Calaveritas 2017

Una calaca mestiza
y un poquito despistada
pues con el Trump simpatiza
¡Ah, parca tan safada!

Llevó al panteón al tal Peña
lo cazó cual vil conejo
no quedó de él ni seña
“me lo llevo por EPNejo”

Echó al saco a candidatos
que se rompió, pues son tantos
y aunque se den mucho taco
hoy son esqueletos flacos.

Iba paseando la muerte
tranquila por la garita
cuando se llevó a otra alma
la Zavala, Margarita.

“A tu marido lo dejo
al más allá no lo mando
pus el vil animalejo
se acaba el alcohol que guardo”.

No dejó la muerte amiga
políticos en estas tierras
lleno ella su barriga
pues le hicimos una fiesta.

“Ah, que chidos mexicanos
por las gracias tan cuantiosas
aunque podían ellos solos
mandarlos a sus tristes fosas”.

Hoy el país es más bello
sin sátrapas en el poder
la muerte logró to’ aquello
nadie nos volverá a joder.

Ya casi pa’ despedirse
al Trump le dio cruel fin
pues entendió que su muro
no era El Muro Magazine.

“Ya me marcho, mis cuatachos,
ahí les dejo su linda patria
por favor, no sean tan gachos
ni vuelvan a meter la pata”.

Es esta mi despedida
ya se fue la calaquita
me voy yo para mi tumba
¡les dejo esta calaverita!

Pablo “Mácrom” Saldaña
@ArbolHueco

 

A los que están

A los amorosos del 19S,
de todos los años, de siempre…

Ahí están
con las manos llenas de tierra
callos, llagas y esperanzas
tienen las piernas cansadas
los pies de tamal
la voz rasposa por el polvo…

Cantan
el Himno Nacional, el Cielito Lindo
a Serrat, K-POP, a Belinda
y saben guardar silencio
-el más amoroso silencio
que con el puño en alto espera
una voz, un golpecito, un aliento-
se toman de las manos
para dar las gracias
extender auxilios y templanza
alimento, paz y ropa
amor y medicamentos
amor y juegos
amor, amor, amor y fe.

Y miran entre los resquicios
hacia el cielo
hacia la nada
con los ojos cristalinos
llenos de bondad, de alegría
llenos de tristeza
desazón y ansiedad
ojos tan bellos
como el sol de la mañana.

Van por la ciudad
con dolor en la espalda
el cuello torcido
las alas ajadas
el estómago vacío
pero van volando
con el corazón ardiente
encendido cada vez más
latido a latido
cual supernova.

Van por la ciudad
con el ardor colmándoles la piel
la saliva ennegrecida
los brazos tatuados
con quebrantos
con sus datos
nombres
teléfonos
direcciones
contactos
que son un pueblo
un solo pueblo.

Y salen al campo,
caseríos, rancherías
comunidades lejanas
“lejanas”
tan cercanas como sus mejillas
que se enrojecen con un “gracias”
con una comida austera
ofrecida por aquel que es el otro
pero son a la vez ellos mismos
con cuerpo de otro
pero el alma conjugada
en un solo ser.

Ahí están
Vienen, van
Caminan, remueven
Luchan, conmueven
Con la frente llena de esperanza
de hallar vida
de perpetuar la humanidad.

Ahí están.

Y no puedo más
que decir: gracias.

@ArbolHueco
Pablo “Mácrom” Saldaña

Digresiones frente al mar

I

Tu voz es recuerdo y futuro
empieza cual susurro
y sube
cual estruendosa voz de dios.
Al oírla, sonrío
desde mis entrañas
que bien saben, estoy
en una exquisita mezcla
de magia, espacio y tiempo.
Soy de ti.
Agua y sal, de ti.
Me mezo en tus ondas sonoras
y tirito al sentir la espuma
que tu voz deja, al decir mi nombre
al inmortalizar mi nombre
una y otra vez
esta noche.

II

Los colores explotan
son las seis de la mañana
y el naranja con carmesí
colman el horizonte.
Nada se compara con la vista
del amanecer a las orillas
de las límpidas nubes rebotando la vida
mostrando la verdad
desnudando el alma.
Los primeros rayos clarean ya
con el amarillo y el azul edén
renace el tiempo
desde el vientre, hasta la garganta
activando el lagrimal.

III

Tu piel me roza
cada vez con mayor abarcamiento
piel tersa, diáfana, núbil
por la que no pasa el tiempo
ni abismos ni tormentas.
Tu piel es azul turquesa
blanca en sus puntas de suavidad
con sabor a sueños y esperanza.

