a las pocas horas falleció. La celebración del centenario se truncó en funeral. O al menos eso pensó Jean, que no pudo evitar soltar las lágrimas.

Al caer la noche, el cuerpo de su abuela fue envuelto en un petate y llevado por un grupo de vecinos fuera del pueblo. Los acompañaba la banda de música que tocaba a todo sonar el Son de los Diablos.

Ya cercana la media noche, la casa en silencio y todos disponiéndose a dormir, Jeanine escuchó una voz que la llamaba… era la de su abuela. Se levantó de su catre y salió a la salita, donde Martín limpiaba el instrumento.

—¿Escuchó esa voz, tío?

—Sí, mija… le hablan.

—Pero ¿quién?

—¿Pos quién ha de ser, chilanga atarantada? ¡Su abuela!

—¿Qué…?

—Mire, mija, usté salga al patio y vea que quiere, total, al cabo y solo a de ser para darle la última bendición.

—Oiga, no… vaya conmigo.

—Así no funciona, mija: le toca.

Armada de valor, no sin antes echarse un traguito de aguardiente que le ofreció el pariente, se animó a salir de la casa. Ahí, parada unos pasos antes de la milpa, su abuela la esperaba. Estaba erguida, desnuda, la mano derecha le temblaba un poco y sonreía.

—Jeanine, ven, chaparra… ora resulta que le tienes miedo a tu abuela…

Se acercó tiritando. Le dijo que no entendía, que ella misma ayudó a ponerla en la mortaja y vio como se la habían llevado. Tartamudeaba un poco. Alegó que no entendía por qué estaba ahí, de pie, sin ropa y hablándole.

—¿No está usted muerta, tata?

“Pos sí. Sí me morí, hija, pero no del todo. Uno no se muere pa’ siempre, así nomás de sanseacabó y ya. Y en estas tierras… menos. Usté por que qué va a andar sabiendo de estas cosas, si nunca se ha muerto; pero acá entre el pueblo”

Jeanine abrazó a la viejita y no la dejó terminar. Le preguntó si quería algo de ropa y la ancianita le contestó que sí, que quería su viejo vestido de flores grandotas y moradas. Ella corrió al interior de la casa y ya toda la familia la esperaba. Parecía como si estuvieran listos para salir, y así lo hicieron tras ella. Unas primas le ayudaron a vestir a la abuela.

—Ora, mija, véngase.

La anciana encabezaba la procesión familiar, que pronto descubrió que no era la única. Todas las familias del pueblo salían de sus casas, cargando canastas de comida y velas. Se encaminaron a las afueras del pueblo y caminaron por algunos minutos hasta llegar a una desviación de terracería que culminaba en una gran caverna. Era el “panteón” del pueblo.

Al entrar, la joven lingüista llegada de la capital del país se topó con una escena que la dejó muda: cientos de cadáveres con diferentes grados de descomposición estaban de pie, platicando y conviviendo con sus familias. Retrocedió, buscando la salida, cuando la detuvo otro de sus tíos: Rogaciano, muerto hace ya diez años y cuyo cuerpo evidenciaba ese tiempo entre hongos y gusanos.

Para calmar su horror, el tío habló:

—Mira, chamaca, ya tienes casi 40 años y es tiempo que sepas qué pasa… fue una bendición que la muerte de tu abuela coincidiera con su cumpleaños y te animaras a venir… hay cosas que están escritas, mija.

—Tío…

—Cállate y escucha.

Le explicó que en ese pueblo uno no se muere todos los días, que por raro que parezca hay dos ocasiones que recuperan la conciencia y pueden andar por ahí, del tingo al tango entre los vivos. Además, la descomposición es solo visible.

—¡Imagínate que nuestras pobres familias vivas tuvieran que soportar el hedor! ¡Se nos mueren! Yo no sé bien cómo funcione esto, lo más sesudo que le hallamos es que estas tierras son herencia de nuestros antepasados negros africanos, y yo digo que es vudú o una cosa así rara.

Hace tiempo vino una tocaya tuya, una tal Jeanine Gaut… algo. Nos explicó que somos un tipo de muerto viviente, que los primeros llegaron sin que los pinches españoles supieran qué traían y que esto de las almas dobles y no sé qué diantres de característica humana no es de ritos ni supersticiones, que así somos todos los que venimos de allá, pues…

Un poco más repuesta… la extrañada chilanga comentó:

—Oiga, tío, pero las veces que he venido nunca había visto andar a los muertos.

—Es que es como las chicatanas, esas canijas hormigas voladoras no hay siempre… por eso saben tan buenas. Así somos los que ya chupamos faros… solo las noches de eso que llaman solsticio cobramos vida; y no te creas las primeras veces creo que estaba más espantado yo que la familia; por eso es que cuando sientas que te mueres, de preferencia, te nos vienes pa’ acá.