IV

Beso tus labios que son los míos
los del mundo, los de todos,
labios de sal, transparentes
tu erotizante roce me transforma
y cual canto de sirena
acudo a ti
a tus labios
a tu piel de brisa
y te entrego un beso.
Me he transformado.

V

La muerte se desvanece frente a ti.
Y todas las dudas.
No hay maldad que resista el oleaje
del mar en Punta Maldonado
de la piel oscura de su gente
de los sabores y calidez afromexicanos
del sueño hecho posible.

Nada importa ya del pasado enmohecido.
Hoy por ti, pacífico dios,
he renacido.

Pablo “Mácrom” Saldaña
@ArbolHueco

Erotismo, hogar, patria y belleza, son temas de las letras del buen Peza

Un 29 de junio, mientras el santoral católico celebraba a San Pedro y San Pablo apóstoles, en 1852 nació Juan de Dios Peza, un hombre que tuvo el tino de entrar a estudiar a la Escuela de Medicina, solo para conocer a Manuel Acuña, a quien seguramente le debemos que México haya perdido un gran galeno, pero ganado a un poeta, escritor y periodista.

Tanto influyó Acuña en él, que tras la ingesta de cianuro de potasio con la cual el autor de  “Ante un Cadáver” y “Nocturno” terminara con su vida, Juan de Dios Peza escribió: “No, no has muerto: la vida no es el tránsito doloroso por la tierra; la vida no es sólo la que reviste una sola forma: la vida es la nota que completa las armonías del Universo, y esa nota jamás deja de vibrar porque es infinita…”.

Relata Irma Contreras García, en su libro En torno a Juan de Dios Peza, que el poeta poseía  “el don de versificar y desde niño improvisaba con naturalidad versos sencillos que recitaba ante sus compañeros; lo que le valió repetidos aplausos. Su primer poema fue motivado por el destrozo de los nidos de golondrinas, causado por los albañiles que estaban restaurando el templo de la Encarnación”.

Compuso versos al amor, a la pasión, al deseo impío. Sirvan estas líneas de “En cada corazón arde una llama” para valorar la altura del poeta:

Deja que te contemple y que te adore,
y que escuche tu voz y que te admire,
aunque al decirte adiós, con risas llore,
y al volvernos a ver llore y suspire.
[…]

Enternézcame siempre tu belleza
aunque no me des nunca tus amores,
y no adornes con flores tu cabeza
pues me encelan los besos de las flores.
[…]

Es cielo azul el que mi amor desea,
la flor que más me encanta es siempre hermosa,
que en tu talle gentil yo siempre vea
tu veste tropical de azul y rosa.

Otro de los grandes escritores que se cruzaron en el camino de Peza fue Ignacio Manuel Altamirano, que le profirió unas palabras lapidarias, tras una reunión entre intelectuales: “Ahora sí hijo mío, a estudiar mucho y a escribir sin miedo, ha renacido la literatura nacional y hay que cantar a la patria libre y unida”. Y escribió a la patria, como podemos verlo en este fragmento de “11 de abril” que bien podría describir lo que hoy vivimos:

Ya la patria no quiere más dolores.
Cansada está su frente de pesares,
llenos de sangre corren nuestros mares,
llenas de llanto se hallan nuestras flores.

También conoce a  los españoles Gaspar Núñez de Arce y Ramón de Campoamor y Campoosorio. Sin embargo, lo que realmente marcó su vida y su obra no fue la educación, su trabajo como diplomático cultural o ser diputado. El poeta que iniciara con eróticas letras su carrera sufriría un giro de 180 grados.

Después nos  encontramos,  y  al  mirarte
Sentí  mi  corazón
Que  latía  en  otro mundo  y  que  a  mi  frente
La  bañaba  otro  sol.
Y  me  acerqué  a  poner  sobre  tus  labios
Un  beso  de  pasión,
Un  beso  cuyo fuego  a  nuestras  almas
Para  siempre  enlazó;
Vimos  que  nuestras  vidas  eran  una,
Que  uno  éramos  los  dos,
Y  fuimos hasta  el  libro  que a  tus  ojos
La  aurora  iluminó,
Y  en  una  misma  página,  en  aquella
Donde  leíste  «hoy»
Sintiendo  nuestro  amor  inextinguible
Escribimos  «tú  y   yo».

El divorcio de Concepción Echegaray terminaría con las palabras de amor, conquista y seducción, incluso con las loas patrióticas; empezarían los versos por el hogar, la paternidad y los hijos. El historiador Alejandro Rosas retoma las palabras de Isabel Quiñónez sobre este hecho: “al abandonarlos ella, cambia una de las temáticas de Peza, el erotismo cede la escena al interior de la casa donde los protagonistas son el padre, el abuelo, los hijos”. Lo anterior se puede apreciar en los versos de “Mi talismán”, dedicado a su hija María:

Nada me importa que a ninguno cuadre
ver cuánto estimo deleznables huesos:
Son de una boca que al decirme padre
cura mis penas con sus castos besos.

Son de una boca diminuta y bella
más que las rosas fresca y encendida,
basta la miel que se desborda en ella
para endulzar las horas de mi vida.

Y  se volvió a casar. Con Ángela Flores a quien le dedicó sus últimas líneas de romance, un poema casi desconocido del cual reproducimos unos versos:

Cantar a una mujer joven y bella
Que con dulces hechizos se engalana
Le toca al ruiseñor que ve a la estrella
Con que rompe su broche la mañana.

Una mujer así de encantos llena
Que pasa como un ángel sobre el suelo
Es sólo comparable a la azucena
Que retrata en sus pétalos el cielo.

Tienes ojos azules… ¿qué diría
Alfredo de Musset, si los mirara?
Tus ojos son los que cantó en Lucía
Sus mismos labios y su misma cara.

Eres blanca, gentil, esbelta, airosa,
Griega en tus formas de blancura llenas
Pareces una esbelta mariposa
Que engendra los mirtos en Atenas.

¿Qué te puedo decir? Formas mi anhelo
Que nunca estés con el pesar en guerra
Tú tienes que ser sol para tu cielo
Y serás siempre flor sobre la tierra.

Dulce, correcta y apacible tienes
La faz, el alma, el genio y la belleza,
Por las sutiles venas de tus sienes
Corre la sangre azul de la pureza.

Con eso nos despedimos por hoy, recordando y homenajeando al poeta que nos enseñó que se puede reír y llorar, y que a eso venimos a este mundo: “El carnaval del mundo engaña tanto;/ que las vidas son breves mascaradas;/ aquí aprendemos a reír con llanto/ y también a llorar con carcajadas”.

 

Pablo “Mácrom” Saldaña
@ArbolHueco

Promesas (in)cumplidas

Decían las abuelas que prometer no empobrece. Prometen los políticos, los enamorados, los amigos, la familia. En el diario vivir, siempre hay una promesa en nuestro camino, destinada o no a ser cumplida, solo el tiempo lo dirá. Y sobre eso escribe Víctor Heredia:

Prometiste y prometí darnos la vida,
una historia, una memoria compartidas
y, en un rapto de ilusión dije esperanza,
y ya ves cómo son las promesas de amor,
pañuelitos con sabor a despedida.

Las palabras se las lleva el viento, dice otro viejo dicho popular. Pero, hay algunas que no se van. Como las de Amado Nervo, cuando habla de la vida misma, esa que no promete solo cosas buenas:

Muy cerca de mi ocaso yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida.
Porque veo el final de mi rudo camino,
que yo fui el arquitecto de mi propio destino.

Que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas.
Cuanto planté rosales, coseché siempre rosas.
Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno
más tú no me dijiste que mayo fuese eterno.

Hallé sin duda largas las noches de mis penas,
mas nunca prometiste tan sólo noches buenas,
y en cambio tuve algunas santamente serenas.
Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

La vida nada nos promete, solo que algún día se terminará, y nosotros, humanos cualquiera, vivimos prometiendo y prometiéndonos cosas. De hecho, uno de los más graves problemas es que es a nosotros mismos a quien menos le cumplimos las promesas.

Pero ahí no acaba la historia. Hay juramentaciones que van más allá de lo mortal, que buscan la gloria, esa que solo llega cuando uno lucha por los demás:

También dejo prometido
con mi voluntad tenaz
que lucharé por la paz
hasta caerme rendido.
Hasta caerme rendido,
que lucharé por la paz
con mi voluntad tenaz
también dejo prometido.

La paz es más verdadera
si le damos un sentido,
si la buscamos unidos,
si la cuidamos de veras.
Si la cuidamos de veras,
si la buscamos unidos,
si le damos un sentido
la paz es más verdadera.

A los presentes prometo.

Así lo ha prometido Patricio Manns, de quien Jorge Coulón Larrañaga, director de Inti-Illimani, escribe: “Músico autodidacta, poeta y escritor alimentado con la voracidad de buenas lecturas juveniles y por una vida vivida en las fronteras de la leyenda. Pasa de un género a otro sin cambiarse de ropa y sin perder la compostura del maestro. Sus músicas son literarias, sus textos en verso o en prosa son portadores de una fuerte cadencia rítmica y sonora y sobre todo tamizados por una rigurosa aduana lexical y temática”.