Su mente intentó mejor no entender, y disfrutó la noche. Tras el mole, el aguardiente, los tamales y todas las delicias de la región, iniciaron el recorrido al pueblo. Antes de meterse a dormir, no pudo evitar preguntar:

—Oiga, tío Martín ¿y por qué si iba a volver a la vida a mi abuela la enrollaron desnuda en el petate?

—Por tradición, mija… así se hace con los cuerpos aquí y se le echa allá en la caverna. Y es que vas a creer, en más de 400 años de que estas cosas pasan nunca nadie se había muerto el mero día… creíamos que a lo mejor el recién petateado no volvía, pero mira…

—Mi abuela siempre tan traviesa

—¡Tan terca! Si mi mamá siempre nos dijo que por si las dudas, no se nos fuera a ocurrir morirnos este día.

—[Risas] Ah, y cree usted que mi pobre madre cobre vida allá en la capital, enterradita donde está.

—Dios quiera y no, mija… no quiero pensar lo horrido que ha de ser despertar una noche y estar en una caja solo sin nadie… si yo me fuera a morir fuera de aquí y no hubiera chance de que me trajeran en la agonía; mejor la incinerada. A por las dudas…

—Mejor ni pienso en eso…

Al otro día, ya no hubo “anormalidades” que la sobresaltaran.  La experiencia solo es de una noche. Ya a punto de salir de regreso a la Ciudad de México, se pasó un rato escuchando al tío con su teconte, dale que te dale.

—Ya me voy, tío.

—Ora sí te llevas un buen recuerdo, chamaca. Nomás no vayas a andar comentando nada en la capirucha.

—No, cómo cree… dirían que estoy loca o que son cosas del diablo.

—Del diablo, nada. Él qué va a tener que ver con que los muertitos regresen, si él mismo busca regresar al cielo con papá Dios.

—Bueno, tío… ya me voy.

—Que te vaya bonito, mija; ya sabes, cuando sientas que te va a pelar…

—Me retacho pa’ acá, tío; Dios mediante.

—Dios es misericordioso, Jeanine

—Eso es un pleonasmo, tío.

—¡Mira, ya mejor vete y déjate de chilanguejadas!

—Adiós, tío

—Adiós, chamaca…

 

Pablo “Mácrom” Saldaña Amador
@ArbolHueco

Promesas (in)cumplidas

Decían las abuelas que prometer no empobrece. Prometen los políticos, los enamorados, los amigos, la familia. En el diario vivir, siempre hay una promesa en nuestro camino, destinada o no a ser cumplida, solo el tiempo lo dirá. Y sobre eso escribe Víctor Heredia:

Prometiste y prometí darnos la vida,
una historia, una memoria compartidas
y, en un rapto de ilusión dije esperanza,
y ya ves cómo son las promesas de amor,
pañuelitos con sabor a despedida.

Las palabras se las lleva el viento, dice otro viejo dicho popular. Pero, hay algunas que no se van. Como las de Amado Nervo, cuando habla de la vida misma, esa que no promete solo cosas buenas:

Muy cerca de mi ocaso yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida.
Porque veo el final de mi rudo camino,
que yo fui el arquitecto de mi propio destino.

Que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas.
Cuanto planté rosales, coseché siempre rosas.
Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno
más tú no me dijiste que mayo fuese eterno.

Hallé sin duda largas las noches de mis penas,
mas nunca prometiste tan sólo noches buenas,
y en cambio tuve algunas santamente serenas.
Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

La vida nada nos promete, solo que algún día se terminará, y nosotros, humanos cualquiera, vivimos prometiendo y prometiéndonos cosas. De hecho, uno de los más graves problemas es que es a nosotros mismos a quien menos le cumplimos las promesas.

Pero ahí no acaba la historia. Hay juramentaciones que van más allá de lo mortal, que buscan la gloria, esa que solo llega cuando uno lucha por los demás:

También dejo prometido
con mi voluntad tenaz
que lucharé por la paz
hasta caerme rendido.
Hasta caerme rendido,
que lucharé por la paz
con mi voluntad tenaz
también dejo prometido.

La paz es más verdadera
si le damos un sentido,
si la buscamos unidos,
si la cuidamos de veras.
Si la cuidamos de veras,
si la buscamos unidos,
si le damos un sentido
la paz es más verdadera.

A los presentes prometo.

Así lo ha prometido Patricio Manns, de quien Jorge Coulón Larrañaga, director de Inti-Illimani, escribe: “Músico autodidacta, poeta y escritor alimentado con la voracidad de buenas lecturas juveniles y por una vida vivida en las fronteras de la leyenda. Pasa de un género a otro sin cambiarse de ropa y sin perder la compostura del maestro. Sus músicas son literarias, sus textos en verso o en prosa son portadores de una fuerte cadencia rítmica y sonora y sobre todo tamizados por una rigurosa aduana lexical y temática”.