Buen perfil para quien ha hecho tan alta promesa. Aunque las hay más sencillas [ojo, no por eso menos grandiosas] como la que Augusto Blanca le hace a su amada:

Te prometo una rosa
en el final de esta noche,
una fiesta improvisada,
una explosión de colores,
una guirnalda amarilla,
un capullo decidido
a soltar su mariposa.

Te prometo una estrella fugaz
con su verdadera historia.

Prometamos pues, pero cumplamos, sobre todo si son sueños, flores, amor, canto y poesía. Como una mujer que, a quien esto escribe, prometió un día:

Ella prometió, una fría tarde de enero, que escribiría el texto más hermoso del mundo. Él sabría que era el destinatario cuando lo leyera publicado. No habría nombres ni referencias directas; no habría citas textuales ni indirectas. Al leerlo, simplemente, él sabría.

Sigue esperando…

Pablo “Mácrom” Saldaña Amador
@ArbolHueco

Si hemos de elegir cómo morir…

Quiero ver a mis alumnos, amigos, colegas y rivales, muertos… de cansancio por la brega diaria; de alegría por la satisfacción del deber cumplido; de borrachos (como dicen, “debe” ser un reportero); de ti, amor, de amor de ti, de urgencia mía de mi piel de ti; de pasión por la profesión más hermosa del mundo.

No los quiero ver muriendo de impotencia y dolor ante la sangre derramada, no solo del gremio sino de un país que está herido hasta las entrañas; ni de miedo ante un gobierno y una sociedad indiferentes ante tantas balas; o de coraje por la corrupción y el contubernio entre el crimen organizado y la clase política; de soledad… porque a fin de cuentas: los dejamos, nos dejan, estamos tan solos.

No los quiero ver morir asesinados, como a Cecilio Pineda Brito, Ricardo Monlui Cabrera, Miroslava Breach Velducea, Maximino Rodríguez Palacios, Filiberto Álvarez Landeros, Héctor Jonathan Rodríguez Córdova y Jesús Javier Valdez Cárdenas periodistas ultimados tan solo en lo que va de 2017.

Sonia Córdova Ocegera y Armando Arrieta Granados se reportan graves, tras atentados. Y hace unos días, en Guerrero, siete periodistas nacionales e internacionales fueron emboscados y amenazados en la carretera Iguala-Ciudad Altamirano, por un centenar de sujetos armados. ¡Alto!

Pido un alto a la muerte de la libertad de expresión; de la libertad de vivir trabajando en lo que se ama; de los tinteros y las rotativas [como El Norte de Ciudad Juárez]; de la voluntad de servir a la sociedad transmitiendo información del diario acontecer. Alto a la muerte de valientes y comprometidos periodistas…

Que muera el crimen organizado y los políticos coludidos; la injusticia y la oclusión de un sistema que no investiga, no protege, no le importa quien caiga;  la incertidumbre, al salir de casa, sobre quién será el siguiente… quizás uno mismo. Quiero ver morir la falsedad e hipocresía de quien manda condolencias en un tuit pero permanece agazapado e inmóvil, esperando que olvidemos.

Que muera el periodicidio, sobrenombre del sistema y la realidad que nos tocó vivir en México estos últimos 15 años. Y que muera la desmemoria; que siempre recordemos los nombres de los caídos y de sus victimarios, directos e indirectos, para que nunca más…

La muerte misma sabe que estamos a su alcance. Javier Valdez lo sabía bien: “Ser periodista es como formar parte de una lista negra. Ellos van a decidir, aunque tú tengas blindaje y escoltas, el día en que van a matar. Si lo deciden lo van a hacer, no importa si tienes o no protección. No hay condiciones para hacer periodismo en México, las balas pasan demasiado cerca” (Proceso, 16 de mayo de 2017).

Pero hoy, mientras escribo, me niego a morir, a ver morir a más colegas, alumnos, amistades e incluso rivales de la pluma. Me niego a que la muerte violenta sea el tatuaje que cubre a mi país. Me niego a matar mis esperanzas, los sueños compartidos y el futuro común en bienestar.

Hoy abrazo la vida, la organización, la lucha y la memoria.

Y si he de elegir cómo morir: que sea en cama, en el punto exacto que la sabiduría de la vejez se torna en decrepitud, cuando las letras se me acaben. Si hemos de elegir como morir, que no sea bañados en nuestra propia sangre ni en la de los demás. Que no sea siendo un número más, una estadística sangrienta

Si hemos de elegir como morir: que sea siendo novela, cuento y poesía…

Pablo “Mácrom” Saldaña Amador

@ArbolHueco

Foto: Internet

Madre

 

“La mano que mece la cuna
es la mano que gobierna el mundo”
William Ross Wallace

La figura materna en la cultura y las creaciones artísticas adopta formas y caminos muy variados. No todo son odas y celebraciones, también hay oscuridades y rencores. Desde la frase que nos sirve de epígrafe, con la que culmina cada una de las cuatro estrofas de una loa político-social-religiosa a las madres, hasta figuras tan siniestras como la madre de Norman Bates, el mítico asesino de la cinta Psicosis (1960).

En la política también es importante la figura materna, y uno de los más claros ejemplos es Nicaragua, que celebra el Día de las Madres el 30 de mayo porque ese día era cumpleaños de Julia García, madre del dictador Anastasio Somoza García. Por cierto, y para regresar a la literatura, el gobierno tiránico de Somoza (aunque lo heredó su hijo) fue interrumpido por Rigoberto López Pérez (21 de septiembre de 1956) mediante la “poética” aplicación de cuatro balas de un revólver Smith and Wesson calibre 38.

Antes del tiranicidio, López Pérez escribiría una carta a su madre que terminaba así: “Dado que todos los esfuerzos eran inútiles para volver a Nicaragua (o ser por primera vez) un país libre, ningún insulto o mancha, decidí, aunque mis compañeros no querían aceptar, de ser yo a tientas para iniciar el principio del fin de esta tiranía”.

Previo a la misiva, también le leyó y entregó a su madre, doña Soledad, el que sería su último poema Confesión de un soldado:

Una bala me ha alcanzado,
he caído al suelo con una oración,
estoy solo y abandonado,
en el suelo hago esta confesión.

Es Nicaragua mi patria querida,
es Nicaragua mi gran nación,
es por ella que sangra mi herida,
que sangra la herida de mi corazón.

Por ti seguiría peleando,
defendiéndola de ciudad en ciudad,
hasta ver en tu cielo brillando,
brillando el sol de la libertad.

Las fuerzas me fallan, me siento morir.
Adiós oh patria mía,
bajo tu seno yo quiero sentir,
que tu sol calienta mi tumba fría.

Ya que Dios ha dispuesto,
que hasta aquí te haya servido,
otro hombre ocupará mi puesto,
hasta dejar al enemigo vencido.

Normalmente, la madre ocupa un lugar especial en los corazones. Es todo amor y belleza, y eso se refleja en poemas como La Guaja de Vicente Neira, La madre ahora de Mario Benedetti, Tú no has muerto de Gonzalo Báez-Camargo.

Pero también hay las otras versiones. Como Hattie, madre de Violet, en la espectacular y a la vez terrible película Pretty Baby (1978), que cuenta la historia de una prostituta que subasta la virginidad de su hija y la introduce al mundo de la explotación sexual. Esta obra fue escrita por Polly Platt y Louis Malle tras conocer burdeles mexicanos y la obra fotográfica de Ernest James Bellocq.

De la mano de Virginia Cleo Andrews tendremos a otra mala madre. Corrine Winslow es la progenitora de Chris, Cathy, Carrie y Cory Dollanganger, a quienes trata de asesinar y mantiene aislados del mundo en la novela Flores en el ático (1979).

La literatura misma es una mala madre, según la escritora Ana María Matute, en entrevista para El Cultural: “El escritor tiene que vivir, y tiene que vivir mucho, si lo que quiere es hablar del ser humano tiene que conocer la vida, pero sobre todo tiene que conocer lo que es el dolor, lo que son las lágrimas. No hace falta que sepa lo que es la felicidad. Es más importante el dolor. Es una mala madre la literatura, pero es única”.

Otra mala madre fue Elena Garro, porque se negaba a serlo. Entendamos: según Patricia Rosas Lopátegui, mientras todos se pelaban por ser los creadores del Realismo Mágico, Garro en realidad dio el banderazo de salida con Los recuerdos del porvenir (1963). Pero para la escritora, que tuvo la mala fortuna de casarse con Octavio Paz y durante muchas décadas ha sido atacada y menospreciada por la “alta cultura” nacional, “el realismo mágico era la esencia de la cosmovisión indígena, por lo tanto, no era nada nuevo bajo el sol”.