Buen perfil para quien ha hecho tan alta promesa. Aunque las hay más sencillas [ojo, no por eso menos grandiosas] como la que Augusto Blanca le hace a su amada:

Te prometo una rosa
en el final de esta noche,
una fiesta improvisada,
una explosión de colores,
una guirnalda amarilla,
un capullo decidido
a soltar su mariposa.

Te prometo una estrella fugaz
con su verdadera historia.

Prometamos pues, pero cumplamos, sobre todo si son sueños, flores, amor, canto y poesía. Como una mujer que, a quien esto escribe, prometió un día:

Ella prometió, una fría tarde de enero, que escribiría el texto más hermoso del mundo. Él sabría que era el destinatario cuando lo leyera publicado. No habría nombres ni referencias directas; no habría citas textuales ni indirectas. Al leerlo, simplemente, él sabría.

Sigue esperando…

Pablo “Mácrom” Saldaña Amador
@ArbolHueco

Y el mal toca a tu puerta…

“El mal está en casa y regularmente nosotros le abrimos la puerta”

En las pasadas elecciones a gobernador del Estado de México, a la Presidencia del país, a… [inserte aquí la de su preferencia] y a menos que la realidad nos sorprenda gratamente con otra cosa: ganó el PRI*. Esto trajo a mi mente una vieja leyenda nórdica, que sería retomada después por la cultura vampírica heredera de la línea de Bram Stoker: Al mal hay que abrirle la puerta.

Según las culturas del norte europeo, los demonios [por ejemplo, el Krampus, la versión maligna de San Nicolás] deambulan por las calles del pueblo y pueden atacar a los paseantes, pero cuando han visualizado a una víctima que puede serles de mayor utilidad, es necesario entrar a su casa. Pero una intromisión les resulta fatal.

Los demonios no pueden entrar a una casa a la que no han sido invitados. Esta cualidad e traslada a los vampiros y poco a poco ha cobrado fuerza en la cultura popular. Ya en los años 60 del siglo pasado, un programa de la vieja serie Dimensión desconocida retomaría el asunto. Varias décadas después, una cinta de terror sueca, dirigida por Tomas Alfredson y basada en la novela de John Ajvide Lindqvist, lo haría mucho más evidente ¿el título?: Déjame entrar.

Esa película toma especial importancia en unos años donde la mitología vampírica se veía sumamente alterada, por no decir menguada, por la saga Crepúsculo. Es la historia de una chica de 12 años “aproximadamente” que entabla amistad con un niño residente de un pueblo pequeño. No diré más para que la busquen y, sin que les arruine una de las máximas películas del género, la disfruten al máximo.

Déjame entrar es la consigna que demonios, espíritus y vampiros, esgrimen para poder hacer daño.

Incluso en términos más terrenales, lo mismo ocurre. Expertos del robo a casas, como el mítico Efraín Alcaraz Montes de Oca “El Carrizos”, aseguran que jamás entrarán a un hogar en el que no sepan qué hay. Antes, los ladrones o algún enviado menos atemorizante tuvieron que haber estado allí y saber a ciencia cierta que había algo por lo que valía arriesgarse.

En términos nuevamente cinéfilos, el más simple ejemplo es cuando los niños se tapan debajo de las sábanas y están a salvo mientras no salgan de ahí. Una vez fuera, la entidad maligna puede atacarles.

Hace unos días, viendo televisión [sí, así de anacrónico soy a veces] en un capítulo de La ley y el orden. Unidad de víctimas especiales, la protagonista sentenciaba, ante los cuestionamientos de uno de sus policías sobre en dónde se esconden los pedófilos, si acaso son depredadores callejeros: “el mal está en casa y regularmente nosotros le abrimos la puerta”.

También hay un máxima en términos de superación psicoemocional: nadie puede hacerte sentir mal, sin tu consentimiento: “nadie puede hacerte daño si tú no le dejas”. Es real.

La literatura, el cine, la televisión, son ejemplos claros de cómo operan los demonios: con nuestro permiso. Pero en todas esas versiones, los ayudantes de Luzbel tienen poderes limitados y su daño es nada. Incluso los viejos ladrones de casa, aquéllos que tenían un código de honor extraño en el cual buscaban no hacer daño corporal a sus víctimas.

Pero ahora, en los tiempos modernos, las cosas han cambiado, parece que hacer el mayor daño posible es la consigna. Y aun así son infiernos menores.

El mayor daño está con los malditos de traje y corbata, espíritus infernales que son capaces de mandar al infierno de la miseria a miles de personas con un solo gesto. Y a los que, ineludiblemente, cada determinado tiempo, les abrimos la puerta, los dejamos entrar…

Como en el Estado de México, o en la presidencia de la República. Pero esas son historias de terror que sobrepasan la ficción de la cual nos ocupamos siempre en estas líneas. Así que mejor nos despedimos, antes de que el averno nos alcance.

Pablo “Mácrom” Saldaña Amador
@ArbolHueco