Las madres en la escena cultural no siempre son lo mejor. En el caso de quien esto escribe, debo confesar que [sí, viene un lugar común, pero verdad absoluta]: Tuve las mejores. En plural, porque Angela amador y Gregoria Cruz –madre y abuela, respectivamente- me enseñaron la nobleza, la lucha incansable, el respeto y la belleza, la alegría de dar y compartir.

Tras de ellas hay historias terribles, dolorosas, pero el resultado final siempre es el mismo: amor.

No me queda más que decir “¡Gracias!”. Feliz Día de las Madres.

 

Pablo “Mácrom” Saldaña
@ArbolHueco

Foto: internet

La huella de la década de los noventa

Con la década de los 90 del siglo pasado, el mundo entraba en una vorágine que hoy aún debemos explicarnos. El muro de Berlín había caído poco antes, en noviembre de 1989; la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas llegaba a su fin un 25 de diciembre de 1991. Y para quienes, en nuestra tierna adolescencia, empezábamos a creer en que “otro mundo era posible”, esa realidad se hacía pedazos.

Poco a poco vendrían algunos alicientes ideológicos y culturales a resarcir un poco de lo perdido. Primero en lo político, en 1994 el surgimiento de un movimiento indígena autodenominado Ejército Zapatista de Liberación Nacional y su mítico Subcomandante Marcos.

Después, de la mano de mi amigo Armando Alva, los culturales: conocer la obra de Rodin, sus manos de bronce en el Museo Soumaya de San Ángel y la obra de Jean Giraud “Moebius”, particularmente su trabajo en conjunto con Alejandro Jodorowsky. Al artista francés tuvimos la oportunidad de conocerlo personalmente en el Museo del Chopo, allá por 1996.

Del “Jodo”, apenas hubo la oportunidad de convivir con él en un acto psicomágico masivo, el 27 de noviembre de 2011. La Marcha de las Calaveras, que empezó en Ciudad Universitaria y culminó en Plaza Garibaldi, con el canto de La Llorona.

De los pasamontañas poético a las manos de broce, pasando por un vaquero del “viejo oeste” y el arte inentendible. El espíritu humano solidificado alimentó y confortó al joven que, para donde volteara, había poco de dónde agarrarse. Y llegarían a la par la trova cubana, la poesía latinoamericana, las culturas populares, los cronistas nacionales.

En lo personal, yo venía de mis propias crisis y profundos duelos. El arte me alcanzó…

Todo lo anterior ha venido a mi cabeza por la próxima realización de la máxima convención de historietas de México, la Conque. Porque el cómic también es arte y salvavidas.

Porque también el principio de los 90 trajo producción. Mis primeros cuentos, poemas y guiones de cómic, algunas tiras cómicas. Y producir arte también cura.

Dame tus manos de bronce

manos que caminan, aman, aprehenden

manos que sueñan, vuelan, dan esperanza

manos de pájaro

viajeras hasta el alma.

Dame tus dichos, tus palabras

recubiertas de piel del color de la tierra

cientos de lenguas articuladas

mil vocablos de lucha y esperanza

rifles de madera

sal… agua…

Dame los trazos, la locura

el corazón de la magia

lo surrealista de tu Patria

patria universal mal segmentada

y el sol de tus pupilas

y las lunas de tu pecho.

Dame la abstracción de tu mirada

el fóculo de tus yemas, de tus palmas

la oscuridad de tu sino

tu pasado trasparente

tu presente sin manual

ni precipicios.

Dame tu dolor, tus guerras,

los huesos ajados

los órganos rotos

pérdidas, ausencias y vacíos

la sangre magra que baja por tu espalda.

Dame el desamor, las ventanas opacas

el morado y los grises

el yo, el tú, el ellos, el nosotros

a Venus, Marte y los meteoros

la muerte y la crisálida.

Dámelo todo y verás

desde el alto infinito

que no has perdido nada.

Pablo “Mácrom” Saldaña Amador

@ArbolHueco

Fotos: Internet/Anatanaell

Una fiesta de vida transparente: Lolita Castro

Quizá fue el primer poemario que compré. No lo recuerdo con exactitud, pero sé que fue en la década de los 90 cuando No es el amor el vuelo, editado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, llegó a mis manos. Dolores Castro Varela, con su sobriedad y claridad literaria, la concisión de lenguaje y fidelidad de ideas, me conquistó. Hoy, 12 de abril, cumple 94 años de vida creadora y merece una felicitación prolongada.

El pasado cinco de abril, la Universidad Nacional Autónoma de México y la Universidad Autónoma Metropolitana rindieron un homenaje a la escritora, en la Casa Universitaria del Libro, en el que reconocieron su personalidad “solidaria, transparente y comprometida”.

Voy más allá. Castro Varela sobresale del mundo literario dividido en géneros y corrientes de pensamiento; su obra explora sensibilidades humanas, astrales, trastoca cualquier idea preconcebida y eleva el alma hasta convertirla en fuego. Es camino y enseñanza.

En una entrevista concedida al diario Excélsior, hace tres años, afirmó: “La poesía nos enseña algo más que no es olvidar, nos enseña a tratar de encontrar caminos más luminosos de ser y no sólo de estar viviendo el día” y es que leerla y crearla nos perite lograr el conocimiento pleno de todo, incluidos nosotros mismos, “nos hace adquirir conciencia. Sin ella vamos atropellando todo”.

Pero no termina ahí. Lolita, como le llaman cariñosamente amigos, familiares y alumnos, abrió una nueva etapa del universo literario mexicano. Le dio vida a la poesía; la hizo terrenal, participativa y socialmente apetecible; austera, pero no pobre; a la par que la echó a la calle, la convirtió en introspección. Por eso va más allá de ser poesía femenina, feminista, partidaria. Son letras en busca del ser, de comprender.

“Dentro de mí hay una necesidad todavía de seguir averiguando qué pasa. Además tengo alegría de vivir, necesidad de conocer más. Ya que sólo una vez estamos en la vida, hay que aprovecharla”, declaró hace un año a la agencia Notimex. Con esa energía escribe e ilumina.

Dolores vive su propia historia en verso. Cuando en la escuela secundaria tuvo como compañera a Rosario Castellanos, otra poeta excepcional, a quien amó como hermana hasta su muerte. O cuando conoció a su esposo Javier Peñalosa, de quien guarda los mejores recuerdos pero también el dolor por su muerte, que está unida a la noche del 2 de octubre de 1968.

“Él y yo vimos todo el horror aquel. Me acuerdo que se le salieron las lágrimas de horror. Después de eso tuvo un ataque a la vez de corazón y pulmón”, recuerda en una charla con Adriana del Moral Espinosa. Se fueron a Veracruz, pero jamás mejoró la salud; por el contrario, se fue agravando hasta que él quiso regresar a su tierra, la Ciudad de México a morir. A este hecho dedicó el poema ¿Qué es lo vivido?, del cual dejo unos fragmentos:

[…]

¿En dónde está mi sueño
y el pausado resuello de mi pecho?
No se mueve la música
ni avanza entre las olas luminosas.
Se destiemplan los dientes
al morder este fruto de la tierra extranjera.
Fruto de ningún árbol,
de lugar sin perfil.
¿En dónde está mi amor?
¡Aquí, aquí! En medio del no ahora
pero sí.
[…]
Era la ira su forma de ser muerte
y la vida con ella
loco juego de sangre:
el trato humano choque de sombras
estruendo de materias divididas.
La muda ostentación de los instintos,
el acechar,
y el comprar y vender,
vender, venderse,
acción de cada día.
Era la muerte su escudo y su lanza,
la sombra de su color,
y la terrosa ilusión de ser hombres
su condición.
[…]
IX
No es una sola muerte,
es la muerte con mil
máscaras distintas:
a la vuelta del día,
en lo mejor de la noche,
a la mitad de la vida.
Mi mano tiene muerte,
el polvo de sus alas entre mis dedos
me recuerda que está viva.

Vida. En eso podemos resumir, y con riesgo de hacer un burda simplificación de su grandeza, la obra de Dolores Castro. Su poesía es vida límpida, íntima y radical, vida que busca, que duele, que llora la injusticia de su pueblo, pero ante todo: vida que ama. Vida que, bien lo escribió ella, será casi todo ¡Nunca ceniza!:

¡Nunca será ceniza!
¡Fuego! ¡Fuego!
Impalpable coto de caza,
mundo de nuestro límites,
Inmenso.
Mundo con atadura de seda
y cerradura
con amoroso cerco de púas.
Mundo de nuestros límites:
hacia la media miel
la punzadura,
hacia la música el estruendo.
El paso llano
y a medio pie
el abismo.
¡Fuego, fuego!
¡Nunca será ceniza nuestro anhelo!

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Pablo “Macróm” Saldaña
@ArbolHueco

Foto: Internet

Algún día llegará el final; pero mientras: celebra tu vida

Como lectores, uno de los momentos más gozosos y terribles es llegar al fin de un libro que se ha leído por placer. Por un lado, está la satisfacción de concluir una obra que nos ha gustado, cautivado, provocado lágrimas, risas, temor y todas las emociones humanas que la literatura es capaz de encender en el alma; pero también hay un momento de desasosiego, de vacío ¿y ahora qué… sin él?

Leer para diversificarnos, dicen por ahí. Nos llenamos de otras voces, mundos, realidades. Y cuando esa ventana se cierra, por un instante, estamos más solos que nunca. Ángel Gabilondo, en su libro Darse a la lectura, nos dice que “al finalizar un libro estamos más vivos y, a la par, más próximos a no estarlo que al iniciarlo. No es que con la lectura se nos vaya el tiempo. Es que con ella nos vamos nosotros. Pero no hemos de incomodarnos más de lo que supone ser mortales ya que en esa despedida consiste vivir. Solo llegamos en cierto modo yéndonos. Como les ocurre a los textos, como les sucede a los libros…”.

Llegar al final de un texto es morir un poco, pero también es reconocer que nunca tendremos la seguridad de que esa historia y esas emociones hayan acabado para siempre. ¿En verdad existe el “punto final”? porque en nuestra mente, tan dada a evitar las limitaciones de cualquier tipo, a ese punto final le pueden seguir nuevas historias, en otro momento, alargando nuestra existencia, abriendo un paréntesis a la eternidad.

Emoción, incertidumbre, felicidad y fe. Eso es lo que puede nacer al cerrar una obra. Porque todo final es la curación de una llaga que supura. Y por magistral que haya sido la sutura, el sonido del libro cerrándose, aunque muchas veces es imperceptible, es violento, categórico, inexcusable. Y aunque podemos volver a abrirlo, disfrutarlo una y otra vez, la sensación de aquel primer acercamiento es irrepetible.

Es como si alguien cerrara una puerta, dejándonos afuera. Como bien apunta el maestro rupestre Armando Rosas cuando nos habla del amor que ya se fue: “Es como un sendero y detrás de ti
se produce un abismo del otro lado del viejo camino donde tú, tú ya no puedes regresar…”.

Claro que podemos volver a abrir la puerta o recorrer la senda. Pero ya nada será igual.

Creo que todo lo anterior tiene que ver con la negación humana hacia cualquier final como un todo, de la extinción de la persona con todo y alma, la sucesión a la nada. Pero los poetas, tercos como son, hasta a eso e escriben: a los finales.

Como Derek Walcott, poeta y dramaturgo antillano fallecido hace unos días [17 de marzo], Premio Nobel en 1992, famoso porque su escritura describe la vida caribeña con bellos detalles, mezclando el inglés con lenguas criollas. El poeta más famoso de Santa Lucía, que con su reciente partida originó estas líneas, quizás como negación o una forma extraña aceptación de su propio desenlace.

Releo la pregunta que escribí en el primer párrafo de este texto… y sé que no hablaba de libros:

Desenlace*

Yo vivo solo
al borde del agua sin esposa ni hijos.
He girado en torno a muchas posibilidades
para llegar a lo siguiente:
una pequeña casa a la orilla de un agua gris,
con las ventanas siempre abiertas
hacia el mar añejo. No elegimos estas cosas.
Mas somos lo que hemos hecho.
Sufrimos, los años pasan,
dejamos caer el peso pero no nuestra necesidad
de cargar con algo. El amor es una piedra
que se asentó en el fondo del mar
bajo el agua gris. Ahora, ya no le pido nada a
la poesía sino buenos sentimientos,
ni misericordia, ni fama, ni Curación. Mujer silenciosa,
podemos sentarnos a mirar las aguas grises,
y en una vida inmaculada
por la mediocridad y la basura
vivir al modo de las rocas.
Voy a olvidar la sensibilidad,
olvidaré mi talento. Eso será más grande
y más difícil que lo que pasa por ser la vida.

*Hasta siempre Derek Walcott. Gracias por enseñarme a vivir después del amor.

El amor después del amor*

El tiempo vendrá
cuando, con gran alegría,
tú saludarás al tú mismo que llega
a tu puerta, en tu espejo,
y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro,
y dirá, siéntate aquí. Come.
Seguirás amando al extraño que fue tú mismo.
Ofrece vino. Ofrece pan. Devuelve tu amor
a ti mismo, al extraño que te amó
toda tu vida, a quien no has conocido
para conocer a otro corazón,
que te conoce de memoria.
Recoge las cartas del escritorio,
las fotografías, las desesperadas líneas,
despega tu imagen del espejo.
Siéntate. Celebra tu vida.

**Ambos textos, de Derek Walcott

Pablo “Mácrom” Saldaña Amador
@ArbolHueco

Foto: Internet